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Malayerba: No vayas

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Él recibió una llamada. Voy a salir, le dijo a ella. Regreso en una hora. Ella enchuecó la boca y se le quedó mirando.

Sabía lo que su esposa le estaba diciendo, a gritos, en ese momento de silencio. Pero no hizo caso. Salió con las llaves del carro e hizo rugir el Mustang GT antes de acudir a su cita.

Ella sabía que esas llamadas no eran para nada bueno. Estaba enterada que él tenía sus trabajitos y que le dejaban buen dinero, pero hasta ahí. Una hora, dos horas. Él no volvía. Estaba desesperada, angustiada. Algo no le gustó cuando sonó el teléfono y él contestó, cuando le dijo ahorita vuelvo. Sentía una roca en la panza y canicas abultándole el centro del pecho. Respiró con dificultad y el llanto empezó a asomar.

Decidió ir a buscarlo. No podía con esa pesadez, esa lápida entre su pecho y el estómago. Se subió a su camioneta y lo buscó en las calles aledañas. Lo vio no muy lejos, entre varios agentes de la policía y patrullas. Estaba en un lote baldío. Sintió un alivio incompleto. No quiso ser imprudente, por eso no se acercó. Se detuvo a cuadra y media, observó. No vio nada sospechoso ni preocupante. Hablaban, hacían ademanes, apuntaban no sabe a dónde y mantenían una plática cerrada. Regresó a su casa pensando que volvería de un momento a otro.

No. La angustia renació, torciéndolo todo en su cuerpo. De repente pensó en sus hijos, que había dejado arriba, en su recámara. Corrió hacia ellos y jugaban en la compu. Qué pasa mamá, preguntó el mayor. Nada, nada. Solo quería saber cómo estaban. Cerró la puerta y volvió abajo. Tomó el teléfono y le llamó. No contestó. Y llamó y llamó y llamó. Los timbres terminaban invariablemente en el buzón de mensajes. Cinco horas sin saber de él. Era demasiado. Volvió al lugar y no había nadie. Preguntó a los vecinos y casualmente todos estaban ciegos y sordos. Preguntó y preguntó. Solo recibió muecas y movimientos de cabeza y hombros.

Regresó a su casa y volvió a llamar. Alguien contestó, ella pidió que le pasara a su marido pero inmediatamente colgó. Después de eso el teléfono siguió sonando y sonando. Así estuvo tres días, hasta que fue a denunciar. En los periódicos apareció Desaparece comerciante. Ella siguió esculcando las calles, los baldíos, las oficinas. Un día recibió un mensaje de texto: Deja de buscar. Vio a sus hijos pegados a la tele y rodaron las perlas saladas por sus cachetes y más allá.

Han pasado cinco años. A veces escucha un carro, alguien que estaciona o acelera. Ya llegó, piensa. Jubilosa. Brinca, resortean sus piernas, revive su cadera y se borran las ojeras. Se asoma: nada, nadie. No se le olvida cuando recibió esas llamada y ella le dijo No vayas, no vayas. Y nunca volvió.

Columna publicada el 27 de diciembre de 2020 en la edición 935 del semanario Ríodoce.

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