Estas últimas semanas llueve y no deja de llover. Con esta cantidad de agua no importa mi destino, el camino que tome siempre será atropellado. Un paraguas, un rompevientos ayuda cuando chispea, pero con las tormentas son indispensables.
*
En la tradición poética mexicana, Gilberto Owen es un inventor: patentó el uso de la máscara. Esta fue su rompevientos contra el temporal anímico. Qué mejor personaje en este caso que Sindbad, legendario marinero árabe que entre aventura y aventura naufraga. Porque como él mismo dijo en su poema “Viento”: «Llega, no se sabe de dónde, a todas partes. Sólo ignora el juego del orden, maestro en todos».
“Sindbad el varado” —poema de largo aliento y parte del libro Perseo vencido— sucede en uno de estos naufragios no narrados de Las mil y una noches: compuesto de 28 entradas de bitácora fechadas cada día de febrero.
El primer día es “El naufragio” e invoca un rostro desnudo al amanecer. Ahí aparece ya el paraguas y rompevientos oweniano:
Y luché contra el mar toda la noche, desde Homero hasta Joseph Conrad, para llegar a tu rostro desierto
y en su arena leer que nada espere, que no espere misterio, que no espere.
La máscara que Owen usa para cruzar el mar está hecha de materiales antiguos y contemporáneos. Es muy probable que Owen —como otros Contemporáneos— asistiera a la segunda exposición de la Sociedad de Arte Moderno (SAM): Máscaras Mexicanas. Si el objetivo de la primera exposición que montó la SAM fue traer a Picasso, para darle asilo de los conflictos bélicos y al mismo tiempo mostrar la punta de lanza de la vanguardia plástica, la segunda exposición buscaba escarbar en el pasado.
Owen data “Sindbad el varado” en 1942, mientras que la segunda exposición de la SAM fue en 1945. Sin embargo, el libro Perseo vencido no sería publicado hasta 1948 en Lima, Perú. Había en aquel momento un doblez: en la recta final de la segunda guerra, la humanidad se preguntaba si ver hacia al pasado o al futuro. Con un pie aquí y otro allá, Owen y Los Contemporáneos crearon futuros alternos en pasados distantes, buscaron en pozos lejanos. En un gesto cosmopolita, Owen y otros poetas de su generación exploraron tradiciones extranjeras.
El día veintiocho “Final” termina con una repetición:
Tal vez mañana el sol en mis ojos sin nadie, tal vez mañana el sol,
tal vez mañana, tal vez.
Ese «Tal vez» resuena en unos versos de T. S. Eliot que sirven de epígrafe al poema:
Because I do not hope to turn again
Because I do not hope
Because I do not hope to turn.
Con un movimiento circular se cierra el texto y se revela —como el brillo de una campana en lo más alto de una torre— el verdadero objeto de la obra: la esperanza del alba, la posibilidad de una nueva jornada después del naufragio. Los lectores conocemos el destino de Sindbad, sabemos que sus aventuras se reanudan, al menos siete veces, después de cada naufragio. Más
allá de un papel que interpretar, Owen reconoce que una máscara nos dicta un final que tal vez no era nuestro.
Como campanadas, la lírica mexicana ha retomado la máscara y le ha dado múltiples apariencias. De la Orfelia y Eurídice de Elisa Diaz Castelo al Hokusai de Christian Peña, en nuestra tradición se ha implantado con raíces tan profundas el uso de la máscara que sus ramas llegan a latitudes cada vez más lejanas.
Otro ejemplo emblemático del uso de la máscara en nuestra tradición es el de Dylan Thomas en el libro Dylan y las Ballenas de María Baranda. Aquí la máscara no es usada por la voz poética, sino por el interlocutor de dicha voz. Baranda abre un canal igual de amplio al que hizo Owen con su libro.
En el poblado que es la lírica mexicana, escuchar las campanadas de la máscara ya es un hecho al que nos acostumbramos. Pienso en la reciente poesía de Renata García Rivera o Ana Basilio, en la que escucho el brillo de cobre de la máscara en sus versos.
Al usar un rompevientos admitimos que nuestros cuerpos no están hechos para ciertas aguas: escarbamos en la tierra a buscar los vientos del pasado fosilizados en petróleo y así crear polímeros sólidos que nos cubran de los vientos del presente.
Creo que usar una máscara es, además de una necesidad, un acto de humildad: es reconocer la suavidad de nuestra carne y el cansancio de nuestras cuerdas vocales, que no pueden solas contra el ambiente. Como Fabian Espejel que usa la máscara del explorador Roald Amundsen en Antártida. Humildad o el mero sentido común del marinero que no sale a altamar sin preparar su nave.
Artículo publicado el 20 de julio de 2026 en la edición número 26 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.



