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Malayerba: Doncella

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Eran sus preferidas: no mas de veinte años y virginales. En el pueblo y las comunidades aledañas tenían el conocimiento de sus gustos. Nadie se resistía. Al contrario lo aprovechaban.

Lea: Malayerba: El festejo https://bit.ly/3emLRLh

El señor era todo un don personificado. Un rey midas que con el uso de su miembro viril era capaz de convertir una vida de fracasos en casas, ranchos, dinero y ganado.

Y los hombres del lugar, padres y madres, estaban más que resignados. Vivían viendo que sus hijas podían ser candidatas a formar parte del harem de aquel poderoso traficante de drogas. Aunque eso significara cierto sacrificio. Y la honra.

Pero también era la oportunidad de salir del fango: dejar de esperar las lluvias en esas tierras que dependían de Tláloc para ver crecer sus flacas plantas de maíz o los huesudos becerros.

Las mujeres del señor tenían casa grande en la ciudad. En la chapule, Las quintas o La Guadalupe. Uno o dos carros. Unas tierras de riego para sembrar hortalizas, fríjol o maíz. Ganado de engorda y lechero. Un negocito por ahí.

Era asegurar el futuro de cualquier joven. Y el de sus padres y hermanos. Era salir de pobres tenerlo todo.

Aunque primero se resistían a ver partir a su hija, entregarla “nueva” a ese señor rico. Les dolía. Pero después les entraba la resignación. Y destellos de ambición y codicia aparecían en la apagada de los que podían ser elegidos.

Pero una cosa estaba segura en medio del páramo de sus vidas. Y esa era el que el entregar a una de sus hijas significaba sacarse la lotería. Y sin cachito.

Ese era el destino de las muchachas del lugar. Los padres las cuidaban: nada de andar enseñando, nada de perderse, nada de coquetear y en ocasiones ni bailar. Nada de nada. Apenas respirar.

Y llegada la hora no se oponían ni ofrecían resistencia.  Rara vez fue motivo de pleito o conflicto. Era el destino y la forma de vida. Era la única manera de acercarse al futuro promisorio y abundante. La otra era seguir así: en la sombra gorda de la incertidumbre.

Así creció ella. Candidata de candidatas. Al trono de los brazos del señor del oro. Con esos cuidados y precauciones. Siempre en el seno de la familia y bajo la lupa del padre y la madre. Y del hermano mayor.

Pero se fue a Estados Unidos. Vivió en Los Angeles un par de años. Trabajó hizo migas. Y conoció al mundo más allá de la orilla del arroyo.

Regresó a su tierra a los 19. y con esa blusa rosa parecía un frondoso tabachín de ramas y hojas juguetonas. Por eso fue señalada por el dedo divino del señor Midas.

Habló con sus padres. Cuál problema. N’ombre. Ninguno. Al contrario, con mucho gusto. Llévesela. En el pueblo hubo fiesta. Tocó la banda y un conjunto norteño. Hirvió la barbacoa y los frijoles puercos se repartieron.

Refrescos y cerveza engrosaron el arroyo y amarraron los bocados. El bailongo no se quedó atrás. El pueblo entero era echado por la ventana. Había que festejar la partida de la joven.

Antes de medianoche la pareja apuro la despedida. Sin anunciarlo a la concurrencia y con frases cortas a los padres, avanzaron hacia la salida. El cortejo nupcial se perdió en la profundidad de la noche.

Ya de madrugada y con la fiesta briaga, a los padres los sorprendió el regreso. El señor estaba serio y traía a la hija de vuelta: su hija no es virgen. Ya esta “usada”. Aquí se las dejo.

Les dio un fajo de billetes. Y se fue de ahí, llevándose el futuro de ella. De ellos.

Columna publicada el 07 de marzo de 2021 en la edición 945 del semanario Ríodoce.

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