abril 14, 2021 4:14 PM

El misterioso encuentro en Cabo Pulmoentre Rafa y Rolando D´Rondón

lancha

Aquella madrugada de finales de julio, Rolando D´Rondón sorprendió al administrador que dormitaba en aquel hotel ubicado por la avenida Josefa Ortiz de Domínguez, en el mero centro de Cabo San Lucas.

Sin mediar palabras, dando un bostezo, el empleado le extendió la cuenta. Rolando pagó y se echó la mochila al hombro, se encaminó al estacionamiento para abordar un Jeep que había rentado el día anterior. En minutos ya estaba sobre la carretera peninsularrumbo a Cabo Pulmo.

El sol lo sorprendió saliendo de San José, pasó por Santa Catalina, El Caduaño. En Miraflores dobló a la derecha por un camino de terracería para adentrarse al pleno desierto.  Una hora  de andar por aquel terregal sinuoso lo hizo reptar entre cactus, choyas y cardones. La amplia visión del paisaje le permitió admirar la diversidad del ralo follaje, los peñascos, los cerros pelones, y la imponente claridad que le dejaba ver los choyales donde libran batallas las serpientes, iguanas, alacranes y tarántulas, fácilmente burladas por los conejos, liebres y escasos venados.

La imponente soledad de un panorama inhóspito, envuelto en una atmosfera serena de olores suaves,evocan la nostalgia de un mar que El Gran Conquistador supo apreciar por su riqueza.

Rolando detuvo la marcha sobre una pendiente, a la distancia era observado por  buzos que esperan a los turistas para internarlos en los arrecifes.

El poblado de Cabo Pulmo está habitado por pequeños empresarios que atienden restaurantes y postas con sus lanchas y equipos de buceo para aventurarse en las profundidades del mar. Aquí, el turista viene a incursionar en un arrecife coral vivo, único por su intensa vida, diversidad, hermosura y misterio.

Rolando D´Rondón escuchó la señal en su celular, en segundos encontró el punto móvil, una pequeña lancha que en breve cobró presencia en el intenso azul del mar. Metió cambio a su Jeep y empezó el descenso.

Al entrar al poblado no hizo caso del llamado de los vendedores, se siguió hasta la playa donde ya deslizaba serena la máquina. El piloto mantuvo los dos motores encendidos, 125 H.P. cada uno. Hizo una seña a Rolando, quien de un salto bajó de su vehículo y siguió avanzando, sin quitarse los tenis, hasta llegar a la lancha.

¡Patrón, qué bien luce! ¡Déjate de cumplidos, pinche Rola, sube! Rolando subió con gran agilidad y dio un abrazo a Rafa, éste le señaló el asiento del copiloto y al momento aceleró. Los motores rugieron llamando la atención de los lugareños que los miraban desde las casas. La potente quilla de la lancha deportiva, pintada en blanco con un sutil ribete negro, rompió el manso espejo de olas abriendo un doble abanico, pronto la estela se convirtió en un hilo.

En un pequeño islote, encontrado a cinco millas antes de llegar a Los Barriles, Rafa atracó y paró los motores. ¿Cuantas horas hiciste? Preguntó Rolando D´Rondón. Salí de Dautillos hace seis horas. Venías volando. Así es, estas naves vuelan. Bueno. Qué me tienes, ¿encontraste algo? Rolando sacó de la bolsa de su pantalón corto varias hojas y las desdobló sobre la pequeña consola de mando; mientras esto ocurría, Rafa alzó la tapa de una hielera y sacó dos refrescos de toronja. Los destapó y dio uno a su amigo. Bebieron. Rolando empezó a explicar señalando sobre un croquis. Desde el cenit,  con vuelo pausado, una gaviota los observaba dando vueltas.

En este punto están las casas que más convienen. Es un conjunto de clase media, vive gente tranquila, gerentes de bancos y empresas hoteleras, la mayoría jóvenes parejas con uno o dos hijos. Supongo que hay posibilidades de comprar… Claro, hay cuatro disponibles, la más discreta está en esta calle, como puedes ver, es una cerrada; la barda del fondo da hacia el norte donde hay un inmenso baldío enmontado. Perfecto.

El breve silencio fue roto por Rolando. Rafa, la neta. Qué buena actuación tuviste. Te refieres a… la entrevista, claro. La chica esa sabe manejarse, ¿Eh? Es muy lista.Pero… ¿tú crees que me dejarán en paz? Con las autoridades mexicanas no hay pedo. Esos siempre estarán bajo control. La bronca es con los pinches gringos, esos cabrones son unos perros. Tú bien lo sabes. Sí, tienes razón. Ellos siempre están cuidando su prestigio, la doble cara que juegan en todo, la ocultan cueste lo que cueste. Y en este enredo, la cosa se les puso negra. Ya los balconearon, los compas de la CIA se resbalaron y los descubrieron sus colegas del FBI, sus enconados enemigos dentro del sistema. Tres de Los Contras, los mismos que tuvieron vela en el tatole de la cocaína y las armas, les pusieron el dedo, y la cagazón la vino a completar el chivato cubano. ¿Y el colombiano?

Ante la pregunta, Rafa se quedó en silencio. Miró a Rolando, como reaccionando a una especie de tip nervioso, sacudió la cabeza y se quedó mirando hacia el infinito. ¿Cuál colombiano? El tal Rodríguez. Ah,… ese está bajo tierra desde antier. Lo mandaste… No. No fui yo, fueron ellos, dijo Rafa con una leve sonrisa.

Rolando D´Rondón no se atrevió a preguntar a que “ellos” se refería. No había razón para exponerse. Ellos, dedujo, podían ser los de la DEA, la CIA o el FBI. Daba igual.Las tres agencias tienen bien ganada fama mundial, su prioridad: cuidar e imponer, a como sea,  la imagen del imperio gringo.

Rafa suspiró hondo y puso una mano sobre el hombro derecho de Rolando: Ten, le dijo, entregándole un grueso sobre, concreta de inmediato la compra, tú mismo te encargas de acondicionarla, nada de lujos, pero sí, todo lo necesario para estar cómodamente. Ahí vivirás mientras recibes mi visita, ¿cuándo?, ni yo mismo lo sé. ¿De acuerdo?

De acordeón y guitarrón, compa Rafa.

Los motores de la lancha rugieron, llegaron a la playa de Cabo Pulmo. Esta vez, el observador desde las alturas fue un Dron. Rolando bajó y Rafa volvió romper las tranquilas aguas y se perdió en la inmensidad azul con La Saeta, nombre que lucía en sus costados la moderna lancha, que en efecto, volaba rosando las olas.

Rolando paró ante un negocio de buceo. Compa, ¿cuánto me cuesta una zambullida? Cien dólares la hora, le va gustar tanto, amigo, que va querer más. Si me encuentro una sirenita, pue qué. Pues pue que sí, amigo. El dólar todo lo puede… ¿no?

leonidasalfarobedolla.com

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