A mi papá

A mi papá

Por María José Franco

 

Tras la muerte de mi papá resultó difícil acomodarme al paso objetivo de los días, semanas y meses, desde el estupor de la inminente pero repentina noticia. Pensé que me alcanzaría el tiempo de volverlo a ver, aunque me costara reconocerlo… me alegraba el mero hecho de que él me reconocería a mí sin problemas, mi apariencia apenas sí había cambiado desde la última vez que me vio.

Me habría gustado otro escenario, más benigno, más feliz. En la impotencia, sólo quedó la oración regular en compañía de amigos que estuvieron con él como lo harían los hermanos más ejemplares del mundo en las peores circunstancias. No dejamos de hablarnos, de estar pendientes los unos de los otros dentro de las posibilidades de la distancia y la salud. Me prohibieron afligirme, me prohibieron llorar a causa de la enfermedad que yo había estado combatiendo en esos momentos. Sin embargo, haya tenido un buen o un mal día, mis momentos más felices del día son cuando recuerdo a mi papá.

En varios de sus cuentos está él escondido. Por ejemplo, detrás de su cuento infantil Una muy Feliz Navidad para la Negrita Mamá estaba su amor y respeto a los animales. Los rescataba, los cuidaba, de él aprendí la importancia de esas pequeñas y valiosas vidas. Se tomaba todo el tiempo necesario para cuidar a un gorrión hasta que este recobrara su salud. Tuvo amigos que  compartían con él ese amor tangible y silencioso. Predicaba con el ejemplo y no sólo con el virtuosismo de una historia bien contada. Me encantaría que muchos niños y no tan niños pudieran conocer este cuento como conocen bien el Monumento al Pescador o la alberca de la Carpa Olivera. Ahora que la plazuela Machado, el Paseo Olas Altas son y han sido puntos de encuentro, sería hermoso que formara parte de la memoria no sólo de cualquier mazatleco sino también de cualquier persona que se haya enamorado perdidamente del Puerto. Así como fuera de Mazatlán se nos puede salir suspirando un “Ay qué bonito paseo del Centenario, Ay qué bonita también su Catedral”, los mazatlecos de ahora y de mañana podríamos evocar este cuento o releerlo para que la nostalgia no nos aplaste el pecho en tiempos de navidad.

De mi papá recuerdo siempre sus regalos inesperados de los viernes. Formaba parte de una rutina que sabía hacer secreta el llegar de dar clases en la UAS, del Archivo Municipal, de CODETUR, del edificio Juárez con una sorpresa. De pequeña eran dulces y a partir de mis siete años sorpresas más únicas: libros. El primer libro que me regaló para yo leerlo: La Peor Señora del Mundo, referencia obligada de la literatura infantil mexicana de los años noventa.

Mi papá planeó para mí y para mi hermano un acercamiento gradual al hábito de la lectura. Cuando somos niños no siempre sabemos por qué papá y mamá nos acercan a determinadas actividades, el tiempo y las circunstancias nos lo dicen después. En lo personal, la lectura me ha salvado de entornos sociales hostiles y, me atrevo a decir, limitantes.

Mi papá me enseñó a sobrellevar las infaltables injusticias del mundo circundante mostrándome cómo entrar más rápido al mundo de las posibilidades, ideas y sentimientos universales, negadas y pisoteadas en nuestra sociedad gracias a la redundante y desgastante ley del más fuerte. Lo mejor del ser humano está en sus obras y es lo que puede salvarlo del olvido y la desgracia.

Tuve un padre que siguió sus sueños por muy atrevidos y extravagantes que parecieran, extravagantes especialmente a los ojos de los envidiosos, de los ociosos, de los oportunistas, grueso de la mediocridad a la que tuvo que enfrentar a diario, cara a cara.  A pesar de esto siempre logró encontrar tiempo para la familia, siempre hablábamos, siempre estábamos no importa qué tan lejos o qué tan cerca estuviéramos, papá siempre fue papá. Siempre fue, es y será papá.

Artículo publicado el 13 de abril de 2025 en la edición 11 del suplemento cultural Barco de Papel.

 

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