Los 20 años de un patrimonio

junta en los portales

Veinte años dando voz a los sin voz, aquellos que frecuentemente sufren abuso y se lo tienen que tragar en soledad y, al día siguiente, seguir chingándole para salir delante de la infamia y la injusticia. Ocho de ellos, los he compartido en forma ininterrumpida con sus fundadores, los que llegaron después y a los que nos une, una visión de que esto puede mejorar como colectividad humana.

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Y 20 años para un lector exigente es la confirmación de una voluntad, un tesón y ánimo de sacar la casta periodística en un entorno algunas veces violento y otras, también, como ráfagas de vientos negros, amargos, desoladores.

La apuesta de Ríodoce, el barquito de papel, cómo lo llaman sus fundadores, aquel que navega frágil en aguas turbulentas y, donde el riesgo de naufragar es una hipótesis, una verdad tentativa, un riesgo cotidiano.

Mejor, es una apuesta ética, hacer un periodismo que sirva a sus lectores para tomar mejores decisiones o al menos, para orientarse en un mundo inmediato plagado de bichos de incertidumbre y un mundo, más allá de la atmosfera sinaloense, que en singular hace su propia contribución a lo que Jorge Luis Borges, el gran pensador bonaense, denominó sin más: “Historia universal de la infamia”.

Quizá, por eso, me atrevo a decir que el lector de Ríodoce es uno que quiere ir más allá de la nota estridente, espectacular, pues, frecuentemente, busca explicaciones de los sucesos que abruman hoy más que nunca nuestro país.

No es casual, que los directivos de Ríodoce, sean una referencia internacional para encontrar respuestas de lo que pasa en Sinaloa, o mejor de los daños que provoca el crimen organizado, sea la violencia cotidiana a través de sus actos directos o simbólicos, o lo que vimos el 17 de octubre de 2019 y su reedición exponencial el 5 de enero, de este año, que ha empezado con todo —Y cómo un ejemplo rutinario, acabo de escuchar el noticiero de Azucena Uresti y sé que el fin de semana pasado estuvo tatuado por masacres en Veracruz, Michoacán y Zacatecas.

Justo por ese periodismo valiente, algunas veces osado, es reconocido por universidades prestigiadas como la Universidad de Columbia Británica, de Vancouver, que hace unos meses entregó el Premio Allard a la Integridad Internacional 2022, a nuestro director Ismael Bojórquez y a la periodista checa, Pavla Holcová.

Y, antes otros, —el Pen Club México, el María Moors Cabot— igualmente valiosos para el periodismo nacional comprometido con la verdad y sus lectores.

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Esos premios y reconocimientos, más allá de la parafernalia de la sobriedad de estos actos éticos y académicos, buscan ser una suerte de llamado discreto pero, poderoso al gobierno, incluso, ¿por qué no?, un blindaje imprescindible y necesario para seguir haciendo este periodismo en un país considerado entre los peligrosos del mundo para el ejercicio periodístico; además, un recordatorio, de que el asesinato de nuestro compañero Javier Valdez, parafraseando al escritor argentino Ernesto Sabato: ¡Nunca más!, debe repetirse porque cada vez que se silencia una de estas voces, la sociedad termina siendo la gran perdedora.

Por eso, los veinte años de Ríodoce no son solo un refrendo de la mayoría de edad, sino el refrendo de los valores e ideas que vieron nacer aquel grupito de jóvenes soñadores que una tarde del invierno de 2002, reunidos alrededor de una mesa con tazas de café y cigarros, en el restaurante Los Portales, de Culiacán, veían el futuro con esperanza y esa emoción chispeante que habita los ojos de los soñadores y rebeldes.

La decisión estaba tomada la mayoría de los periodistas de esa mesa habían decidido renunciar a Noroeste y emprender el viaje sin regreso a sus antiguos empleos, la apuesta estaba en ese barquito de papel.

¿Ha valido la pena?, sin duda. Ríodoce se ha sostenido contra viento y marea, ha sobrevivido a la falta de dinero y publicidad gubernamental; a las amenazas y provocaciones; a los intentos de chantajes y, seguramente, a intentos de cooptación; incluso a la muerte de Javier que, contrario a la lógica del miedo, reforzó el compromiso con los lectores. Vamos, sobrevivió a la pandemia y a la quiebra de cientos de negocios incapaces de sostenerse sin ingresos, ni patrocinios. En definitiva, Ríodoce es ya patrimonio de los sinaloenses del buen periodismo que se realiza en el estado de los once ríos —mejor: de los doce
ríos— todos, los mejores periodistas sinaloenses han pasado al menos alguna vez por sus páginas y dejaron su impronta en este semanario que hoy goza de cabal salud.

Ríodoce, ¡larga vida!

Artículo publicado el 05 de febrero de 2023 en la edición 1045 del semanario Ríodoce.

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