Perlas de pepe

Perlas de pepe

 
El pasado domingo Mazatlán vivió una de sus jornadas más memorables en la despedida del empresario turístico Julio Berdegué Aznar, sin sombra de dudas el personaje que a lo largo de más de treinta años se empeñó en que nuestra ciudad no fuera un prolongado bostezo. La sacudió con toda la energía de la que fue capaz. La transformó a su antojo —eso que ni qué— y le quitó toda posibilidad de hundirse en un aburrido letargo. Eso, aunque no todos con conciencia de ello, fue lo que orilló a que catedral estuviera hasta el tope: había que agradecerle al gran prestidigitador tantos momentos en que nos tuvo en expectativa; teníamos que estar en su último gran acto de magia, aunque cuando salió reducido a cenizas y contenido en una urna que llevaba bajo el brazo uno de sus hijos, como si de portar el más valioso de los libros se tratara, me asaltó en la memoria el recuerdo del Mío Cid, ese personaje que aun muerto continuó ganando batallas.
El pueblo bicicletero (Berdegué dixi) que tanto amó, protegió y retó, se volcó en pleno en la más concurrida despedida que en lo particular recuerde. Las cuatro, del nuevo horario. Tarde soleada, fresca, viento abrileño. Las anécdotas se desplegaban en todos los confines y levantaban vuelo, como si se tratasen de palomas mensajeras en busca de aquel niño que había visto la primera luz en Madrid y la última en Mazatlán, para darle sus plegarias. Para decirle que desde su arribo las cosas no volvieron a ser nunca igual, que la historia contemporánea de esta ciudad se había escrito con su sangre, su sudor y sus lágrimas.
Esa tarde en que los pichones se arremolinaban sobre las migas de pan que les arrojaban los niños y sus padres en la plazuela, esa tarde en que la luz era de un particular modo amodorrada por nubes peregrinas que estorbaban de tanto en tanto al sol, nadie habría de preguntarse ¿por quién doblan las campanas?, como en la novela de Hemingway.
De hecho no había necesidad de escuchar el tañer para buscar el sitio. Desde un día antes habían estado doblando por toda la ciudad, por todos los recovecos, por todas las voces, por todos los sentimientos y aquello empezó a crecer hasta convertirse en un monstruo polifónico que coreaba más la vida que la muerte. “Nació en Madrid el 14 de abril de 1931, día de la proclama de la Segunda República Española”, decía alguien en la radio; “Franco lo echó de España y Lázaro Cárdenas lo protegió, por eso lo quería tanto”, decía en la calle una voz desinformada; “siempre fue un cabrón que hizo lo que quiso”, comentaba alguien más enterado. Voces, voces, más voces, infinidad de voces.
 
Texto editado del libro Mira esa gente sola, capítulo “Crónica del domingo en Catedral. Julio Berdegué Aznar (Madrid, España, 14 de abril de 1931- Mazatlán, Sinaloa, 21 de abril de 2007)”.
 

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