Correspondencia con el poeta Elías Nandino
Javier Velázquez
La lectura de la correspondencia de un escritor es sin duda, y acontece lo mismo con los diarios personales, un acto de profanación. Sin embargo, el acceso al epistolario nos revela una imagen —siempre incompleta— de la relación de su vida con su obra.
En esta tesitura, las cartas que el dramaturgo sinaloense Óscar Liera (1946-1990) cruzó con el poeta jalisciense Elías Nandino (1900-1993) nos permiten atisbar su travesía intelectual en los años 1973 y 1974, en una fase de plena decantación literaria.
En ese arco de tiempo, el poeta del grupo Contemporáneos rondaba los 73 años, mientras que el escritor sinaloense, los 27. Nandino, no está de más subrayarlo, ya era una figura relevante en las letras mexicanas, en tanto que la energía creativa de Liera aún se desplazaba hacia la poesía y el cuento, sin centrarse por completo en la dramaturgia.
Aunque las misivas que se conservan son tres y las remite Elías Nandino, por su contenido se pueden hacer varias inferencias. Una de ellas es, ciertamente, la generosidad y la bonhomía de uno de los poetas mayores de la lírica mexicana hacia un novel escritor.
¿Se conocieron en 1966 cuando Jesús Óscar Cabanillas Flores viajó a Guadalajara a cursar odontología y terminó realizando estudios de teatro? Es muy posible. Más allá de esa circunstancia, lo cierto es que entablaron una amistad donde Nandino ejercía de figura tutelar, era empático y aconsejaba con el zumo vital de su experiencia.
Sabemos que Liera le había enviado sus versos iniciales, la plaquette titulada Variaciones para una ausencia dada, pues el 23 de julio de 1973, en la primera carta, Nandino respondió: «Sus poemas me llegaron porque al leerlos reconocí mis primeros dolores, mis primeras dudas, mis primeras esperanzas. Yo, como Ud. cuando descubrí la soledad, me volví una angustia en vilo que sigue derrumbada sin encontrar su sitio. Escriba mucho».
La última recomendación se vuelve reiterativa: «Escriba sin descanso» y «Mi único consejo es que trabaje sin descanso […]», con lo que se deduce una crítica cabal hacia unos poemas todavía muy a flor de piel, ya que también le encarga: «Lo que lo haga sentir su sensibilidad, fíltrelo con la inteligencia». Una máxima que los Contemporáneos —José Gorostiza, Gilberto Owen y Xavier Villaurrutia— practicaron con denuedo.

Además del género lírico, el dramaturgo en ciernes —ya había escrito El camino de los locos y dirigido piezas ajenas— también incursionó en la narrativa. Le comenta Nandino: «Sus cuentos me gustaron. El cuento grande, Los cujos, es bueno, pero hay que trabajar el final. Lo de la limpia o magia lo siento falso. Me parece que pensando puede darle un fin más certero». (En 2011 la UAS publicó Extraña urdimbre, una colección de relatos inéditos).
Pese a la crítica, no hay duda que Elías Nandino supo reconocer la vena artística: «Tenga fe en Ud. mismo y a vivir como los veneros: entregando su agua pura, aunque pase por todos los lodos». También hay la esencia de un posicionamiento que más tarde el dramaturgo hará propio: «Nade contra la corriente», le dice el médico, y más adelante: «Debo decirle que renuncié a mis empleos. No pude trabajar con demagogos. Ahora estoy libre».
En esa extensa misiva Nandino le pide: «Cuando ya tenga todos sus poemas me los manda y luego se los regresaré. ¿Qué pasó con el teatro? ¿Cuándo piensa volver a Europa? Cuénteme todo». Al parecer ignoraba que Liera apenas se había ido por cuenta propia a Francia, pues en carta del 14 de enero de 1974 le dice: «Hoy recibí tu felicitación y supe tu residencia. Feliz tú, que a tu edad, haces lo que quieres, y vives en París cuando estás en la flor de tu edad. Vive, goza, porque mañana ya será tarde». La frase horaciana del Carpe Diem la cumpliría como regla de vida.
En esa misiva, y en la del 18 de mayo de 1974, Elías Nandino habla más de sí mismo, de su propia obra. En ambas revela, pese a los achaques de la vejez, su vitalidad en la escritura y sus proyectos. Ya en 1973 le confiaba que tenía «en mente una revista, una editorial y un taller», y ahora en estas últimas le contaba sobre la reedición de Triángulo de silencios y Nocturna palabra.
Al parecer Elías Nandino intuyó la verdadera vocación del escritor sinaloense: «Me gusta que escriba teatro. Todo lo que haga le traerá experiencia. Usted tiene mucho qué decir, lo que le falta es el esfuerzo pleno para hacerlo». No se equivocó el vate. La década siguiente fue bastante fructífera gracias al empeño, el rigor crítico y la disciplina del dramaturgo.
En efecto, más tarde Óscar Liera deslumbraría con sus piezas teatrales como El jinete de la Divina Providencia (1984) o Camino rojo a Sabaiba (1988), las cuales concentran una alta dosis de poesía y narrativa. Los merodeos literarios, finalmente, habían desembocado en el género que lo haría trascender en el panorama literario.
Artículo publicado el 24 de noviembre de 2024 en la edición 1139 del semanario Ríodoce.






