junio 23, 2021 10:26 AM

‘Los mató el ejército, yo lo vi’, dice padre de uno de los carpinteros (IV)

FRANCISCO HERNÁNDEZ. Cien años y en la soledad.

En la refriega del “Culiacanazo” murieron dos trabajadores de una carpintería situada en el sector Humaya. Habían ido a dejar un mueble al Centro de Ciencias y de regreso quedaron en medio del fuego. Uno de ellos, Nicolás, era de Concordia y por allá lo sepultaron. Supimos después que se había venido de su pueblo porque estaba amenazado de muerte.

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El otro, de Culiacán, vivía en la colonia CNOP. Se llamaba Jorge Arturo Hernández Domínguez y acababa de festejar sus 23 años.
Don Jorge, su padre, es albañil y me recibe en el portal de su casa ubicada en la calle Minas. No tiene muebles. Hay una mesa plegable en la cocina y dos o tres sillas blancas de plástico. Dos hijos y una nuera merodean tratando de escuchar.

Le pregunté por qué, en medio de la balacera y el terror que imperaba en esas horas, los muchachos salieron del Centro de Ciencias y prácticamente se metieron solitos a la olla. Porque el lugar donde fueron asesinados se había convertido en el estómago del infierno. Tanto, que una vez asesinados los dos muchachos una camioneta que los sicarios le habían quitado al Ejército fue y casi se estrelló contra la camionetita donde viajaban los carpinteros y de la cual habían bajado para protegerse.

 

Esta es su versión:

“Mi hijo me había llamado varias veces para decirme que su patrón quería que salieran a dejar unos muebles en el Centro de Ciencias. Me decía que la balacera estaba muy tupida, que no debían salir pero que el patrón estaba terco y terco que salieran. Yo le dije que no se moviera, que no importaba que el patrón le estuviera insiste e insiste, que no saliera del negocio. Al rato me vuelve a llamar y me pregunta ‘qué hago apá, el patrón sigue con que tenemos que entregar esos muebles’. Yo le dije que no fuera a hacerle caso y que era preferible que lo corrieran a que le tocara una bala perdida. ‘Así díselo tú, que te corra si quiere pero no salgas, no te vayas a mover…'”.

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“Luego ya no supimos de él, ya no volvió a llamar y nosotros pensamos que me había hecho caso, que se había quedado en la carpintería. Y ya en la tarde lo estuvimos esperando. Por todos lados escuchábamos las noticias de lo que estaba pasando. Y cuando no llegó ya nos empezamos a preocupar porque tampoco nos llamaba. Entonces ya en la nochecita le llamé a su patrón y le pregunté por él y el patrón me dijo que no sabía, que se habían ido en la camioneta y que ya no supo qué pasó. ‘¿Pero cómo que se fue? ¿A dónde, él no ha recalado para acá…'”.

“Y así estuvimos toda la noche, oiga, hasta en la mañana que el patrón me habló y me dijo que ya los había encontrado. Lo noté muy serio pero hasta le dije ‘qué bueno que los encontró… ¿y dónde estaban?’ Y ahí fue cuando me dijo que los muchachos no estaban bien. ‘¿Pues que tienen, qué les pasó?’ ‘Ellos murieron, me dijo, se metieron a la zona de la balacera y están muertos…'”.

—El patrón dice que ellos salieron por la mañana y que luego les pidió que se quedaran en el Centro de Ciencias…
—Sí, eso dice él, pero no es cierto.

Se hace un silencio largo. No es fácil entrevistar a alguien al que le han matado a un hijo. Hay una rabia contenida en don Jorge. Le sale casi gutural el coraje. No es estridente pero de algo está convencido: “a los muchachos los mataron los soldados”.

—¿Por qué lo dice?
—Un día vi un video, oiga, y se ve clarito que ellos son los que los matan.

—¿Dónde lo vio?
–En un teléfono. Alguien me lo trajo para que lo viera.

Don Jorge no recuerda cuántos minutos dura el video, pero sí que se miran muchos soldados y que se ve cuando les apuntan con los rifles y les disparan a la cabeza. Él dice que se ve clarito cuando les ponen los cañones en la nuca.

–¿No los estará confundiendo con los gatilleros? A veces se visten con ropa militar…
–No, oiga, eran soldados, había muchos por todas partes.

Ya después, dice don Jorge, cómo en la madrugada, se ve que vienen dos hombres cruzando la calle, se acercan a los cuerpos y se retiran y luego uno se regresa y los esculca, se ve donde le da vuelta a su hijo y le saca las cosas de la bolsa.

“Le sacan el teléfono y la cartera. Y se ve cuando va caminando el hombre y tira algo a un baldío. Yo creo que era la cartera”.

 

Hombres de monte

Don Jorge nació muy cerca de los linderos de Badiraguato con Chihuahua, pero la vida lo trajo a Culiacán hace cuatro décadas. Es albañil y sobrevive con una chamba aquí y otra allá. Tenía cinco hijos y ahora le quedan cuatro. El que más lejos llegó en la escuela fue Jorge. Terminó la preparatoria en la “Rafael Ramírez”, ubicada en la misma colonia. Pero ya no le siguió. Andaba de novio y había hecho planes de casarse. Y para eso trabajas o trabajas. Había comprado dos terrenitos en Las Coloradas y allí se quedaron sin fincar.

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Ahora don Jorge quiere vender su casa e irse a vivir allá porque los terrenos están en la falda de un cerro.
“No hay como el monte, oiga”. “No hay como el monte”, le digo yo.

