Seda blanca es su piel y sobre su cabeza bailan rizos resplandecientes. En su trono esmeralda descansa su tierna figura envuelta de amor y deseo. Ella es Cayetana, mi amada prohibida, a quien ni siquiera los nobles más acaudalados tienen permitido dirigir la mirada. Mientras yo, Francisco, un vil plebeyo, tengo la fortuna de hacerle un retrato a su realeza. Sostengo el pincel con mano temblorosa mientras sus ojos calmos pero salvajes penetran en lo más recóndito de mi alma como daga clavada en el corazón.
¿Qué color debería de usar para sus mejillas sonrosadas? ¿Cómo dibujar sus rizos juguetones, sus ojos profundos, sus brazos delicados? ¿Cómo construir su busto elegante en este vulgar lienzo? ¿Cómo expreso su belleza en su más pura vulnerabilidad? No importa. Ella junta sus brazos detrás de su nuca formando un arco con sus codos. Ya está lista para posar. El destino ha preparado este momento. En cuanto mi pincel toque la superficie de este lienzo, ella me pertenecerá para la eternidad. Ni siquiera el soberano más poderoso será capaz de arrebatármela porque ella es Cayetana, mi amada prohibida.
Artículo publicado el 20 de julio de 2026 en la edición número 26 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.




