Por Jorge Iván Chavarín Montoya
Debía haber sido en septiembre del año 2005 la noche que encontré Rebelión en la granja. Estoy seguro de ello porque llovía y hacía calor. Por aquel tiempo estudiaba el segundo año de secundaria y la maestra Helen, una lectora empedernida, nos dejó como proyecto la lectura de cualquier novela que quisiéramos. Ya previamente habíamos leído Marianela y El señor de las moscas. La obra de Orwell estaba en el cuarto que mi padre usaba de estudio, mismo donde me refugiaba para hacer tarea o jugar Age of Empires 2. Lo primero que me llamó la atención fue la imagen de un cerdo de frente, vestido con ropas humanas, dando a entender que él era el que me mandaba con una mirada fría que solo había visto en los villanos de los videojuegos. “Grandes clásicos de la literatura universal”, se leía verticalmente del lado derecho.
En la contraportada se resumía una rebelión por parte de los animales de una granja, las diferencias de ideales entre los cerdos Napoleón y Snowball, el eterno trabajo del caballo Boxer y la búsqueda de una sociedad más justa. Lo empecé a leer y no paré hasta darme cuenta de que “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”, y esa frase no ha parado de retumbar en mi cabeza hasta el día de hoy.
Hablar de los libros o autores que nos han marcado no es algo sencillo. Los espejos y laberintos borgeanos. El planeta autista de Solaris. La gente viviendo y muriendo sobre Un puente sobre el Drina. Conforme te adentras en la lectura, vas encontrando tantas y tan variadas historias que es imposible hablar de una sin referenciar a otras. El peregrinar de Tyrone Slothrop en El arco iris de gravedad. Las mentiras verdaderas de El Emperador, de Kapuściński. Y es que, al recordar cada libro, no solo retornamos al relato, sino también a esa versión del pasado de cada uno de nosotros. Quién era yo y por qué leía ese libro en ese momento de mi vida. ¿No oyes ladrar los perros?, de Rulfo. Carlota llorando por su esposo y por las Noticias del Imperio.

A lo largo de mi vida he leído Rebelión en la granja en cuatro ocasiones, y en cada una de ellas me resulta imposible no volver a ser aquel Iván de quince años que leyó sin descanso la historia de los animales que se rebelan contra el Sr. Jones. No era la primera novela que leía; ya había explorado algunas aventuras de Julio Verne, así como la mayoría de las fábulas de Oscar Wilde, pero hubo algo distinto, casi punzante, en esa escena en la que el cerdo Napoleón ordena a sus perros atacar a Snowball, aplastando su idea del molino que habría beneficiado a todos. Esa traición encendió en mí un espíritu rebelde que se conectó muy bien con esos años de adolescencia. Un golpe de realidad ante cómo es el mundo que nos rodea: que la vida no siempre es justa y que se debe luchar por aquello en lo que uno sueña.
Leer va más allá de degustar una historia; es una reflexión sobre lo que somos y lo que estamos viviendo. Se lee para descubrir la forma en la que vemos el mundo y para formar nuestros ideales. No puedo decir que Rebelión en la granja es el libro más significativo que he leído en mi vida; sin embargo, es imposible hacer un repaso de mi vida como lector sin recordar a esos animales luchando por sus sueños y cayendo a una situación peor de la que se encontraban en un inicio. Porque, de una u otra forma, a eso se le llama vivir: a esa lucha que cada uno de nosotros tiene con la vida, esa hambre de conocer nuevas cosas y tratar de entender lo que nos ha pasado. Cada uno de nosotros tiene su propia rebelión.
*El autor es cuentista, cronista y reseñista de viaje. Es docente en la Facultad de Filosofía y Letras, la Preparatoria Emiliano Zapata y la Secretaría de Educación Pública. Corrector de estilo en Errant Press. Miembro del Comité Editorial de Ediciones del Olvido. Sus cuentos y crónicas se han publicados en diversas antologías y revistas.
Artículo publicado el 13 de abril de 2025 en la edición 11 del suplemento cultural Barco de Papel.






