Octavio Paz publicó Piedra de sol en 1957, el año en que nació mi mamá. Tal vez esto sea solo una coincidencia, o tal vez no importa para nada, o tal vez importa muchísimo (depende de a qué psicoanalista le preguntemos). Pero ese dato movió algo en mi interior. Mi sorpresa fue aún más grande cuando encontré en los diarios de Susan Sontag una entrada que dice: “Copiando los poemas de Gerard Manley Hopkins”. La entrada es nada más y nada menos que de 1957. ¡Qué miedo! Pensé. Demasiadas coincidencias.
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Volví a esa entrada del diario de Sontag y se me ocurrió que tal vez ella estaba copiando los poemas de alguien más para estudiarlos, para ser mejor escritora. Y si ella había sentido esa necesidad, yo tenía que hacer el doble (porque yo no soy Susan Sontag). Entonces me propuse copiar a mano todo el poema. Tenía muchísimas cosas que hacer y demasiado trabajo, pero aun así algo me dijo que tenía que hacerlo. Venía, además, de una larga racha de incertidumbre en mi escritura. Sabía qué quería decir, pero no lograba decirlo. Me daban flojera mis propios poemas, algo faltaba. Llevaba tres años escribiendo el mismo libro y ya lo había borrado por completo (CTRL+A+Borrar), no una, sino dos veces. Entonces tomé la libreta que tenía a la mano. Era un cuaderno hermoso con una pintura del artista alemán Jacob Merrell llamada Dos tulipanes, una concha, una mariposa y una luciérnaga. Mi amiga Eugenia me lo trajo del Rijksmuseum de Ámsterdam. No lo había querido usar por miedo a desperdiciarlo escribiendo un poema chafa. Entonces mejor le eché la bolita a Octavio Paz.
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Comencé a transcribir. Me imaginé a mí misma como una escriba en el antiguo Egipto, copiando algo sagrado para el faraón. Mis manos suaves sobre la tinta, la cabeza ligeramente inclinada. Yo, conocedora íntima de un secreto único. Fundida plenamente en mi papiro. Y entonces, los 584 versos de Piedra de sol pasaron por mi pluma (dos plumas de hecho, porque se me terminó la tinta y tuve que cambiar de color, lo cual me pareció ligeramente una desgracia estética). Los versos pasaron como quien atraviesa un umbral y es recibido con lágrimas después de un viaje largo.
Mientras estaba escribiendo, sentía cómo las sílabas entraban a mis dedos, a mi sangre, a la totalidad de mi cuerpo y luego a otra parte (mi inconsciente, supongo, quién sabe). Esto no era solo leer. Era como pasar cerca de los aspersores de riego de un jardín y quedar completamente empapada. Aunque ya había leído varias veces este texto, empecé a notar cosas que nunca había registrado: cortes versales extraños, signos de interrogación que fungían como tambores, comas impredecibles, palabras como “abanico”, “cadalso”, “látigo”. ¿Habían estado siempre ahí? El poema me estaba revelando un secreto adentro del secreto. Y de pronto ya no solo estaba mojada, sino completamente sumergida. Era tan profundo ese cuerpo de agua, que podía nadar.
Si me preguntan de qué se trata Piedra de sol, diría que no tengo idea. Se trata de todo: hay preguntas filosóficas, mitología, historia y súplica: “Oh ser total/cuartos a la deriva/ entre ciudades que se van a pique”. Pero también hay momentos íntimos, quizá (no sé) autobiográficos: “Por la Reforma Carmen me decía/ no pesa el aire aquí siempre es octubre”. Más bien no importa tanto de qué se trata. Porque ahora sé que es posible pasar del mito a lo personal, de la fe a la conversación con Carmen. Que en un poema largo cada verso debe emocionar y que conviene que esté lleno de elementos extraños y brillantes: “vientres de luz”, “bahías”, “raíces de agua de un árbol líquido”, “cabelleras de arañas en tumulto”, “una oquedad que ya nadie recorre”, “tigres que beben sueño de esos ojos”. Escuché en una conferencia a Eduardo Casar decir que el poema largo es como un circo: aparecen los elefantes, después los payasos, nunca perdemos la atención. Copiar a mano Piedra de sol me hizo entenderlo.
Al transcribir, sentí una confianza nueva, como si tuviera entre mis brazos una flecha y un arco y pudiera mirar claramente un punto que había estado borroso por mucho tiempo. Me dieron ganas de escribir mi propio poema, sí, ese que llevaba intentando desde hacía tres años. Lo que sentí fue antojo, como si se tratara de una dona, o algo así. Antojo de escribir. Y eso fue lo que hice. Creo que al fin salió algo que vale la pena. Esta vez era yo quien atravesaba el umbral, pero ahora, cargaba conmigo una caja muy valiosa, aunque no por ello pesada, llena de consejos, ideas, herramientas. Me gustaría creer que Susan Sontag hubiera aprobado este ejercicio. Eso sí, todavía no sé qué pensar de las coincidencias del año 1957.
Artículo publicado el 24 de mayo de 2026 en la edición 24 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



