lunes, enero 24, 2022
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  • Dias de Impunidad

Perlas de pepe

 
De pequeño me tocó ver con nitidez la diferencia entre ir a Mazatlán e ir a Culiacán. Yo vivía en La Cruz, a la mitad de estas dos ciudades, y los camiones de esas rutas salían a la misma hora para llegar a sus destinos prácticamente al mismo tiempo, de manera que los que viajaban a Mazatlán veían a los que irían a Culiacán y viceversa. Los primeros, por lo regular, se veían despreocupados, como si de ir a un baile se tratara. La vestimenta no era de protocolo, tenis o hasta chanclas se podían usar, camisetas, pantalón de mezclilla. En cambio los segundos revisaban papeles antes de subir al autobús, se veían bien relamidos, con ropa de domingo y zapatos impecables, recién boleados en el peor de los casos, sino es que nuevos. La razón era muy sencilla y yo mismo la padecí en alguno que otro viaje en que un pariente me emboletó para ir a Culiacán: allá se iba a tratar asuntos, cosas importantes, en cambio a Mazatlán solo se iba al chiroteo. Una razón más para que mis anhelos tuvieran a este puerto como blanco.
Así, muy temprano descubrí que Culiacán era para trabajar y Mazatlán para irse a la playa, beber el agua de un coco helado y luego comerse la pulpa con limón, sal y salsa brava. Una delicia. En Culiacán uno brincaría de ventanilla en ventanilla para arreglar un trámite; en Mazatlán uno brincaría en la arena, entre gente tirada al sol, para llegar hasta el vendedor de mangos pelados ensartados por un palo.
Cierto, ciudades con vocaciones muy definidas, con empeños bien delineados, tanto así que eran asuntos de disputas curiosas. El “quítenle a Mazatlán el mar y ¿qué le queda?” es un asunto repetido por sécula seculorum y vivo reflejo de las rencillas provocadas por el sino. Además, de aquí para allá se usa decir: “Lo bonito de Culiacán es que está cerca de Mazatlán”. Como si a unos les tocara cargar con la cruz del pecado original y a los otros los hubieran premiado con la reedición del paraíso en su versión terrenal. Curioso espejismo porque para beber el agua del coco y después comer la pulpa, una persona tenía que realizar el quehacer y lo mismo con el mango pelado ensartado en un palo.
También, es preciso decirlo, cuando alguien regresaba de Culiacán lo hacía trayendo novedosas ideas de trabajo: un nuevo sistema de riego, la noticia de que había un nuevo financiamiento para el cultivo de las tierras, cosas por el estilo; de Mazatlán solo se traía la piel bronceada, alguna moda perturbadora, una expresión en inglés, un recuerdo. De una se regresaba con el rostro serio, concentrado en cosas trascendentes; de la otra con una sonrisa y flotando en una nube. De una se traía armas para enfrentar la vida, de la otra se traía, así de simple, la vida.
 
Texto editado del libro Mira esa gente sola, capítulo “Sobre culichis y patasaladas”.
 

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