abril 18, 2021 4:27 AM

Malayerba: El aduanal

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Vio que sus hermanos empezaron a trabajar muy jóvenes y él también quiso hacerlo. Cuando cada semana o quince días, cuando regresaban, le daban a su mamá para la comida y lo que se ofreciera en gasto de la casa. Él vio una y otra vez ese ejercicio bondadoso de sus hermanos, que asumían la responsabilidad del padre que no tenían, para que tuvieran alimentos y los más chicos no abandonaran sus estudios.

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Yo voy a hacer lo mismo. Voy a trabajar y cooperar con la casa, como mis hermanos. Quería ser como ellos y tenía buenos ejemplos. Como ellos o mejor. Cuando tuvo edad le dijo al mayor que le ayudara a conseguir trabajo. Ya había terminado la preparatoria y quería estudiar leyes. Su hermano le respondió que sí, que terminara la carrera o al menos avanzara, y conservara buenas calificaciones. Yo te voy a conseguir trabajo. Dónde, preguntó. En la aduana, de agente aduanal. Como yo.

Le brillaron los ojos, un poco más grandes por la noticia, y se puso contento. Le echó ganas a las clases y avanzó. Su hermano no dejó de ponerle cuidado. En cuanto pudo se lo anunció: listo, vístete bien, ponte línea, ropa planchada y una camisa lisa, de un solo color pues, bolea los zapatos y córtate el pelo bien cortito. Mañana vamos a mi trabajo, a la aduana, para que empieces a chambear. Se puso loquito y también la ropa formal que debía llevar. Nada tardó para que le dieran el puesto en la frontera, en una garita por la que cruzan personas a pie o en vehículos y camiones, a los yunaites, y de regreso.

Cuando llegó el día de paga, cumplió el ritual de sus hermanos: vació su billetera y le dio una buena parte a su mamá, quien orgullosa suspiró. Él sintió el pecho inflado y también suspiró, contento. Se esmeraba en revisar mercancías. Ahí ponía más cuidado y era riguroso con la aplicación de la ley. Agarraba libros de derecho para mantener su preparación. Debía seguirse esforzando porque debía ser mejor. Leía y leía, hasta que caía vencido por el sueño.

Esa madrugada lo despertó un camión de carga. La manecilla de la báscula se puso inquieta, de un lado a otro. Igual que sus ojos. Salió al frío de las tres aeme y le dijo al conductor que se bajara y que abriera las puertas para revisar la carga. El conductor pujó y le dijo esto tiene que llegar a su destino, jefe. Cuando abrió vio cientos de fusiles automáticos en la oscuridad. Se espantó y le habló al jefe, y éste respondió déjalo pasar. Se fue a los libros y le dijo que era ilegal. Tráfico de armas. Déjalos pasar, le repitió. Así lo hizo, con el horror y la impotencia en esos puños cerrados.

Salió al día siguiente. Subió a su carro viejo y ahí lo sorprendieron a golpes y cachazos. Ande puto, le decían, pa que no la hagas de pedo. Pa que nos dejes pasar.

Columna publicada el 17 de enero de 2021 en la edición 938 del semanario Ríodoce.

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