Malayerba: Cigarro

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Tenía a la joven enfrente. Blanca, pelo lacio a punta de planchazos, pechos inflados y unas caderas de himno nacional: a su paso, el retiemble de la tierra.

Altiva, enhiesta, con una mirada punzante y una voz de mando calibre siete punto setenta y dos. Disparó: deja en paz a mi hombre, es mío, de nadie más. Más te vale no meterte conmigo, cabrona. Te lo digo en serio, porque yo no soy de andar haciendo alharaca. Yo te mato.

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Era una joven de veintitantos contra ella, que rozaba los cincuenta. Parecía una señora recatada. Su ropa era de ejecutiva de banco, no de empleada de ventanilla.

Quien la viera cruzando el pasillo central de cualquier centro comercial diría: es gerente. Espigada y con un corte y peinado de estética europea.

Su piel tersa no parecía de cinco décadas y su silueta, las formas ondulantes y ventosas, los relieves, daban sombra y se mantenían redondas. No habían pasado nada ni nadie por ahí que no fueran su piel y la de él, su marido. Virgen del bisturí.

Movía dólares con una discreción quirúrgica. Hacía negocios negros y verdes y blancos desde ese porte de altura, como de torre Eiffel. Y mantenía su sonrisa franca y cálida con unos y otros. Y sabía de las jugadas de su esposo: de las morritas que traía, las de ocasión y utilería, pero también las que se quedaban meses, años, como esa.

La tenía en su amplio despacho. Las separaba el escritorio monumental, de maderas finas, en esa oficina con vista al río y un pequeño bosque en medio de la ciudad.

Los guaruras tras ella. Les hizo una seña para que se alejaran: tres pasos atrás. La joven iba escupiendo con su verborrea mientras la sacaban, pero ella que no dejó de mostrar serenidad.

Aquella empezó a gritarle. La insultó con esa lengua de dos filos y esas palabras de proyectil de grueso calibre. Y la amenazó: Te voy a matar, te mato, cabrona. Fue entonces que decidió pararla. Sáquenla, les dijo a sus guardaespaldas. No la quiero en mi oficina.

Desde la antesala le siguió gritando. Con manos frías y una sonrisa que dan tantos dólares movidos, salió de su oficina y supo que aquella la seguía. Los guaruras cerca, sin interceder. Ella avanzó por el pasillo, bajó al estacionamiento, y tras de sí, las injurias y amenazas.

Y en el estacionamiento, muy cerca de un carro y a pocos centímetros de una de las paredes, la arrinconó. Traía un cigarro encendido. Mira, pendeja. Y chupó hondamente el cilíndrico. Asomó en la punta el rojo del tabaco encendido.

Yo soy la esposa, tú eres la amante. No tienes nada qué reclamarme. Aspiró de nuevo. Avivó el fuego. Humo en su boca. Expulsó. Humo en la cara de aquella veinteañera.

Date cuenta cuál es tu lugar, le dijo. Ubícate. Puedes seguir con él, no me importa. Pero no me ventas aquí con amenazas. Y no regreses.

Un tercer jalón al cigarro. La tomó del cabello. No gritó sino hasta que restregó el tabaco encendido en la frente. Y no te voy a matar. A menos que regreses.

Artículo publicado el 31 de octubre de 2021 en la edición 979 del semanario Ríodoce.

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