Granados Palma, reincidencia feminicida

Granados Palma, reincidencia feminicida

Es el Sinaloa de 2004. Gobierna Juan S. Millán, y en la policía tiene a su hombre fuerte y de confianza: Jesús Antonio Aguilar Íñiguez, Chuytoño. Muy pronto el gran aparato de seguridad que construyó Millán se derrumbará como un castillo de naipes: en septiembre el Chapo mandará asesinar a su rival Rodolfo Carrillo, el Niño de oro, y todos los mandos de la corporación saldrán despavoridos.

Para eso aún faltan seis meses, es otra historia. Ahora estamos en el 17 de marzo de 2004 y el gobierno da muestras de que es capaz de capturar a los aliados, y de paso saldan cuentas con quien ya era un dolor de cabeza.

Esa mañana Eduardo Granados Palma subió por una estrecha escalera custodiado por un grupo de agentes. No llegaba de sorpresa, un enjambre de cámaras lo esperaban en la oficina del director de la ministerial. Iba sin esposas en las manos. Manso. Sin reflejo de arrepentimiento. Bajito, flaco, costaba creer los atributos que le imponían como instructor de policías. Cinco días antes, el 12 de marzo, había asesinado a golpes a Martha Berenice, su novia.

Chuytoño no abandonaba el tono jocoso en la espera del arribo del asesino confeso. Decía que iba a permanecer lejos de Granados Palma porque podía lanzarle una patada voladora y sacarlo por el ventanal de la oficina. Los días previos el reclamo de la familia por la desaparición de Martha Berenice acaparaba toda la atención. Carteles, conferencias, marchas. Las desapariciones eran una rareza hace 20 años, ahora lastimosamente son tan comunes que cuesta trabajo seguir la huella a tantos casos.

Aguilar Íñiguez estaba enfundado en su impecable uniforme oficial, camisa blanca con las insignias de la corporación, pantalón negro, pistola al cinto. Lo interrogó a distancia, un interrogatorio que hacía ante los reporteros, al final concedía algunas preguntas. Una a una Chuytoño le fue soltando la metralla, rápido y sin pausas.

Y Granados lo dijo todo, como seguramente ya lo había contado cuando aceptó la culpa, como seguramente lo había hecho ante el investigador de la policía, ante el ministerio público y luego lo haría ante el juez. Sin alterar ninguna de las afirmaciones que se habían hecho antes. Habló sin inflexiones en la voz, sin alterarse, como quien cuenta una historia que ha repetido muchas veces.

Las sospechas estaban en él desde el primer día de la desaparición de Martha Berenice, a pesar de que participó en la búsqueda acudiendo a casa de amigos y familiares preguntando por ella. Con un martillo le propinó un golpe en medio de una discusión. Sacó a Martha Berenice de la casa y la oculto en la ribera del río Tamazula. Limpió la escena del crimen y se deshizo de los objetos personales en un punto distinto, en el canal de Recursos Hidráulicos, entre esos objetos el arma homicida.

 

Margen de error

(Jalisco) Eduardo Granados Palma, otra vez. Su nombre de protagonista en una noticia como una afrenta. 21 años después, casi con exactitud, es señalado en el asesinato de su pareja, Astrid Cruz, y su hijo Ángel Fernando, además de dejar mal herida a la otra hija, Isabela. Ahora en Jalisco, en Zapopan.

Su reaparición muestra las gigantescas fallas del sistema de justicia en su conjunto. Las reincidencias feminicidas son continuas en este país. Va más allá de su anticipada liberación, se trata de que el sistema carece por completo de las herramientas para detectar una personalidad como la de Granados Palma y recurrir a medidas legales para determinar su situación.

Ahora sabemos que había reaparecido con una supuesta fundación que lleva sus apellidos. El escueto sitio web se muestra como un altar a la megalomanía, aparece en primer plano en muchas fotografías, selfies con militares, su apellido en letras muy grandes, y hasta un texto donde se presenta: “quiero transformar y dignificar a la policía mexicana…este es mi sueño y mi vocación”, dice, mientras recuerda que hace 20 años fundó Grapesa, una empresa para la capacitación de cuerpos de seguridad.

 

Primera cita

(GRAPESA) Grapesa International fue muy conocida en Sinaloa. Llegó como la panacea a la crisis de seguridad y se llevó millonarios contratos públicos que el gobierno se otorgaba a sí mismo, es decir, a cercanos suyos.

En 2003, un año antes del asesinato de Martha Berenice, Ríodoce revelaba en sus primeros números, la ruta que seguía el dinero público. “Poco a poco va saliendo la mugre…” escribió Javier Valdez, y es que para ese momento había hecho crisis la disputa por los contratos.

En la historia estaba Luis Pérez, Director de Gobierno con Juan Millán, artífice de toda la trama alrededor del negocio de la seguridad pública. Estaba el Comandante Simón, Iván Ortega Colmenares, fundador de la Unidad Especializada Antisecuestros, un venezolano que vino a Sinaloa a atajar la escalada de secuestros. Y estaba, por supuesto, Eduardo Granados Palma, que con Grapesa International era el proveedor de las capacitaciones y de los materiales para los policías, que empezaron a convertirlos en muñecos de G.I. JOE.

La nota de Ríodoce refiere pruebas con ejemplos de compras de equipamiento que se reportaron a 150 dólares pero costaban 30 dólares. El Comandante Simón tenía todo el poder y todo el pastel presupuestal, a través de su empresa Safe Group of México, propiedad del mismo Iván Ortega —el venezolano. Entones fue desplazado por Grapesa International, que presumía de tener instructores franceses, alemanes e italianos. Y entonces los amigos, se volvieron enemigos.

 

Mirilla

(Pasado) De aquellos nombres de 2004 solo queda Granados Palma, ahora prófugo. Luis Pérez fue asesinado, un poco después de participar en la recaptura de Granados Palma que logró fugarse en marzo de 2006. Chuytoño murió de Covid, en medio de las acusaciones de ser el policía protector del Mayo Zambada. Del Comandante Simón no se volvió a saber nada una vez que lo sacaron de los negocios y se fue de Sinaloa. Ese es el pasado que vuelve (PUNTO)

Artículo publicado el 9 de marzo de 2025 en la edición 1154 del semanario Ríodoce.

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