julio 25, 2021 4:09 AM

Malayerba: Bolas de fuego

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La despertaron esos aullidos. Escuchó entre sueños y quiso ignorarlos. Pero los gritos seguían ahí y venían desde el monte. Terminó de despertar cuando vio cómo una luz tenue alcanzó los filos de la ventana, bajo la cortina.

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Se levantó, atraída por la curiosidad. El miedo alcanzó a morderle ambas piernas y le empezaron a temblar. Le temblaban también las manos. Alcanzó la ventana para ver dos bolas de fuego que corrían en una sola dirección, entre el monte.

Pasó el resto de la noche envuelta en las cobijas. Y asomó los ojos al cuarto que era su casa para cerciorarse que el sol ya estaba rayando las nubes e iluminándolo todo.

Por eso se animó a salir. Vio de lejos un surco hecho entre los matorrales quemados. Las bolas de fuego por ahí se abrieron paso. Caminó hacia esos surcos angostos y luego los pisó. Bastaron unos metros para ver los dos bultos: reconoció huesos pelados, cabezas humanas entre la carne tatemada, manos tiesas apuntando al cielo: como buscando salvación, como pidiendo auxilio.

En dos horas llegaron los policías. El interrogatorio parecía un salmo responsorial que se repetía por cada investigador del área de homicidios que se acercaba. Luego los peritos buscando huellas aquí y allá. Siguieron el rastro del fuego hasta el camino que conduce al lugar, en las cercanías de Carboneras. Dieron con un carro abandonado y tomaron nuevas huellas.

Eran dos hombres de entre 35 y 40 años. De complexión esbelta. En un tiempo, hasta antes de que el fuego los consumiera, traían huaraches de tres puntadas. Ambos morenos. Las credenciales de identificación destrozadas.

La identificación final vendría de otras pruebas. Prendas consumidas. Sin cabello y con piel escasa en casi todo el cuerpo.  En el camino había rastros de otra unidad. Una camioneta, dijeron, por las llantas anchas y las marcas en el suelo.

Dos recipientes grandes y vacíos. Combustible para rociarlos. Los empaparon de esto, aseguró otro. Fueron más de cincuenta metros lo que corrieron los individuos en llamas. Y ahí quedaron inertes. Cosa del narco. Luego todos se fueron. Se sentía más tranquila ya sin los cuerpos de esos desconocidos en las cercanías de su casa. Todavía estaba presente el olor a carne quemada.

Le jalaba la mirada del monte y los rastros que el fuego había dejado entre las yerbas. Pero intentó superarlo en medio de los quehaceres domésticos y la ropa que la esperaba en el lavadero.

Le llegó la oscuridad poco después de las ocho. Y ya no quiso saber más. Se metió echa la mocha al cuarto grandote y cenó apenas. Vio la tele acostada y decidió cerrar los ojos.

Se sumergió en un sueño pesado y denso. Cayó en una suerte de arena movediza, en medio de una selva oscura. Vio de nuevo las bolas de fuego surcando la oscuridad del monte. Despertó así, asustada. Pensó que era solo una pesadilla terca. Pero algo la atrajo de nuevo del otro lado de la cortina. Y ahí estaban de nuevo los gritos desgarradores.

Aullidos hondos hiriendo al viento y a la noche. De nuevo no pudo dormir. Inmóvil y bajo la cobija esperó el amanecer. Salió con el sol y buscó: nada, solo los rastros del día anterior. Almas en pena, rezó, lloró.

Y no había cuerpos sin vida. Pero no hacían falta.

Columna publicada el 27 de junio de 2021 en la edición 961 del semanario Ríodoce.

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