jueves, enero 20, 2022
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  • Dias de Impunidad

Perlas de pepe

 
Desde la mañana del sábado 21 de abril en que me dieron a conocer la noticia hasta la tarde del domingo 22 en que, después de felicitar vía telefónica a mi mujer por su cumpleaños, me fui a catedral y escuché tantas cosas, tantos puntos de vista, tantas opiniones, tantas anécdotas encontradas, que no me quedó otra que pensar que a la vuelta de los años Mazatlán podría estar en la disposición de acuñar un sinónimo cuando alguien quisiera hablar de controversia: Julio Berdegué. Pero a la vez, y a medida que se iba acercando la hora para darle el último adiós a un hombre al que no creo que habremos de despedir tan fácil, mi apreciación sobre el sinónimo se fue desvaneciendo: todos los comentarios terminaban aterrizando en el territorio del afecto, cuando no en el de la admiración y, en muchos casos, en el del agradecimiento.
¿Quién había sido capaz de convocar a ese conglomerado tan atípico, tan disímbolo, tan dispar? ¿Quién había sido capaz de hacer convivir a un izquierdoso irredento que en los setenta andaba con una fusca al cinto en su lucha por la revolución y el año pasado exigía el voto por voto, casi codo con codo con Emilio Goicoechea? ¿Quién con la fuerza para que en el mismo recinto se ubiquen ese bolero de la plazuela, que abandonó todo por estar ahí, y ese exitoso empresario atunero, que hizo lo mismo para estar con su amigo? ¿Quién con la estatura para que su ausencia física fuera más importante que la presencia de excandidatos a presidentes de la República, exgobernadores, diputados, senadores, gobernador en turno? Vaya, ahora sí que todos se dieron la mano sin importarles la facha.
Varias fueron las razones para que se gestara ese conglomerado amorfo, la más importante es, sin duda, la que tanto le criticaban al personaje que logró conformarlo: su inapelable definición como hombre de izquierda. Ahí, viendo tantos rostros identificables en el ámbito social, en el de los negocios, en el de la política, en el de la universidad, en el de la cultura, en el del deporte, en el de “póngale usted el área que quiera”, al cronista le sacudió una impresión. No era sitio para hacer ese tipo de reflexiones, y menos cuando cada centímetro cuadrado del interior de catedral era amistosamente disputado, pero me sumí por momentos en la imagen que por lo regular se tiene de los hombres de izquierda. Son pránganas, zarrapastrosos, muertos de hambre y buscan ese escaparate para irse con el primer postor, por ejemplo: el plantón del Zócalo, en apoyo a Andrés Manuel López Obrador y la exigencia del voto por voto, estaba lleno de esos que iban porque les daban una lana, a decir de los que se empeñan en conservar el arquetipo, como buenos conservadores que son. El personaje que estaba ahí, reducido a cenizas en una urna, se proclamaba en vida un hombre de izquierda, ¿pero cómo?, ¡si tenía hotelotes! Si de arquetipos se trata, debió ser de ultraderecha, más al solo decir esto me imagino la rabia que le hubiera despertado nomás de insinuarlo.
Se vieron tantas cosas ese domingo en catedral. Se vio tanta unión en los mazatlecos, algo que siempre se había dicho que era materialmente imposible.
 
Texto editado del libro Mira esa gente sola, capítulo “Crónica del domingo en catedral. Julio Berdegué Aznar (Madrid, España, 14 de abril de 1931- Mazatlán, Sinaloa, 21 de abril de 2007).
 

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