Nunca terminaremos de valorar la obra de José Revueltas, pero noviembre es un buen mes para recordarlo a 110 años de su natalicio; hacer un repaso de sus cuentos y novelas, su narrativa y su poesía, adentrarnos en él, su personalidad, su férrea militancia, sus desasosiegos y certezas, su desesperanza. Y sus desencuentros hasta consigo mismo.
Revolucionario desde sus 15 años, cuando ingresó al Partido Comunista Mexicano, su vida política fue lineal, innegociable hasta por sus ingresos a la cárcel, dos veces en la Islas Marías y una vez en Lecumberri, luego de su participación en el M68. Marginado por los papas de la narrativa mexicana de su tiempo, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán… y condenado hasta por sus propios compañeros de lucha por su crítica al estalinismo, Revueltas logró sobrevivir.
Diez años después de su muerte, editorial ERA tuvo la gracia de publicar su obra completa, una compilación de su hija Andrea y Philippe Cheron. Desde entonces se debate su narrativa, pero sobre todo se difunde para el gozo de jóvenes y viejos. Fueron indudables sus aportaciones teóricas a la lucha por la democracia y contra la marginación, en una reflexión sin tregua, estuviera en un campamento minero, en un rincón de Ciudad Universitaria, o en una cárcel. Nunca, a pesar de su manifiesta desesperanza, Revueltas perdió la fe en que México podía cambiar. Por eso murió con el puño en alto.
A los que con sus plumas y sugerencias hicieron posible esta entrega de Barco de Papel, un millón de gracias.
Artículo publicado el 17 de noviembre de 2024 en el suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






