Malayerba: Sierreño

Malayerba: Sierreño

El desconocido la agarró por atrás. Ella blanca, de buena estatura, plantosona, percibió el sudor añejado en las ropas de quien la sujetaba: el antebrazo grueso y blanco, pecoso y peludo, le presionaba la tráquea con una fuerza de orangután.

Dame las llaves, le dijo. Dámelas, no te hagas pendeja. No la hagas de pedo. No grites ni intentes moverte, porque te mato.

Entonces sintió un artefacto sólido que le aplastaba el cráneo, primero, luego la nuca. Y mientras hablaba, amenazante, con respiración agitada, pero con palabras que sonaban como golpes contusos, le aplastaba la piel con la nueve milímetros.

Mira, pinche vieja, apúrate, no te hagas pendeja. Hija de tu pinche madre. Le repetía con una seguridad paralizante. Y le volvía a apretar el cuello.

Ella le dijo, No me mates por favor.

Estaba frente a la puerta del conductor. La pailot blanca todavía traía la placa con que salió de la agencia automotriz con los números del año siguiente. Ese olor a nuevo, a calzado sin estrenar, a frescura de aire acondicionado y a confort.

La mujer era miedosa. Había pasado parte de su infancia en Guadalajara, de donde eran sus padres. El papá era abogado y la madre daba clases en una universidad privada.

En su sangre, por esas venas azules que se asomaban siempre en su blanca piel, trazando sus mapas de ríos morados, había genes culichis: lo entrona de repente le afloraba, los reclamos, francota y las miradas sostenidas.

Pero no sabía cómo, en qué momento, emergía esa culichi que llevaba dentro. Porque la mayor parte del tiempo era lenta y callada. Doméstica, de murmullos de confesionario y discreta hasta en los silencios.

Y entonces, apretada por ese sujeto que la tenía sometida e inmóvil, reaccionó, No se preocupe, ni voy a voltear a verlo, lo que usted diga, como quiera.

El tipo enmudeció, apabullado por la respuesta y esa voz de terciopelo, como de música de querubines.

Lo que me diga, eso voy a hacer. No se preocupe. No le voy a dar problemas. Ahorita le doy las llaves. Llévese todo, todo lo que quiera. Ahí está la camioneta, los papeles, la bolsa, la billetera. Ah, y también la chequera. Pero no me haga daño.

El desconocido aflojó el brazo y ella respiró un poco cuando fue liberado su cuello. El antebrazo quedó ahí, encima de sus pechos, ya sin presionar.

Con una audacia de película, se fue soltando poco a poco. Hasta quedar casi de lado, sin mirar a quien la asaltaba. Dejó de estar entre el desconocido y la puerta. Le dio las llaves. En el trayecto de su mano a las toscas extremidades del hombre aquel, alto y fornido, escuchó el tin tin del golpear entre llaves y llavero.

El asaltante quiso reaccionar. Sin dejar de apuntarla con el arma le dijo súbase. Ella le dijo, no, para qué me necesitas. Soy un estorbo. Soy nerviosa. Todo se va a complicar.

Despacio, sin percibirlo, ya lo tenía de frente: era un tipo malo, con ojos saltones, de esos que congelan. Malo, maldito.

Vete pues. Y pobre de ti si metes a la Policía.

La mujer vio la pailot doblar la esquina. En media hora ya estaba en la Policía. El Ministerio Público le dijo, Señora tiene que decirme cómo era: alto, chaparro, moreno, gordo.

En eso, ve varios hombres en el estacionamiento. Venían detenidos pero no lo parecía. Eran seis, entre ellos su verdugo. Un abogado en medio. Botas de anguila, cadenas de oro. Los agarraron en un retén, cuando querían llevar varias camionetas a la sierra.

Ello lo vio. Sin esposas, relajado, con esa mirada glaciar. Volteó a ver al que le hablaba. No, así déjelo. Me van a matar.

Artículo publicado el 28 de junio de 2026 en la edición 1222 del semanario Ríodoce

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