La oquedad que, de un tiempo acá, gravita en el centro de mi pecho entre viejos agujeros negros que no he resuelto todavía, cada vez se ensancha más de manera dramática e impredecible.
No hay mucho que pensar, no tengo duda, es el temor que han despertado en mí los últimos acontecimientos desde que el diablo del norte anda suelto.
Es la incertidumbre que ha despertado en otros pueblos, el que el mundo esté a merced de un bicho demente y belicoso.
Es el asco que provoca al ver cómo los bichos de su misma estirpe le siguen rindiendo pleitesía.
Es la desilusión que siento al ver cómo aquellos que un día prometieron defendernos con todas sus fuerzas, hoy no hacen otra cosa que esconder, como avestruces, sus cobardes cabezas.
Los vientos de Santana arrastran un aroma putrefacto que no augura nada bueno. El planeta es ya un polvorín, un Vesubio que amenaza con despertar de su letargo.
Si los que ahora pueden no hacen algo, no habrá mucho que esperar para que el mundo entero sufra lo que Hiroshima y Nagasaki; una guerra sin cuartel, sin vencedores ni vencidos.
—Hemos caído en manos de un gorila desquiciado al que solo importa el oro y su pellejo anaranjado;
—Un ente megalómano y diabólico que no es capaz de comprender que no todo lo que brilla es oro;
—Un loco desalmado al que, si nadie pone freno, pronto estaremos rezando el último misterio de nuestro propio rosario.
Yo solo espero que esta oquedad resista hasta que un día, quizá, descubra que estuve equivocado.
Artículo publicado el 20 de julio de 2026 en la edición número 26 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.