Vamos a ver a sus padres. Viven en la colonia 8 de Febrero, por la calle Luis Echeverría (pinche nombrecito: hace poco se lo quitaron y le pusieron Federalismo) que hace cruz con Minas y donde cada domingo se instala el tianguis más grande de Culiacán. La calle va corriendo rumbo a la Obregón, contrario a un arroyo que se ha llevado casas completas y autos en las crecidas y donde las viviendas son la mayoría de lámina y cartón.

 

UN DÍA DESPUÉS. Imagen de un crimen. Foto: Juan Carlos Cruz/Cuartoscuro.com.

Allí cayeron sus padres hace unos años luego de bajarse de la sierra, perseguidos por la violencia. Anduvieron vagando en casas de sus hijos, hasta que alguien les consiguió ese pedacito de cinco por diez y construyeron un tejabán de dos aguas, como allá en la sierra.
Pero llovería sobre mojado y una noche, el 21 de abril pasado, hubo un accidente que nadie aclaró cómo ocurrió y cinco casas del mismo pelo de miserables ardieron en el fuego. Ellos estaban dormidos y no escucharon el escándalo y la corredera. Hasta que un vecino derrumbó la puerta a patadas y los sacó ilesos.

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Para reconstruir la casa recibieron ayuda de la gente y del gobierno. Doña Rosy Fuentes, esposa del gobernador, les mandó un fajo de láminas de triplay con las que armaron de nuevo su vivienda. Y tal vez nunca se enteró que la pareja de ancianos era una de las familias desplazadas por la violencia en la sierra de Badiraguato.

Ya me lo había dicho don Jorge por eso quise conocerlos; su madre tiene 94 años y su padre, don Francisco Hernández, está por cumplir los cien. Es un viejo alto, delgado, curtido por el sol, que luce el día de la visita una camiseta del movimiento “LIFE Culiacán”.
Oye poco pero entiende, doña Macaria por un lado. Y habla solo lo que le preguntan. Dice que tiene ganas de regresar a su tierra, pero que ya está viejo.

—¿Dejó todo arriba?
—Todo—, comenta mientras se talla una mano con la otra como si se estuviera quitando basurilla.

Tenían una casa, tazoleras para el maíz, un corralito, vacas, tres o cuatro puercos… y toda la vida en esa tierra.

Un día llegaron los sicarios y les dijeron que tenían que irse porque necesitaban las casas. Y se bajaron con lo que traían puesto.

Le pregunto por su nieto, qué piensa (y tal vez es un abuso preguntarle, porque solo se me queda mirando).

Sentí vergüenza.

 

El patrón

Javier me confundió con un cliente. Me vio atravesando el portón de la carpintería y luego luego me encontró. “Mande”, me dijo. Le comenté quien era y a lo que iba. Me pasó a una pequeña oficina donde hay un escritorio, un armario y chácharas que usa en el negocio. Ya había leído, visto y escuchado su versión de lo que había ocurrido con sus trabajadores, pero quería escucharla de su propia voz.

En resumen, por la mañana los muchachos se habían ido a trabajar al Centro de Ciencias y por la tarde le llamaron para decirle que ya habían terminado la chamba, pero él les dijo que no se movieran de allí, que había muchas balaceras y que no quería que se expusieran; que ya no supo más de ellos y por la tarde, cuando ya todo había pasado, cerró la carpintería y se fue a su casa; que al día siguiente, como a las nueve de la mañana, un amigo le dijo que había visto su camioneta en el Tres Ríos, frente a un lavado de autos y que estaba toda balaceada; que se fue de inmediato para el lugar y que encontró a los muchachos muertos; que eran buenos hombres, que él pagó los gastos funerarios y que la camioneta le costó un güevo y la mitad del otro repararla porque en el “corralón” la desmantelaron.

Cuando lo vi la primera vez no había entrevistado a la familia de Jorge, así que volví. Desde aquellos días ya no quiere ser entrevistado, me lo había dicho. No le gusta dar su nombre y pide que no le tomen fotografías. Por aquellos días recibió la visita de más de 50 periodistas (tiene registro de 54), varios de ellos extranjeros, algunos solo con pluma y libreta y otros con potentes equipos de producción. Mexicanos, gringos, europeos… Nunca se le ve el rostro. A veces la lente apunta a sus manos y sus piernas mientras habla y en otras la toma es por detrás, así que solo se le ven los hombros y la nuca.

Por esos días, justifica no sin miedo, estuvieron pasando muchos autos y camionetas mirando hacia la carpintería.

“Estoy seguro que me estaban vigilando, me llamaban y colgaban, a veces me decía que eran periodistas, me preguntaban cosas pero yo no estaba seguro. Aparte que me quedé en la ruina, poco a poco me he ido recuperando”.

Después de ese jueves negro se metieron a su negocio y le robaron toda la herramienta. Volvió a empezar y allí está.

—Hablé con el padre de Jorge. Me dijo que no es como usted cuenta las cosas, que el muchacho les llamó y les dijo que usted los obligó a salir en medio de la balacera…

Javier se encabrona “¿Cómo puede decir eso ese señor? ¿De dónde lo saca? Todo el mundo sabe que eso no es cierto. Llama a un empleado y a bocajarro le pregunta para que yo escuche a qué hora salieron los muchachos hacia el Centro de Ciencias.

—Como a la una y media—dice. Me acuerdo bien porque se fueron después de lonchar.

A esa hora las balaceras no iniciaban. Luego me da el nombre y el teléfono del arquitecto con el que los muchachos se reportaban en el Centro de Ciencias, Pedro, quien me confirma que los carpinteros llegaron antes de que empezara el desmadre.

Artículo publicado el 18 de octubre de 2020 en la edición 925 del semanario Ríodoce.

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