Malayerba: El rescate

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Ring. Sonó el teléfono. El abogado lo levantó con cierto desgano. Del otro lado de la línea le informaron que en una de las sucursales de la empresa para la que trabajaba habían detenido a un joven que traía un cheque falso.

Lea: Ruina

Ya en la tienda, los empleados le dijeron que lo detuvieron en la caja, justo cuando quería pagar. Para mala suerte del presunto, dos agentes de la Policía Ministerial estaban dentro, realizando compras, y fueron ellos los que lo aprehendieron.

Vio cuando lo sacaron del negocio. Era un chavo, si acaso de dieciocho o diecinueve años. Enjuto, encorvado, amezclillado y con unos desgastados huaraches de tres puntadas. Mientras avanzó hacia la patrulla, lo que no bajó fue la mirada: fija y frigorífica.

Escribió el acta que requería la empresa para estos casos. Y redactó inmediatamente la denuncia formal, para interponerla ante la Agencia del Ministerio Público que se iba a hacer cargo de las investigaciones. La cajera la firmó, temblorosa. Él sonrió, triunfal.

Subió a su vehículo y acudió a la Policía. Preguntó, le dijeron aquel, el que está sentado, en la oficina del fondo. Tocó la ventana de cristal del cubículo y se presentó ante el comandante, quien le dijo que él llevaba el caso y que si aguardaba dos horas.

Entendía que estaba en el papeleo, que no era el único expediente que debía preparar. Dos horas de espera. Mmmm, no. Mejor regreso más tarde.

Al salir vio a una veintena de jóvenes en unas tres camionetas. Las llantas enlodadas. Ellos de civil, con fusiles AK-47 a la mano o colgando del hombro o terciado en el pecho. Se sorprendió ver tanto joven armado. Han de ser cadetes de la academia.

Volvió dos horas después y se fue derechito a la oficina del comandante. Sabe qué, no he terminado. Déme otras dos horas. El abogado miró el reloj solo por formalidad, para preparar su reclamo: de qué se trata, comandante, hay otros asuntos que debo atender.

Mire, le respondió el uniformado, el asunto está caliente: vio a esos hombres allá afuera, encuernados, son todos amigos y parientes del detenido, quieren llevárselo, ya sea por la fuerza o bien que nosotros lo entreguemos.

Y la verdad yo no quiero broncas. Es un pedo caliente. Ta cabrón. Usted dirá, licenciado. El abogado no la dudó. Por mí no hay problema. Yo me encargo de que la empresa no proteste, así que suéltelo. Yo tampoco quiero complicaciones.

El comandante pareció iluminado. Qué bueno que nos entendemos. Y por fin sonrió.

Al salir, el abogado se topó de frente con los desconocidos. No quiso voltear. Apuró sus pasos hacia su carro, cuando una de las camionetas se le emparejó.

Oiga, licenciado. Súbase, vamos a dar una vuelta. Queremos platicar con usted. Él se asustó pero logró disimular y recuperarse con rapidez: qué hay plebes, cómo estás viejón. Los otros se sorprendieron del saludo pero no alcanzaron a decir nada.

Mire viejón, le dijo al que estaba sentado a un lado del conductor. El muchacho ya va a salir, le pedí al comandante que lo soltara. No vamos a presentar denuncia ni nada. Ya sabe, estoy a sus órdenes pa’ lo que se ofrezca. Me dio gusto verlo. Saludos a la familia.

No alcanzaron a contestarle. Se miraron unos a otros y en un parpadeo el abogado ya subía a su automóvil. Lo hizo con seguridad. Estaba sudando, frente al volante. Quiso irse rápido: le dieron ganas de cagar.

Artículo publicado el 27 de agosto de 2023 en la edición 1074 del semanario Ríodoce.

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