martes, diciembre 7, 2021
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Yo necesito saber qué pasó

 

 

 

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Lo supe al salir de una reunión. Me marcó el Poncho. Contrario a su estilo bromista y dicharachero me soltó la noticia en forma lacónica: “mataron a Javier Valdez”. Incrédulo le respondí que no podía ser. Iba manejando por Ciudades Hermanas y no supe qué hacer, no atiné a orillarme, maldecir, llorar o gritar.

 

Para mí el desconcierto llegó primero que el dolor o la rabia. Como autómata conduje hasta casa. Encender el televisor, checar redes sociales, ir a los sitios web de noticias. En todos ellos se difunde una imagen terrible por la ausencia que presagia. El cuerpo tendido sobre el pavimento, cubierto por una manta y su distintivo sombrero caído a su lado. Me dolió verlo así. Me dolió el tiempo que estuvo así, más allá de lo razonable según la piedad.

 

Veo imágenes de funcionarios desconcertados. Voces que declaran palabras sin sustancia. Voces en las que se atisba el deseo de pasarle el caso a alguien más. La mente se impone. Regresa a la imagen y decide que no es así como lo vamos a recordar. La memoria rescata la última, la única fotografía que nos tomaron juntos, desayunando en el Bistro Miró apenas en marzo.

 

Las ceremonias son para los vivos. En el velorio coincidimos amigos, colegas, familiares, alumnos, mucha gente. Entre todos, en las charlas, se va tejiendo la idea colectiva de Javier, salen de nuevo los raídos lamentos por Culiacán y se desgasta de tanto usarlo el discurso sobre la violencia.

 

El recuerdo transforma a una persona porque la rescata en sus virtudes y vivencia personal. La memoria es vida. Javier me llevó a escribir a Ríodoce, me insistió, persistió y me convenció. Por tres años repetí el ritual semanal de enviarle mi colaboración a él y copia para Ismael. Ellos me aceptaron de manera generosa. Cada año me invitaban a la posada que solo conocí por las imágenes que compartían en Facebook.

 

Javier, el bato, el periodista, el esposo y padre, el escritor, mi amigo, amigo de muchos, ya no está pero permanece. El dolor de la ausencia nos lleva de manera natural al reclamo. Se reclama a quien debe actuar que haga algo, algo no, que cumpla su función.

 

Al mismo tiempo se sopesa la desesperanza. ¿Y si el reclamo termina habitando el vacío como otros que le antecedieron? ¿Y si apostar a la indolencia se impone? ¿Qué hacer entonces? No sétú paisano, pero de entrada yo necesito saber qué pasó.

 

Eso significa que la autoridad debe realizar una buena investigación. Y el punto central es la identificación de los autores materiales, intelectuales y cómplices, si los hubo. No se trata de mencionar públicamente rumores o líneas de investigación, sino de buscar elementos de prueba para acreditar la responsabilidad de los asesinos.

 

Esta labor no puede esperar. Las omisiones en la etapa inicial de cualquier indagatoria difícilmente se subsanan con intervenciones posteriores. Por lo tanto, el énfasis en este momento debe ser el análisis de los datos que arrojen los estudios periciales y el acopio de información de inteligencia.

 

Plantear la investigación desde la óptica de preparar una declinatoria de competencia hacia la PGR o de crear una fiscalía especial para el caso, es distraer tiempo y recursos en el afán de administrar una crisis, no de resolverla.

 

La autoridad debe escudriñar detenidamente a la delincuencia organizada en el estado. Los componentes del Cártel de Sinaloa, su jerarquía, sus fracciones, sus células, sus asesinos, ahí es donde debe fijar la mirada, no en la reconstrucción de pláticas de la víctima con todos sus interlocutores.A los cobardes homicidas les deseo la maldición de las Erinis, que la sangre derramada les persiga y no conozcan la paz hasta que paguen por su crimen.

 

¿Y Javier? Creo que el tema de su muerte es muy importante, pero no es lo principal. Hay que celebrar su vida. Hay que organizar un esfuerzo colectivo para que otras generaciones lo sigan descubriendo, que sepan que hay personas que encontraron formas de ser culichi que tienen que ver con la integridad, el esfuerzo, la bonhomía, la sencillez.

 

Hay que leerlo y releerlo. Hay que crear cátedras con su nombre. Hay que demostrar que no es un fantasma que se desdibuja en el tiempo, sino presencia activa que cuestiona nuestra pasividad frente al mal. Hay que seguir queriendo entrañablemente a este bato.

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