Lo sinaloense en la década de los culiacanazos

Lo sinaloense en la década de los culiacanazos

En esta década de los culiacanazos algo ha cambiado en la forma en que los sinaloenses nos miramos a nosotros mismos. Y es que esta también ha sido ocasión para que aquellos grupos que tienen en sus manos el poder de guiar los destinos económicos, políticos y, por ende, el presente y futuro de los sinaloenses, decidan traer a la discusión pública la construcción de paz desde la posición de que la violencia es un tema cultural más que material. Así, instituciones públicas e iniciativa privada emplean personas y recursos en impulsar una narrativa donde la violencia es aún tema de buenos y malos.

Durante décadas nos han incluido, sin preguntar, en esta sociedad vampírica en la que todos hemos probado de la sangre derramada. Porque ese “No pasa nada” fue la vía libre que como ciudadanos dimos al crimen, el pase sin el que el vampiro no puede entrar a dónde no se le ha invitado: así, en forma de billetes y monedas, la sangre fluía desde lo alto hasta los primeros pisos de la pirámide social. Porque en Culiacán se movía lana, sangrienta, pero se movía.

Pero si de todos modos se quiere hacer el rodeo de preguntar por la cultura, se encontrará en los símbolos asumidos por los sinaloenses, los cuales, me aventuro a imaginar, se repiten en toda sociedad en que la acumulación de dinero y poder ha superado como prioridad a la dignidad. En un breve ensayo con el nombre de Conservadurismo, el pensador Guillermo Ibarra Escobar acusa que la sinaloense es una sociedad que rinde culto al éxito económico y no al valor social de las obras, y que al hacerlo, cae en la simulación, el fingimiento y la autocomplacencia. Mientras, las voces que cuestionan esa voracidad y falta de compromiso social real del sinaloense distinguido son simplemente ignoradas.

A nivel simbólico, el sinaloense se ve como un hombre que se ha construido a sí mismo desde un origen adverso o humilde. Con trabajo duro. No le debe nada a nadie y, al contrario, el mundo, que tanto lo afectó, está ahora ahí para ser tomado por él. Una y otra vez este es un arquetipo típico del corrido sinaloense; e incluso en épocas donde estos ya no hacen referencia a drogas, armas o vicios, no dejan de celebrar a este modelo de self made man tan comentado en la cultura del emprendedurismo y la autoayuda estadounidense. Ya con dos culiacanazos a cuestas, en el 2022, el Grupo Marca Registrada nos dejó un claro ejemplo de este self made man en su canción “Si fuera fácil”.

Pero los valores típicos del ‘héroe/víctima/emprendedor’ sinaloense no se repiten igual a lo largo y ancho del regional mexicano. Existen ejemplos contemporáneos en los que se apela a la importancia del territorio y a valores comunitarios, o se hace incluso referencia a Dios en un género que un joven compañero músico de regional llamó Corridos Motivacionales, con Grupo Selectivo, Grupo Clasificado y Raúl Beltrán como sus representantes.

Pero, ¿qué es lo sinaloense? Es una pregunta que personalmente, me ha llevado a explorar diversos caminos. Uno de ellos me llevó a un pequeño libro de nombre Etnohistoria de la tierra caliente. Los grupos indígenas de Sinaloa al momento del contacto español. En este, su autor documenta algunos pasajes que nos llevan a aquellos años de primeros contactos, un mundo ahora inasible debido a lo trágico y sangriento de la conquista de este territorio. Este libro nos cuenta que, en Culiacán, los tahues fueron descritos con muchísimos tatuajes y las mujeres consideradas las más bellas que encontraron. Que en Chametla, su cacique recibió al colonizador Nuño Beltrán de Guzmán con más de 5 mil guerreros ataviados con piel de caimán y escudos de plumas multicolores.

Un poco más puede entenderse al observar nuestras artes, folklore y patrimonios, y comprender cómo estos valores son promovidos como herramientas para la legitimación de un discurso estatal de orgullo regional que roza en la prepotencia. De este podemos ver un ejemplo en la frase sinaloense “echado pa’delante”, y en el lema “Puro Sinaloa” del exgobernador Quirino Ordaz Coppel. Este se llena solo de aire, pues la colonización, las misiones jesuíticas, el proceso de construcción de estado y su posterior modernización se encargaron de que el sinaloense fuera entendido y habitado como un territorio virgen al cual sacar provecho. Hoy vemos las consecuencias de este proceso también en la devastación de los esteros ante las granjas acuícolas, en la promoción de polos industriales en territorios sagrados o en un acelerado crecimiento de Mazatlán que es para todos menos para los mazatlecos.

Me aventuro a ubicar aquí esa visión utilitarista, de conquista y superación que aún persiste en el centro de nuestra visión de un éxito irresponsable que siente que no le debe nada a nadie. Dándonos a probar su triste dulzor nos hicimos, de pensamiento, palabra, obra u omisión, todos partícipes de este ritual vampiresco en donde, volteando la mirada, prosperamos a partir de aquellos que han sido consumidos por las garras del crimen. Esa sangre ha sido motor de nuestras glorias y orgullos como sinaloenses, e incluso hoy, creo, no nos atrevemos aún a imaginar un horizonte distinto.

Artículo publicado el 20 de julio de 2026 en la edición número 26 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.

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