miércoles, enero 26, 2022
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  • Dias de Impunidad

La Ruperto L. Paliza, Mocorito y la Revolución

mocorito 4
 
María Ester de la Mora Hernández (1895-1989), siendo hermana del maestro José Sabas, vivió en carne propia la tragedia de tan insigne maestro que entregó su vida a la Revolución Mexicana. Él fue víctima de un horrendo crimen ocurrido en la calle aquí mencionada, la madrugada del 1 de junio de 1911.
Este suceso ya se narró en la entrega del pasado 6 de marzo; por estar tan ligada a la víctima, vale referirme a María Ester. Ella nació en la ciudad de Tepic, Nayarit. Su padre fue don Antonio de la Mora y González Rubio; su madre, doña María Hernández Sordia; ellos decidieron trasladarse a Mocorito, a principios de 1901, cuando María Ester tenía cinco años. Ahí viviría los años más felices de su vida; ella misma lo afirmó alguna vez, pero también dijo: los más trágicos; sin embargo, gracias a su pasión por las letras, en las que navegó constante, abrevando la experiencia y el conocimiento, pudo saber cómo soportar con entereza los crueles momentos que vivió en tiempos de la Revolución Mexicana.
Es necesario comentar que su hermano José Sabas, fue maestro de Rafael Buelna Tenorio, Macario Riveros y Macario Alanís; a los tres los registra la historia por sus heroicas e inteligentes acciones revolucionarias. En los tiempos de escuela, José Sabas los indujo hacia el periodismo infantil, logrando que fundaran el periódico manuscrito llamado “El Diminuto”, dirigido por Buelna. Esto ocurrió a principios del siglo XX.
En aquellos tiempos, el maestro escolar era un ser dotado de conocimientos, pero también de una vocación que le permitía realizar una labor inquebrantable; debía cumplir un extenso programa educativo que incluía: enseñanza de español, lectura de comprensión, dicción, escritura Palmer, moral, urbanidad, dibujo, aritmética, gramática, física, geografía, fisiología, historia, ortografía, canto y gimnasia. Con estas cátedras, los alumnos obtenían una formación que les permitía comprender lo necesario para incursionar en una carrera más importante, pero también eran las bases para que, en caso de no poder seguir en el estudio, les permitiera defenderse en la vida. En cambio la mayoría de los maestros de ahora, como dijera el bien recordado Miguel Tamayo: no rebuznan porque no se saben la tonada.
María Ester recibió sólida preparación; ello le sirvió para desarrollarse con solvencia y seguridad; pero además, para resistir y solventar las pruebas que el destino le puso; es importante decir que también recibió permanentes ejemplos de parte de sus padres y sus seis hermanos, así como de personajes de aquel Mocorito que se distinguió como “La Atenas del Évora”. Desde niña, escondida tras las cortinas de la sala de su casa, fue testigo de las tertulias nocturnas que su hermano José Sabas organizaba con personajes ilustres, como los ya mencionados revolucionarios, pero además: el laureado poeta Enrique González Martínez, el padre Vidales, el fotógrafo Alberto Lohon.
Por las experiencias que imaginariamente vivió, al escuchar aquellas narrativas, María Ester logró vivir con la soltura y seguridad de una mujer moderna que se adelantó a su tiempo; también consolidó el ejemplo de la mujer sinaloense que se ha mostrado en otras, como Inés Arredondo, Lola Beltrán, Inga Pawells.
En aquellos tiempos, el ambiente que se vivía en Mocorito y sus alrededores se distinguía por sus tradiciones. La gente sacaba las sillas a las banquetas para disfrutar la frescura del atardecer; si la noche llegaba y había luna llena, seguían allí para regodearse con el plenilunio. En tiempos de verano, se organizaban excursiones grupales para salir al campo y disfrutar de las vegas donde saboreaban las sandias, melones, mangos, guayabas, guamúchiles; darse chapuzones en las cristalinas aguas del Évora y las tinajas de los arroyos. Por las noches formaban corrillos, los adultos narraban historias arrancadas de la imaginación; los personajes más recurrentes eran los espantos y los nahuales. Imágenes que se repetirían en las mentes de los niños, y por ello temblarían de miedo al encontrarse solos.
Al amanecer, los pájaros con sus cantos y trinos lograban despertar a los acampados, quienes al mirar el entorno se alegraban al sentir la frescura del Évora que lucía rebosante de orilla a orilla, adornado con flores de coronitas, malvas, san migueles, flores de sanjuán, y en las parcelas los maizales ondeaban sus hojas con los elotes barbudos, listos para que las mujeres prepararan los tamales; los varones ordeñaban  las vacas para saborear la leche caliente y producir la cuajada, el requesón y asaderas. Como aquellas acampadas eran de mínimo tres días, los hombres se organizaban para la caza del jabalí. Por las noches, alrededor de la lumbrada, se asaba la presa para saborearlo cortando pedazos; algunos, con sorbos de mezcal; los más, con tortillas y café.
Este ambiente que evoca un tiempo de nostálgico ensueño, se vio alterado por los movimientos que provocó la dictadura porfiriana: la bonanza industrial sólo beneficiaba a los capitalistas de la ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. Y las prósperas haciendas permitían vivir como reyes a los caciques de las provincias; quienes además, controlaban el poder político —ejemplo: Diego Redo en Sinaloa—. Ejercían pues, una inmisericorde explotación de obreros y campesinos que vivían en la más espantosa de las miserias. Esta situación originó que hombres de diversos lugares del Norte, Centro y Sur del país, decidieran tomar las armas e iniciar la Revolución Mexicana; movimiento que cimbró al mundo de su tiempo.
Mocorito, “La Atenas del Évora”, conocida así porque ahí se desarrollaron algunos hombres y mujeres de mentes brillantes; pero también por hombres valientes que supieron responder con valentía al llamado del pueblo desesperado; lucharon contra los tiranos y bárbaros explotadores. La nostalgia nos permite recordar que en aquel pasado hubo tiempos difíciles, pero que también sirvió para demostrar que la paciencia del jodido tiene un límite.
Rafael Buelna Tenorio, Macario Riveros, Macario Alanís, José Sabas y María Ester de la Mora Hernández, en Mocorito, y miles más en el resto de Sinaloa y México entero, supieron decir: ¡Basta! Y se rebelaron contra la injusticia y la explotación.
Hoy nuevamente, miles estamos hartos de la injusticia e impunidad impuesta por una caterva de maleantes. En las próximas elecciones les diremos también: ¡Ya basta! Mientras, se los diremos en… ¡su Facebook!
leonidasalfarobedolla.com

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