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Malayerba: Inteligencia militar

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Con ese aspecto de indigente, cómo no iba a recogerlo. Le dijo compa, súbase, lo llevo. Pero el señor, que tenía una cara de hambre y mirada de perro chancualillo, contestó que no quería raite, sino comida.

Igual lo hizo subir a la camioneta. Era una extralarga, doble cabina y blanca. Equipada con aire acondicionado y estéreo. Asientos de piel, tablero con acabados de madera. Por dentro parecía un departamento amueblado.

Lea: Malayerba El estudiante https://bit.ly/3hseS8L

Le dijo lo de siempre: su nombre, le preguntó por el suyo, qué andaba haciendo por esos lares, le contó a qué se dedicaba: soy agricultor, aquí adelantito tengo mis tierras, tengo vacas, animales, unos caballos, y un rancho, con casa y todo. Ahí vivo.

Llegaron. Le dijo al personal dénle desayuno, comida o lo que sea. Trátenlo bien, es mi invitado. Ahorita vengo, voy a darle una vuelta al rancho, a ver los becerros, tengo crías. Y se perdió entre el terregal y más allá de los árboles frondosos que marcaban los caminos internos del predio.

Le calentaron frijoles. Carne asada con quesadillas. Le ofrecieron leche fresca, pero él prefirió una limonada. Cerró la sesión gastronómica con un café y unos panes que apenas habían horneado.

El patrón regresó después y él ya se iba. Le dijo gracias, nos vemos. Se bajó de la camioneta. Caminó acercándose a su huésped, mientras se acomodaba el cinto, el pantalón, se fajaba la camisa una y otra vez, y después insistía en mover su sombrero.

No compa. Usté no se va. Usté se queda. Es mi invitado. Aquí tiene casa, le voy a dar un cuartito que tengo allá, en la parte de atrás. Le van a dar cobijas, trapos. Puede trabajar en el maizal, también con las vacas o los caballos. También en los mandados. Si quiere le mando traer ropa.

Ella es mi esposa. Al rato vienen mis chamacos. Esta es dona María, la señora de la cocina. A los demás los vas a ir conociendo. Por aquel lado tengo una bodega.

Los carros los metemos acá. Pero no vas a tener que moverte mucho. Todo lo tenemos aquí. Yo voy y vengo a la ciudad, pero todos los días estoy en el rancho. También puedes arreglar el jardín, regar las matas, ayudar en la limpieza.

Lo que tú quieras. Pero te quedas. A partir de este momento eres mi trabajador. Poco a poco vas a irte ambientando.

No te preocupes. Aquí la gente es a toda madre, los vas a ir conociendo. De todos modos, yo te voy a presentar con ellos. Y ya sabes, lo que se ofrezca: comida, dinero, camisas y pantalones. Todo.

Él venía del sur. De un pueblo de la sierra, del estado de Guerrero. Tenía ese aspecto de jornalero. No traía pelo: más parecía un nido de pájaros, desordenado, sucio y tieso.

Empezó limpiando la casa y al rato ya andaba metido en todo. Unos días bastaron para que conociera el lugar y a sus moradores y trabajadores. Los rincones deshabitados, el páramo del otro lado del sembradío, las caballerizas y los intestinos de la bodega.

Comió y bebió. Aprendió música norteña y de banda. Memorizó nombres y otros datos personales, y siguió de cerca, como con lupa en mano, las secuencias de los narcocorridos, sus autores e intérpretes.

Aprendió la chamba en el rancho. Husmeó más allá de los candados y las puertas enllavadas. Se asomó en maletines y abrió los cuartos cerrados. Conoció rituales, conversaciones y amistades del patrón. Datos, fotos.

Y a los meses se le acercó. Ya no puedo más, patrón. Usted es buena gente, buena persona. Yo sé en lo que anda. Usted es narco y yo soy de inteligencia militar.

Se despidió. El patrón lo miró, ido. Mientras se alejaba.

Columna publicada el 12 de septiembre de 2021 en la edición 972 del semanario Ríodoce.

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