Malayerba: Sin retorno

Malayerba: Sin retorno

Ya no regreso. Ya no. Fue suficiente con esos golpes que les di a mis hijos. Luego a mi esposa. Los desatendí y gacho: cuando se enfermaron, cuando tenían hambre, cuando pedían dinero para la ropa o la medicina.

Es la voz terca, arrastrada y oscura de Roberto. Doce de la noche. Bulevar Madero. ¿Pa’onde jalamos? Dale para ceú, luego te digo. Y él solo contestó, resignado, un ‘sale patrón’.

Había tenido todo. Ahora no tenía nada. Esos viajes en tráileres rumbo a la frontera, sobre todo Tijuana, lo llevaron a la agencia de automóviles por un marquisón blanco, de esos boludos, del año.

Porque la lana le da daba para eso y más. Cuarenta mil pesos por viaje. 800 kilos, una tonelada de mariguana como mercancía. Uno o dos quilos de cocaína base. Todo rumbo a la frontera.

Supo siempre del peligro de que le pusieran el dedo. Tuvo conciencia de que la mayoría de los decomisos en retenes, operativos especiales y puntos de revisión eran resultado de delaciones entre los mismos narcos.

Pero así se la jugó. Igual lo recibió siempre su contacto en aquella ciudad. Y cumplió invariablemente con el ritual de entrega y recepción de la mercancía. El respectivo pago, las claves y trayectorias a seguir.

Y con este éxito en el movimiento de droga se hundió más en su propia arena movediza. Le entró a todo. O casi. Le dio otro uso a su nariz y por esas fosas se metió aliviane para sus pedas. Y eso al mismo tiempo lo llevó a más de todo, incluyendo cervezas y desmanes.

Agarró mujeres de aquí y allá. Levantó lo que pudo de las esquinas y las casas de citas. Sus pedas duraban días. Sus síndromes de abstinencia se confundían con el polvo blanco, la mota y esas noches que duraban más de veinticuatro horas.

Era una vida sin manecillas y sin sol. De golpear a sus hijos de cuatro y ocho años. De darle duro a su mujer hasta mandarla al hospital. De fajos de billetes nutriendo las bolsas de su pantalón.

Así que para él no había ropa para esos niños. Tampoco medicinas para calmar la calentura del más chiquito ni escuelas ni útiles escolares o ropa. Lo de él y sus incumbencias eran esos viajes: los del tráiler y el polvo.

Y ese panorama tuvo durante varios años. Se extravió ahí, en sus vicios. Y dejó a la vera del camino a esa mujer con quien se había casado y a esos hijos que se acostumbraron a verlo perdido y transformado en alguien que no reconocían.

Hasta que lo jaló aquel ministro evangelista. Luego entró a aquella celebración religiosa. Y le gustó. Se sintió envuelto en ese escenario de arrepentimientos, rezos y cantos.

Volvió pronto a esa iglesia y fue para no volver a faltar más a sus celebraciones. A los meses dejó todo lo demás y se convirtió al evangelismo y dejó atrás, en las arenas movedizas, todos sus viajes. Y también ese marquisón.

Vio de nuevo a sus hijos y supo cómo eran, sus nombres y necesidades. Recuperó a su mujer, a su cama y lo que en ella sucedía o debía suceder. Regresó a las tres comidas en esa casa suya.

Dejó también el dual y los frenos del motor del tráiler. No supo más de su contacto ni de sus patrones en Culiacán. No vio ya los fajos colmando en sus manos. Pero se alcanzó a ver sus manos, surcadas y sudorosas.

Le quedó esa voz arrastrada, como de tequilero y transnochador. Jornadas de trabajo mucho menos peligrosas y de a 500 pesos por turno. Y ese volante, que ya no era de camión, sino de taxi. Rumbo a La limita.

Artículo publicado el 18 de enero de 2026 en la edición 1199 del semanario Ríodoce.

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