Entre carabinas, ametralladoras, revólveres, fusiles, cañones y carrilleras, los combatientes de la Revolución Mexicana llevaron rollos de película para documentar con el cinematógrafo el levantamiento de 1910, que atendió al llamado de Francisco I. Madero de “Sufragio efectivo, no reelección”, para derrocar la dictadura de más de tres décadas de Porfirio Díaz, criticada por la desigualdad social y económica, la concentración de los derechos de la tierra en los pocos que explotaban a obreros y campesinos, y la falta de libertad política y de expresión.
Lea: La Revolución Mexicana en tres poetas mexicanos
Algunos cineastas realizaron documentales e, incluso, acompañaron a revolucionarios para capturar su actividad en el conflicto armado. Los hermanos Alva: Salvador, Guillermo, Eduardo y Carlos, filmaron no menos de 15 producciones, entre las que está Viaje del señor Madero de Ciudad Juárez a la Ciudad de México (1911); Jesús H. Abitia, registró, principalmente a Álvaro Obregón, como en Llegada de tropas de Obregón a Guadalajara (1914); Pancho Villa tuvo camarógrafos norteamericanos de la Mutual Film Corporation que lo siguieron en sus batallas, las cuales, incluso, algunas estaban coordinadas y preparadas, para el momento de ser capturadas con la cámara; Salvador Toscano recabó, específicamente, testimonios sobre el hecho; Guillermo Becerril hizo, entre otros, el documental Los últimos sucesos sangrientos de Puebla (1911); y los hermanos Stahl, principalmente Jorge, contribuyeron con material filmado, al igual que Enrique Rosas.
En cuanto a la ficción, ya sea con fines historiográficos, sociales, culturales o artísticos, el cine mexicano se ha dedicado a contar lo acontecido en ese movimiento armado, que fue el primero en ser documentado para el séptimo arte. Desde la inconclusa, pero no menos oportuna e ilustrativa ¡Que viva México! (1932) de Sergei Eisenstein; Revolución (1933), de Miguel Contreras Torres; la trilogía de Fernando de Fuentes compuesta por El prisionero 13 (1933), El compadre Mendoza (1934) y ¡Vámonos con Pancho Villa! (1936); Enamorada (1946), de Emilio El Indio Fernández; hasta la estadounidense ¡Viva Zapata! (1956), de Elia Kazan, protagonizada por Marlon Brando.

Asimismo, La cucaracha (1959), de Ismael Rodríguez, con los imperdibles enfrentamientos entre Dolores del Río y María Félix; La sombra del caudillo (1960), de Julio Bracho, basada en la novela homónima de 1929, de Martín Luis Guzmán; La soldadera (1966), de José Bolaños, protagonizada por la última diva mexicana, Silvia Pinal; Reed, México insurgente (1972), dirigida por Paul Leduc, acerca del periodista norteamericano John Reed, quien acompañó a Villa en sus batallas; Los de abajo, adaptación del libro de Mariano Azuela, dirigida por Chano Ureta en 1939 o por Servando González en 1976; Cuartelazo (1976), de Alberto Isaac; y Como agua para chocolate (1992), de Alfonso Arau, basado en la novela de Laura Esquivel, que no se centra en el conflicto armado, pero sí en una historia de amor y tradiciones, en el contexto revolucionario.
En el presente siglo (algunas, con la finalidad de conmemorar el centenario de la Revolución), se hicieron Zapata, el sueño del héroe (2004), de Alfonso Arau, con las muy criticadas participaciones de Alejandro Fernández como el mítico revolucionario, y la cantante Lucero, en cuestionado desnudo; Pancho Villa, la revolución no ha terminado (2007), documental de Francesco Taboada Tabone, acerca de Ernesto Villa Nava, el hijo que El Centauro del Norte tuvo el mismo día que invadió Columbus, para perpetrar lo que se considera el primer ataque a territorio estadounidense por un ejército latino; Chicogrande (2009), de Felipe Cazals, también sobre Villa y el suceso en Columbus; La cámara Casasola (2010), de Carlos Rodrigo Montes de Oca Rojo, que muestra el archivo fotográfico de Agustín Víctor Casasola, pionero del fotoperiodismo en México; y Revolución (2010), una recopilación de cortometrajes alusivos al hecho, dirigidos por varios directores.
Por cierto, el cine, había llegado a México 14 años antes de que estallara el conflicto, en 1910. Aunque se considera la primera proyección al público, la realizada el 14 de agosto de 1896, en el sótano de la droguería Plateros, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, ocho días antes, Claude Ferdinand Bon Bernard y Gabriel Veyre, enviados por Auguste y Louis Lumière, exhibieron algunos filmes para el presidente Porfirio Díaz, su familia y miembros de su gabinete, en uno de los salones del Castillo de Chapultepec, sólo ocho meses después de la icónica presentación que hicieran los Lumière en el Gran Café de París, para presentar el cinematógrafo.
La fascinación del mandatario por el invento fue tal, que apareció en varias producciones, como El presidente de la república paseando a caballo en el bosque de Chapultepec (1896), con lo que se le considera como el primer actor del cine mexicano. En total, los emisarios de los Lumière filmarían 35 cintas en México, Guadalajara y Veracruz, principalmente, para mostrar a Díaz en diferentes actos, como la llegada de la campana de Dolores al Palacio Nacional, y capturar el folclor y las costumbres del país.
Artículo publicado el 23 de noviembre de 2025 en el suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



