Malayerba: Piropos

Malayerba: Piropos

Carrocero malhablado, con pinta de drogadicto de baldío; malo para los trabajos a la hora de moldear la lámina de los vehículos abollados, bueno para aspirar el polvo, inyectarse y pistear.

Todo un gañán. En eso y en un asaltante consumado e irremediable, un rufián del vecindario, malandrín y corriente, lo convirtieron los agentes federales que le dieron todo a cambio de uno que otro favorcito con sabor a jale y transa.

Sus vecinos le temían. La del abarrote experimentaba la ansiedad de bajar la cortina de acero y apagar la luz cuando veía que llegaba al taller, que estaba cerca o se estacionaba enfrente. Igual las chavas de preparatoria y profesional: querían pasar lejos, caminar fuera de su mirada y que no las alcanzaran esos piropos ofensivos, arteros e insultantes.

Pero él se sentía bien. Quién no: era protegido por los federales que operaban en la ciudad, a quienes ayudaba a esconder, trasladar y vender droga, agandallar a los enemigos y negociantes con algo de dinero, recuperar el botín y entregar incompletos los decomisos.

Los federales le daban todo, hasta protección. También droga, vehículos, incluidas las camionetas oficiales. Y los de la municipal y judicial estatal estaban hartos. Más cuando se pasaba los altos, usaba burbujas, sirena y torretas de las unidades que le prestaban.

Y los agentes, de brazos cruzados. Llegaron a esposarlo y someterlo. Llevarlo hasta las celdas de la corporación. Pero hasta ahí los alcanzaban los federales, se metían a la barandilla, los obligaban a abrir esposas y candados y lo rescataban.

Nunca llegaron a consignarlo ante el Ministerio Público. La cárcel le quedaba lejos, no era para él. No mientras estuvieran ahí los federales, sus protectores y cómplices.

Los piropos eran proyectiles hirientes. Las mujeres, jóvenes, frescas, con esas faldas escolares a cuadros, con patoles y tableadas, y sus mochilas al hombro, y ese perfume viajando por árboles y banquetas y rincones del barrio.

Y él ahí, gruñendo, lanzando ofensas aéreas, desnudándolas a golpe de sonidos guturales y expresiones lascivas y vulgares. Pinche barbaján, llegó a musitar una, sin que él la escuchara.

Y el turno era para ella. Chaparrita y bien distribuida. Su piel morena, lustrada, a pesar de sus dos hijos y esa silueta que parecía mover mares con el bamboleo. Lo vio, hizo una mueca de disgusto. La vio y se mojó los labios, sacó la lengua y mojó el bigote.

Y empezó su metralla. Rosario de improperios. Se refirió a su boca de forma callejera. Le dijo algo sobre ese movimiento, ese andar. También apuntó a los bultos que cubría y cargaba el brasier. Y al relleno de esa tanga minúscula que apenas dejaba ver sus linderos.

La bañó de improperios y ella se apuró, sintiéndose sucia. Llegó más que encabronada a su casa. Su esposo la vio, le preguntó, Qué te pasa. Y ella le contó: Estoy hasta la madre de este cabrón.

Él se fue al cuarto de atrás. Sacó un fusil automático. Le avisó a un amigo que vivía cerca y fueron juntos, en la camioneta. Reventaron de frente, con la Lobo, el portón del taller y no le dio tiempo de nada. Descargó una treintena de proyectiles sobre la figura del carrocero.

Al lugar llegó la Policía, el Ejército y los federales. Todos se miraron. Los federales no dijeron nada. Salieron de ahí pensando en alguien más, en un sustituto.

Artículo publicado el 30 de abril de 2023 en la edición 1057 del semanario Ríodoce.

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