El dolor/ te crispa/ te deja/
(y cuánto lo lamentas)/
sin palabras/ de ordinario tú/
tan elocuente… Noé Jitrik
Por aquellos días en que nos arrebataron a Javier, me asaltó un sueño recurrente. Noche tras noche aparecía un perro furioso en blanco y negro. Su cabeza enorme volvía pequeño todo, resoplaba a centímetros de mi cara, sentía su aliento cálido, los resoplidos de bestia brava, sus ladridos me atravesaban, y sentía hasta la asquerosa viscosidad de la baba salpicándome. Empecé a hablar dormido, apenas un balbuceo del pretendido grito, ahogado por el miedo del sueño. Era imposible alejarme, siquiera un milímetro y quedar a salvo. Algo impedía moverme, quizás lo mismo que mantenía al perro a la distancia justa para estar amenazante, sin morderme o tragarme. Ni yo podía huir, ni el perro en blanco y negro me dejaba en paz. Yo mudo, impedido el grito de auxilio, la voz no me salía; el perro, todo fuerza, sacudía mi mundo.
Era extraño que recordara mi sueño, nítido como si de la vida real se tratara, yo que antes despertaba en blanco. Peor era la recurrencia: el mismo perro, a la misma distancia, tan feroz como la noche anterior, y yo igual de mudo y aterrado. Al paso de las semanas las visitas nocturnas se fueron espaciando, aunque siempre eran una copia exacta: larga agonía por no poder gritar ni alejarse, una rabia imparable del no invitado a mi sueño.
En el día era tratar con el dolor del crimen de Javier, revuelto con miedo, coraje, impotencia, una pérdida que en ese momento era imposible dimensionarla… y en la noche con el perro rabioso. Incrédulo del psicoanálisis, sólo pensé entonces que Javier hubiera sido el único en convencerme de ir a contar ese sueño a un psiquiatra. Ya lo había hecho una vez, y hasta pagó la primera consulta. Necesitas ayuda, me dijo, ve con Verónica. Fui a estar callado en dos sesiones y en la tercera hablé, y hablé. Sólo que esta vez ya no estaría Javier, y nadie me convencería de ir a contar mi sueño.
No. El perro en blanco y negro, ladrándome sin parar, es de mis sueños, ahí se queda.
La muerte de Javier nos llevó a muchos a abrirnos de una manera en que jamás hubiéramos pensado hacerlo. Si nos habían herido hasta las entrañas no había otra forma de afrontarlo. Su asesinato fue para muchos de los amigos igual a un cambio de vías, ese momento en que el tren toma un nuevo camino de manera imperceptible, el guardagujas hace el cambio y como en el cuento de Arreola sólo queda dar gracias por llevar algún un rumbo, aunque no sea el destino que pensábamos.
Javier se afanó en cultivar la amistad, hecho por demás complicado tratándose de un periodista cabal. Pensaba que los opuestos podían conciliar en un punto, siempre y cuando cada uno de ellos se respetara con honor. Por eso su cercanía peligrosa con muchos y muchas de los protagonistas de sus historias en los libros, reportajes y columnas. Era capaz de mantener el contacto años después de que le habían confiado sus grandes penas y dolores. Alguna vez víctimas, y algunas víctimas por siempre, agradecían esa cercanía completa y sin reservas.
Parafraseando a Gonzalo Rojas, y cambiando a los poetas por periodistas: algunos no mueren, quedan encantados. Ese es Javier, está encantado. Culiacán, su ciudad, aun le pertenece. Igual que el amor comunal que, quedó demostrado, le han profesado muchos.
Hoy es vital releerlo, volver a escuchar muchas de sus conferencias o presentaciones de libros. Revisitar las columnas y sus posturas. El mundo da vueltas y no cambia.
Por estos tiempos el mundo de los sueños sigue igual de olvidable como lo era antes en mí, aunque ocasionalmente vuelve el perro en blanco y negro, igual de rabioso como aquellos días en que nos arrebataron a Javier, pero sé que no se atreverá a morderme, no en sueños. La diferencia es que hay algunas noches afortunadas en que aparece Javier, siempre de pie, chispeando frases y tan cercano como si de la vida real se tratara.
Dice Gonzalo Rojas, también: “Lo que de veras amas no te será arrebatado.”
- El autor es periodista.
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Artículo publicado el 12 de mayo de 2024 en la edición 1111 del semanario Ríodoce.





