Siete años sin el ‘Bato’: Un blues por Javier

Siete años sin el ‘Bato’: Un blues por Javier

— ¿Cómo estás bato?

— ¿Quién habla?

— Javier Valdez

— Hola, ¡que gusto, amigo!

Era una tarde del verano de 2014 y me encontraba en Guadalajara en el peor momento de mi vida. Lorena, mi esposa, había sufrido un traumatismo severo en el trayecto de Tepic a la Perla Tapatía. Había perdido la movilidad y el habla, estaba anclada en ese momento a un respirador artificial y tenía la mirada extraviada sobre el techo gris. El cuadro era triste en medio de un ligero bullicio lacrimógeno. Al lado de su cama estaban otros pacientes que, de vez, en vez se quejaban creando un concierto raro, hilarante, que transportaba a la raya gris, existente entre los pasillos amplios de la vida y los rescoldos negros de la muerte. Un aroma a formol y fruta agría flotaba en el ambiente como una extraña premonición de lo que algunos en las semanas y meses siguientes saldrían airosos y, otros, los menos, perderían la vida.

—¿Cómo está Lorena?

—Bien —dije sin pensarlo.

—¿Mejor?

—Ahí la lleva…

Volví la vista sobre ella y me reconfortó ver su bello rostro sobre una sábana blanca y tatuado por el recuerdo de su alegría durante el viaje que recientemente habíamos realizado desde la Muralla de Beijing hasta los casinos lujosos de Taiwán y Hong Kong.

—Qué bueno, bato. Van a salir adelante de este momento, son fuertes y todo es cuestión de tiempo. Ya verás—me dijo con un aire de que los males no son para siempre.

Le agradecí sus palabras y, luego, platicamos de Ríodoce y los esfuerzos que hacían los compañeros para mantener a flote el barquito de papel, como le llaman los fundadores al semanario. Charlamos, al menos, una media hora, y la semana siguiente me llamó Ismael Bojórquez para continuar con el acompañamiento solidario que me permitía expiar los sentimientos encontrados que se viven en este tipo de tragedias familiares.

Cada semana yo estaba al tanto de su columna Malayerba y sus historias breves. Con ese humor ácido me proporcionaban un respiro en mi singular día a día. Javier en cada uno de ellos capturaba el alma de Culiacán, el de sus personajes iconoclastas, la estética estrafalaria del nuevo rico, su verbo rasposo y el siempre afán desafiante.

Unas historias que tienen una magnífica equidistancia con el Ezequiel, aquel personaje barbado, desparpajado e insolente culichi de Cid Vela, el mejor comediante sinaloense, alter ego de muchos buchones y jóvenes que consumen ávidamente el pan, la cerveza, el polvo y el Buchanan’s de la narcocultura.

—¿Qué onda bato, ya mejor…?

—¡Ya mejor!

—¿Y, tú?

—Cerrando mi nuevo libro de crónicas.

Y por hacer plática de lo suyo, le pregunté si ya tenía el tema del siguiente libro, y me confió que sí, que sería Historias de militares de la tropa, aquellos que casi nunca son considerados en los reportajes y en el mejor de los casos son escenografía verde oliva, pero, detrás de cada uno de ellos, hay una historia singular de alegrías, familia, amistad, desarraigo, ausencia, soledad, corrupción, violencia, miedo y muerte, algunas veces en el monte de la serranía o, en la llanura de los desiertos del norte. Y que merece contarse para tener una película completa de esa sociedad y segmento militarizado que provoca temor y respeto. Hoy empoderado, como nunca, por López Obrador.

—Excelente —le dije mientras me imaginaba a Javier sentado en una piedra de la sierra escuchando y preguntando a un joven serrano metido en la milicia y explicando su vida cotidiana, el peso de las jerarquías militares, las largas estadías en medio de la nada, cuidando el acceso de un pueblo perdido en el monte, sufriendo la ausencia de los suyos: los padres, hermanos, amigos y la novia que lo espera en su pueblo para algún día casarse.

—¿Y cómo estás tú?

—Pues, estoy, que es ya ganancia.

En medio de esos días oscuros, de largos insomnios, con el llanto pegado a la pupila y rutinas infames. Ir, estar, volver; para luego ir, estar, volver. Una suerte de tortura semejante a la que sufrían aquellos presos que caminaban en círculo y en silencio en un penal turco de la película Expreso de medianoche, guionizada y dirigida por la mancuerna Oliver Stone y Alan Parker, y es que, las rutinas peores son las mentales, que vienen del abrigo de la esperanza; de un mejor mañana, y las de los pensamientos negativos, que machacan en todo momento la conciencia. Que mantienen al afectado constantemente irritado. Con ganas de abandonarlo todo. Pero, luego, aparece el familiar cercano, afable, que le duele lo que a ti; y el amigo, que te reconforta, que te da aliento para continuar. Y te recuerda que el amor si no es compasivo, no lo es, y en ese nivel se inscribe la palabra de Javier

—¿Cómo estás, bato? ¿Cómo va Lorena…?

Javier permanece y permanecerá en las historias de sus relatos, en su empatía con el otro a través de historias de carne y hueso, en su solidaridad con sus personajes desvalidos, pero, sobre todo, en el amor por la vida y la del otro. Como aquella pieza de B. B. King titulada Blues Man.

…La carga que llevo, oh es tan pesada
Parece que no hay nadie en este gran mundo
Eso querría, querría ayudar al viejo B.
Oye, pero yo, yo estaré bien, gente
Sólo dame un respiro, las cosas buenas vienen
Los que esperan, y he esperado por mucho tiempo
Soy un Bluesman
Pero soy un buen hombre, ¿entiendes?

*El autor es colaborador de Ríodoce.

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Artículo publicado el 12 de mayo de 2024 en la edición 1111 del semanario Ríodoce.

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