mayo 12, 2021 6:24 PM

Malayerba: Dos muertes y un sueño

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Para Teo, Valadéz, Crista y toda la banda de Zacatecas. Porque sí.

 

Nadie sabe por qué pero de repente fueron por ella y se la llevaron. Madre joven y guapa y trabajadora. No se explican la saña: apareció destrozada a balazos, en un baldío donde la maleza jamás creció y ahora todo es perenne y la mancha de esos residuos humanos quedaron como una silueta de la desolación, del no está ni estuvo pero existió.

Sus tres hijos le lloraron hasta que se les secó la existencia. El mayor, de apenas trece años, quiere empezar a trabajar y dejar la escuela. Tenía que hacerse cargo de sus hermanos. Abandonados y sin padre, se fueron a refugiar en casa de la abuela. Ella hizo grande el nido y abrió sus brazos como alas encendidas para que todos entraran. Todos caben ahí, en ese pecho que amamantó, en esa flacidez que resiste y se mantiene fuerte, a pesar de los embates del calendario y tanta paridera. Pero las malas noticias llegan en pandilla: su otra hija, la más chica, una joven que apenas asomaba a la calle y la banqueta se le hacía grande y dar la vuelta a la esquina era conocer otro país, fue también levantada y asesinada.

Otros tres hijos se quedaron sin madre. Esos también fueron a dar a casa de la abuela materna y ella extendió todavía más las alas y puso brasas, de esas que siempre están encendidas y que no queman, para que cupieran los otros tres y sumaran siete en ese cuchitril de quinto mundo. No importa, dijo. Aquí caben todos: corazón de condominio, de vecindad, de pecho abarcándole el tronco y las extremidades, el follaje y la raíz, la savia y la sombra.

Seis pequeños bajo su mentón, enredados en sus piernas y escalando su pelvis y la espalda. Nana esto. Nana lo otro. El llanto de allá se hizo sonrisa aquí y la mirada perdida y rostro despoblado, se hizo playa y selva y lluvia de enero en abril. Les dio comida, los llevó a la escuela y alimentó. Sopa seca, caldo de pollo, cornfleics los domingos y pan de dulce a veces.

Al mayor lo tuvo que llevar al médico. Estaba enfermo, decaído. Sonreía pero rápido desaparecían los músculos de la felicidad de su cara y se instalaba la dureza inevitable. Qué tiene, doctor. Le hicieron estudios y le dieron el diagnóstico. Cáncer y atardecer en su vida. La muerte llegará en meses, quizá antes. El niño lo supo, lo vio en el rostro de la abuela. Le dijo a quien quiso escucharlo. Amigos, vecinos, parientes, conocidos. Su sueño era, es. Una casa con dos cuartitos para su nana y sus primos y hermanos. Llorando les dijo que ya no iba a poder, porque moriría pronto.

Por eso hicieron fiestas, rifas, subastas y coperacha. Juntaron el dinero y le compraron una casa pequeña. Quince niños, conocidos todos, cortaron el listón y se la entregaron. Después de esas dos muertes y antes de la suya, ese niño revivió.

Columna publicada el 06 de diciembre de 2020 en la edición 932 del semanario Ríodoce.

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