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La bella y su treinta y ocho cromada

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La bella lanza relámpagos al andar: sus ondulaciones, esos movimientos y sus brincoteos, son latigazos al viento y a cualquier mirar. Su novio es un adinerado, de dólares manchados de sangre y coca. Pero ella no deja lo suyo y él se lo permite. Tres mil pesos por sus placeres, incluidas todas sus profundidades y dos horas de fuego, de arremetidas y mentiras: tú vas a ser mi negro, mi negro, mi rey de caramelo.
Ellos llamaban. Su silueta bajaba de una camioneta de lujo. Guau, exclamaban. Le decían en tal hotel, ella llegaba a ese cuarto y todo estaba listo. El cliente en la cama, semidesnudo. Ella con su pose de mujer fatal, se paraba en la puerta, aleteaba con sus nalgas y pechos, y luego paseaba alrededor de la cama. El ritual no tenía una pizca de pérdida. Antes de dejar caer sus prendas, tiraba con desdén su bolso, sobre la mesa ubicada junto a la cama, abierto y ruidosa. Una colt treinta y ocho súper, cromada, asomaba en el cierre del bolso.
Era inevitable. Los hombres invariablemente volteaban y veían el cañón, la boca ofrecida del bolso y el bilé rojo intenso en los labios de ella. Pero la bella sabía sus quehaceres. La cremallera del pantalón, los botones brincando y traspasando el ojal, el cinto abandonando las presillas de un tirón. Zapatos para allá, calcetines para acá, brasier disparado a un lado de la cama, las toronjas libres y bailadoras, la corteza arrugada y dura de sus cimas, el monte calvario desnudo y coronado por un camino de vellos que parecía un signo de admiración. Todo hacía que ellos olvidaran esa treinta y ocho que ella misma había hecho asomar en su bolso. La pistola incitante, pero ella más.
La bella escogía las posiciones. En eso sonaba el cel. Ella se separaba, interrumpía el mar en brama. Bueno, sí. Ay amor, estoy trabajando. Sí, más tarde. Bai, amor. Y seguía moviendo la lengua, apretando con sus cuatro pares de labios, aplaudiendo con esas montañas tibias y redondas. Y el cel volvía a sonar. Y volvía la bella a soltar todo y contestar. Sí, amor. Sí, en una media hora, amor. Aquello podía convertirse en un coitus interruptus, una frustración con todo y pasilla azul, una olla efervescente a la que se le vaciaba una barra de hielo. Molestos, frustrados, flácidos y casi indispuestos para reiniciar el ritual y poner la bandera en lo alto del asta.
Terminó el tiempo, mi tigre. Les decía. Dos horas no bastaban, entre tanto accidente provocado por esas llamadas impertinentes, para llegar al clímax y provocar esa lluvia que no baña y esas emanaciones de lava. Son tres mil, mi rey de caramelo. Pero si no quieres, no pagues. Y siempre funcionaba: ellos miraban los linderos morenos de su piel y la boca abierta de su bolso. La treinta y ocho cromada, asomando. Y pagaban.
8 de julio de 2016
 

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