Malayerba: carros lujosos

Malayerba: carros lujosos

Sabía que lo iban a matar: la balanza se movía para un lado, el contrario, y a los que tanto había golpeado les tocaba responder, y a él perder.

Veinte años en la Policía. Ahora de comandante. Casi en su totalidad al servicio del director y éste a las órdenes del “jefe”, “el patrón”, el de los maletines de billetes y de los negocios.

Luchas intestinas le quitaron terreno y convirtieron las calles en una guerra en la que primero caen los pistoleros.

Y él era pistolero. Decían que lo usaban para resolver problemas. Más bien los alimentaba y multiplicaba: los muertos siempre traen muertos, pero no se sabe cuándo ni cuántos.

Duro, cabrón. Lo mandaban a comunidades pequeñas, aparentemente insignificantes, pero de importancia para el movimiento y el teje y maneje.

Díganle que vaya, que lo arregle. Era la orden. Y él llegaba y pum, limpiaba.

Era bronco, entrón, duro, de pocas palabras. Sus diálogos eran monólogos: el de los cañones del cuerno y esa glock nueve milímetros a la que mimaba con los dedos de su derecha cada que se acordaba. Siempre.

Decían que si no era con dinero, era con plomo. Y entonces entraba él y descargaba los plomos, perforándolo todo, contaminando el viento, alterando las capas invisibles del sonido callado de ranchos y comisarías. Las parcelas ardían, la paz era incendiada.

Eran problemas gruesos, obstáculos gordos. Le decían arráncate, ve para allá y resuélvelo. Ya sabes. Tú sabes cómo. Pero arréglalo.

Movimiento en la Policía. Trueque de tronos. Al director lo quitaron y se lo llevaron de jefe de la Policía Preventiva. Y como le tenía plena confianza y trabajos asignados, se lo llevó con él.

Sus enemigos se las tenían contadas. Y guardadas. Iban por él. Él lo sabía. Vengan, es lo último, lo que me espera. Y esto es lo que les espera a ustedes. Y seducía la cacha fría de la glock.

Con los billetes de trabajos recientes hizo sus últimos movimientos. Le compró un automóvil de lujo a su mujer, del año. Y para él se compró una camioneta Cheyenne, negra y equipada. Que me maten en esta. Si me alcanzan.

Nervioso. Le dijeron: te van a chingar, van por ti, tú sigues. Alardeaba. Tengo con qué responderles, aquí los espero. Por lo menos voy a llevarme a uno de ellos. Silencios hondos y espesos, hoyos negros en esa mirada extraviada. Lapsos densos en su hablar, en la respiración.

Miradas de caballo bajo la tormenta. Los relámpagos parecían iluminarlo bajo la oscura senda de esos últimos pasos. Estaba muerto. Solo faltaba el acta de defunción.

Y los juegos de dominó con sus amigos quedaron contaminados, partidos. Miraba y miraba. Se asomaba a la calle. Preguntaba y esos quiénes son, los conoces, qué quieren. Los carros de lujo pasaban. El corazón tun tun tun. Altas velocidades en el pecho.

Van a venir en carros de lujo. Yo sé. Así trabajan. Carros de lujo, camionetas de lujo, correlonas. Vidrios polarizados. Y miraba, vigilante.

La mula de seis lo esperaba, se le ahorcaba.

A su alrededor habían sido abatidos a balazos varios de los suyos. Sabía que era su turno. No separaba la mano de la nueve milímetros. Carros de lujo, camionetas, vidrios polarizados. Esos son, aquéllos, éstos.

En esa espera sicótica le llegaron silentes. Platicaba con otro agente de la Policía y les dieron a los dos. Él cayó primero. No alcanzó su derecha la glock. Y los asesinos huyeron fácil, en un Tsuru blanco, sin vidrios polarizados y con placas de circulación.

Artículo publicado el 12 de julio de 2026 en la edición 1224 del semanario Ríodoce.

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