jueves, junio 30, 2022
  • 00
  • Dias de Impunidad

Malayerba: Comandante Martínez

malayerba-comandante martinez

Y cuando te lo presente pórtate bien. Míralo a los ojos. Tienes que ser cordial. Respetuoso. Es el jefe, recuérdalo. El de la lana. El que manda. Y entonces le vas a decir: mucho gusto señor cochi.

Pero no quiso. Algo le olió mal y no era el sudor de su interlocutor. Sabía de ese poder. De lo malo que era por las malas. Y lo bueno que era cuando se descuidaba.

Lea también: Malayerba: Las dunas

Así que prefirió repasarlo todo antes del encuentro. Recién llegaba a la plaza de Mazatlán y tenía que presentar sus credenciales y presentarse él mismo. Ponerse a sus órdenes para lo que se ofrezca. Y hacerlo todo bien. Y desde el principio.

Sabía que andaba siempre con sus cincuenta guardaespaldas. De El espinal hacia el sur era tierra suya. De nadie más que de él: quién moría, cuándo y cómo, quién pasaba y cuánto, por dónde.

No era muy buena idea esa de hacerse pasar como amigo, gente de él. Eso inmediatamente motivaba una llamada. Luego la posibilidad de que por lo menos fuera cintareado o golpeado con el fuete. Y en el peor de los casos ajusticiado.

Fueron muchos casos de jóvenes raptadas a su nombre. De aquel que jaló el gatillo en medio de la borrachera. De los detenidos con pequeñas porciones de coca y mariguana. De los que traficaban y fueron sorprendidos. Todos ellos sin permiso.

Cuando llegaba la chota era lo primero que decían. Somos gente de él. Gritaban, a veces altaneros. Otras, nerviosos, rogando. Invariablemente llamaban para confirmar. Tráemelo. Aquí me lo voy a chingar, se oía del otro lado del auricular.

Terminaban tirados, ensangrentados. Como en el paredón. O amoratados, con cachazos en la frente. O con los magullones de los fuetazos.

Y fue ahí cuando se acordó de ese fuete. Es de chile de cochi. Largo, como de medio metro. Y arde de madre. Bien cabrón.

También de esos eme dieciséis. Y los cuernos de chivo. Le encantaban tanto como las mujeres. La ráfaga era su cadencia favorita. Tiraba a la basura o regalaba los de tiro a tiro. No sirven, repetía, encabronado.

Sí. Era cierto. Eso de que le regaló una casa completita a una viejita muy pobre. Que ayudaba a la gente que le pedía dinero. Salía de ellos abrazado. De esa oficina de Ejército Mexicano entraba y salía.

Ese mismo señorón tierno y ameno era el que mandaba los maletines de dinero al director de la judicial. Por eso le valían los ministerios públicos y comandantes. De todos modos él mandaba. Ponía y quitaba.

Por eso y casi por nada repasó los hechos. No era el jefe de la policía pero tenía el poder. La nómina manda. Y si no escupían fuego sus eme y sus a-ca cuarentaisiete. Así que no había reversa.

Y él ahí. Frente a él. Su compadre, también jefe de partida de la judicial, flanqueaba su paso. Él los esperaba como quién espera tributo y pleitesía. Había que rendirle el parte de guerra y pedir permiso a la hora de la retirada.

Mire, aquí está mi compadre. De quien le platiqué. Es muy jalador. Y se lo traigo para que se ponga a sus órdenes. Compadre, salude al jefe.

En ese momento supo qué decir. Y qué no. Mucho gusto, señor… tardó. Guardó silencio para conectar la lengua al cerebro. Señor cochi no. Cochiloco no. Recordó entonces cómo le gustaba que le dijeran. Mucho gusto, comandante Martínez. Asórdenes.

Artículo publicado el 20 de marzo de 2022 en la edición 999 del semanario Ríodoce.

Facebook
Twitter
WhatsApp
Email
RÍODOCE EDICIÓN 1013
26 de junio del 2022
GALERÍA
Destruye FGR en Culiacán 45.9 mil litros y 15.2 mil kilos de sustancias químicas para elaborar drogas sintéticas
COLUMNAS
gamo publicidad
OPINIÓN
El Ñacas y el Tacuachi
BOLETÍN NOTICIOSO

Ingresa tu correo electrónico para recibir las noticias al momento de nuestro portal.

cine

DEPORTES

Desaparecidos

2021 © RIODOCE
Todos los derechos Reservados.