La iconografía de la ciudad de Culiacán

La iconografía de la ciudad de Culiacán

La calidad de los edificios y monumentos de una ciudad definen la trascendencia de su cultura y permiten contar su historia. Martín Amaral decía hace 20 años que Culiacán sólo tenía dos íconos: el Puente Negro, construido por ingenieros norteamericanos y la Catedral, que a su juicio era bastante modesta y sin gracia. En realidad, existen otros ejemplos que van desde finales del siglo XVIII hasta principios del siglo XXI.

Siglo XVIII

Los ejemplos más antiguos son dos casas de la última década del siglo XVIII, localizadas en el crucero de la avenida Obregón y Rafael Buelna. La más grande está en ruinas desde que la habitaron dignamente las maestras López Meza y, cruzando la calle, está la otra con una columna de cantera en el vértice de la esquina. A esas casas se suma el Mesón de San Carlos, hoy Centro Centenario del ISIC, mismo que no fue restaurado sino reconstruido burdamente, sin las columnas y capiteles de cantera que estaban en el centro del local. ¿Quién se quedó con ellas? El resto de los edificios de esa época desaparecieron por avaricia o estupidez.

Siglo XIX

La obra más antigua de este siglo es el Seminario Conciliar de 1839, el actual Ayuntamiento, modificado por el general Ramón F. Iturbe en 1917 y echado a perder al decorarlo con un estilo ecléctico y ramplón. En 1842, se inició la construcción de la Catedral durante el esplendor del neoclásico en el mundo que, en este caso no influyó, dejando al recinto con un estilo indefinido. Para entender la lentitud de la construcción, apenas se estaban terminando los cimientos de la Catedral cuando México perdió la mitad de su territorio y para conocer el retraso tecnológico, tres años después se llevó a cabo la Exposición Internacional de Londres de 1851, en el futurista Palacio de Cristal, totalmente prefabricado y desmontable. En mi lista sigue el Hospital del Carmen construido en 1887, una verdadera joya que me tocó restaurar para devolverle la grandeza, visible en las arcadas y en el adoratorio al centro del jardín. A los interesados en la historia, recomiendo conocer todo el conjunto.

Siglo XX

Empiezo con el templo de La Lomita de 1967, uno de los 10 mejores edificios de mantos hiperbólicos del país y el ejemplo más bello de la arquitectura moderna de la ciudad. Continúo con el Jardín Botánico de 1986, uno de los mejores jardines botánicos de Latinoamérica con una colección de arte contemporáneo comparable a la colección del impresionante Instituto Inhotim en Minas Gerais, Brasil. Y cierro con el Aeropuerto de 1998, un proyecto audaz de presencia duradera, por ahora en remodelación para modernizar su funcionamiento.

JARDÍN BOTÁNICO. Foto: Tatiana Bilbao.

Siglo XXI

De este siglo reconozco dos proyectos, las oficinas centrales de Tuvanosa, seleccionado como uno de los 260 mejores proyectos de los egresados en los últimos 50 años de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, para una exposición llevada a cabo en el Museo de Ciencias y Arte de Ciudad Universitaria. El otro es el atinado conjunto de auditorio, biblioteca y sanitarios del Jardín Botánico, tres edificios semejantes a inmensas rocas metamórficas en medio de la naturaleza.

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Los monumentos de Culiacán son francamente malos y para demostrarlo mencionaré el ejemplo de una veintena: el de Agustina Ramírez, un mazacote hecho de cemento y pintado manualmente siguiendo criterios de temporada. Todos los demás son infumables: caballos con jinetes, bustos a granel, los bautizados monotes de Hidalgo y Morelos, cabecitas doradas y la variopinta galería de estatuas y monumentos en el camellón de la avenida Leyva Solano que nadie voltea a ver y se ignora quienes son. La única escultura que me gusta es la fuente de La Locha, porque el agua llega hasta donde la gente dice.

Del siglo XXI faltan obras que destaquen como símbolos urbanos disruptivos. Hay muchos edificios al norte de la ciudad que son edificios altos sin atributos innovadores que marquen diferencia. De los centros comerciales como Forum o La Ceiba, Zygmunt Bauman nos dice que se hacen para mantener a la gente en movimiento, mirando, atraída y entretenida constantemente por las interminables atracciones, y no la alientan a detenerse, mirarse, conversar, pensar y debatir algo distinto de los objetos en exhibición, lo que presagia el fracaso de la vida humana, en comparación a como fue en el pasado.

Lamentablemente no tenemos un sólo edificio que esté considerado dentro de lo mejor de la arquitectura moderna del país, tal vez porque los arquitectos no hemos participado en la Bienal de Arquitectura Mexicana ni en otras premiaciones nacionales. Por eso, en México no se conoce y no se habla de la arquitectura de Culiacán, si acaso se conoce el cementerio Jardines del Humaya.

Mi intención ha sido señalar lo bueno y lo malo de la iconografía de la ciudad, cuya población se aferra a los mitos con poco que ofrecer al visitante que no sea pasearlo por los bulevares Francisco Labastida y Sánchez Alonso, equivalente a lo que pedía la rancherita que le gustaba al poeta Jesús Andrade: que la paseara en burro por la Obregón.

El problema es que ya no nos damos cuenta de nada porque nos hemos acostumbrado a la fealdad.

Artículo publicado el 22 de septiembre de 2024 en la edición 04 del suplemento cultural de Ríodoce, Barco de Papel.

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