Su amigo del alma le cantaba. Desde lejos escuchaba su andar, esa voz campirana, maltratada, fuera de todo estilo y estética, pero bravía y sierreña, como él.
Era su amigo, su cantante oficial y personal, su confidente. Por eso le dolió más su partida… eterna.
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Se acordó en ese momento. Se vio en esa última conversación y se le salió una lágrima silente, seca, como burbuja hueca, que no llegó a humedecerle los contornos de los ojos ni a mojarle las mejillas. Ni hablar. No hay pedo. Sucedió y ya.
Yo no quería pero así fue.
Era enterrar, dolorosamente, con toda la lápida de la nostalgia, una relación amistosa, el compartir música, polvo, cerveza y mujeres, en aquellas pedas tan duraderas como breves: de tres, cuatro días.
Todo era verlo venir. Le abría los brazos, se levantaba de su asiento, generoso y cálido, para recibirlo. Compadre, amigo. Le gritaba, haciendo aspavientos. Y empezaba la chorcha, las aventuras sin boleto de regreso que da la coca y los botes de cerveza que esperan siempre para ser vaciados.
Él, que usaba el frente y el patio trasero de su casa y de su vida, para comprar aquí y vender allá armas, droga y protección, le confió todo. Se mostró diáfano, como en radiografía, para que su amigo se enterara y al mismo tiempo guardara silencio.
Tres discos grabados y grandes ventas. Fama financiada pero también propia a golpe de insistir, de conservar esa voz gangosa, como de becerro lepe, ese estilo suyo, propio de la serranía, los pinos, las montañas, el canto sin poses ni impostes.
Pero en su casa y en sus brazos, frente a su mirada y los tóxicos, era su amigo. El que cantaba, el de los discos, el que salía en la tele, al que buscaban reporteros de espectáculos para entrevistar, el de los autógrafos, cuyas canciones repetía la radio, se había quedado afuera, en otro lado, lejos.
Quíhubole cabrón. Qué pasó compa, como leaido. Qué dicen las viejas, compadre. Nada compa, agarrando aquí y allá, usté sabe. Venga pacá, encíese. Tráiganle un trago a mi compadre, tráiganle todo, lo que quiera. Atiéndanlo bien cabrones. Es mi compadre, mi amigo.
Pero él tenía su cerco de seguridad. Su sistema de inteligencia, para evitar trampas y emboscadas, detectarlas, eran muy efectivos: él mismo, con esa mirada de reojo, esos contactos con gente que lleva y trae, esos oídos que miraban, escuchaban, ese corazón que le avisaba.
Es un presentimiento, una corazonada. Este compa me está traicionando. Este compa me está robando. Y con un tronar de dedos los ejecutaban.
Esas sospechas empezaron a manchar la relación con su compadre y amigo. Este compa anda raro, este amigo algo trae. Decía él por dentro, oyéndose claramente él mismo, pero al mismo tiempo resistiéndose, negándoselo.
Lo impoluto que había entre ambos se había llenado de humo. Más: violado. Cuando lo tuvo enfrente y después de insistir e insistir lo reconoció. Le habían pagado sus enemigos para infiltrarlo.
Es la verdá compa. Es la neta. Pero perdóneme. Perdóneme por favor. Acuérdese que somos amigos, compadres.
Cerca de un local de fiestas, que había amenizado el cantante, lo cazó. Lloró junto a él. Le reclamó que se le hubiera volteado. No me gusta la deslealtad, menos cuando uno amista con la gente, con los que uno quiere.
Sacó la pistola y lo mató.
Y desde entonces le llora sin que emerja agua salada de sus dentros. Sin que llueva en sus ojos. Le pesa, lo extraña. Pero no se arrepiente.
Artículo publicado el 16 de febrero de 2025 en la edición 1151 del semanario Ríodoce.







