Le dio las gracias a las balas. Luego a Dios. Se quedó ahí, hincada. Todavía dibujaba mapas ondulantes de humo el cañón de la pistola. Y ella ahí, con ese llanto que estalla como trueno y luego se apaga poco a poco sin dejar nada.
Y ella no encontró habla. Y no era para menos: estaba abrazando a su pequeño hermano, y el resto, los otros tres y su madre, muertos en el suelo y ensangrentados. Su padre se quedó unos segundos en el umbral de la puerta, estupefacto. Luego huyó.
Sabían que andaba en malos pasos. Tenía rato metido en la peda y conservándose en alcohol. Luego se embrutecía y empezaba a despotricar: gritaba y golpeaba a la madre, se las mentaba, jaloneaba a los más chicos, corría a los mayores.
Pero se estaban acostumbrando a ese circo de borracheras y cantaletas de madrazos verbales y con la palma de la mano estrellándose en las mejillas de las mujeres de esa casa.
Había pasado años con pedas casuales y en familia. Era tierno entonces: se le derretían los ojos jugando con los niños y disfrutaba preparar el desayuno los fines de semana y corretearlos a todos los domingos. Era otro.
Era otro el que ahora se asomaba al umbral de la puerta con ese paso marino, tambaleante y babeando. Manchas de polvo blanco adornaban su bigote entrecano. Esos ojos brillosos definitivamente eran de otro, no de aquel padre que conocieron.
Gritos y golpes fueron el colofón de aquel papá amistoso y bonachón. En ocasiones ni hablaba: ése que se dormía en el sillón de la sala, que despertaba malhumorado y enfermo, era un ser extraño que suplía amargamente al otro que ellos conocían.
Y esa noche llegó como las otras. Con una de albañil que le impedía hilar vocales y consonantes, palabras con palabras. Se detuvo en el marco de la puerta en señal de reto. Sin decir más sacó una cromada y empezó a disparar.
Cayó la mamá. Los otros tres la alcanzaron en el charco rojo que ganaba terreno en el vitropiso. Orificios en el pecho, cabeza y abdomen acababan con las vidas y la familia. Uno a uno los vio caer, ya sin vida.
Y ella, que estaba en el fondo del cuarto de la sala, empezó a gritar. No sabía si eran los gritos de negación de aquella apocalíptica escena o el llanto que salía de su garganta lo que le hacía competencia a los pum-pum-pum que cantaba y escupía el arma.
Pero se mantuvo ahí, en cuclillas. Abrazó a su hermanito de tres años. Pero en realidad se abrazó también a ella misma. Columpiaba su cuerpo de trece. Y miró que el cañón le apuntaba a ella. Sostenido por la mano derecha de su padre.
Clic-clic-clic. Se acabaron las balas. ¡Chingada madre! Fueron segundos que parecieron minutos, horas, densidad eterna. La oscuridad que se adueña de todo a las seis de la tarde de un día negro y de muerte. Y desapareció sin hablar más.
Ahí estuvo quién sabe cuánto tiempo. Cuneó su cuerpo hasta el infinito y todo se le entumeció. Las lágrimas no cesaron. Los gritos sí. Ella enmudeció por unos minutos. Su hermanito cerró los ojos y no dijo nada. Estaba más que espantado. Tenía el terror en los ojos y el ceño.
Nunca pensó que fuera a agradecer a las balas el no haber estado ahí, en la recámara del arma. Por eso agradeció: gracias, balas… gracias.
Artículo publicado el 24 de noviembre de 2024 en la edición 1139 del semanario Ríodoce.







