lunes, enero 24, 2022
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Punto de nostalgia: En recuerdo de doña Rina Cuellar

página en blanco

 

 

 

Doña Rina Cuellar —1935-2014— fue una estupenda pintora, historiadora y promotora cultural que entregó su vida al arte. La conocí en la década de los 80, cuando asistíamos a un taller de lectura en el Casino de Culiacán. Poco después esa misma actividad ella la promovió en su casa. Los asistentes éramos de diversos estratos sociales y niveles culturales, pero sin duda, todos interesados en participar, ya fuera como lectores o simple oyentes, como era mi caso. De aquellos personajes rescato uno que describo por su forma de actuar. Lea y descúbralo.

“…el temor a la página en blanco, me obliga a…” La frase la he escuchado en algunas ocasiones, siempre me ha sonado un tanto pedante,  y sospecho que tiene mucho de falsedad. Entre los escritores he detectado manifestaciones dignas de tomarse en cuenta por su excentricidad. Hace tiempo conocí a un personaje que se adornaba con frases célebres y breves razonamientos culturales, le reconozco su buena memoria, pero sobre todo su habilidad para ser oportuno al echar mano de ese arsenal con el que logra objetivos que a muchos impresiona. A todo evento que asiste siempre está atento para entrar en acción, su estrategia es infalible porque elige el momento más oportuno. Por ejemplo, en una exposición de pintura va directo al pintor y lo ataca a cebollazos: “sus trazos no dejan duda, pinta usted sobre dibujos perfectos. ¿Es usted egresado de la academia de San Carlos?” Antes de que el aludido intente dar la respuesta, se sigue: “sus obras sobre lienzo evocan nostalgia, aunque también algo de sensualidad… ¡Sí! No me cabe la menor duda, sus obras tienen la influencia de Millet, y algo de Renoir”, expresa enfático para manifestar su falso extranjerismo.  

Si la exposición es de escultura, su desenvolvimiento es algo similar, se refuerza con algo de historia como de: “Maestro, la excelencia de su logro en esta pieza muestra la belleza del hombre, me recuerda algo que existe en el museo de Louvre, sin duda, esta obra no desmerece ante El rapto de las Sabinas de Jacques Luis David, El entierro de Cristo de Tiziano o de Eco y Narciso de Poussin”, expresa, entornando los ojos y engolando la voz.

En un concierto de música, sea sinfónica, conjunto de cuerdas o un concertista, no pierde la oportunidad para lucirse con una “breve historia de la música”, que iniciará en la época medieval, renacentista, sacra, clásica, adornándola con los nombres más famosos: Bach, Mozart, Shuberth, Beethoven…

¡Ah! En las presentaciones de libros, en particular de novela, la oportunidad para este señor, que no deja de inspirarme cierta envidia, no tanto por sus conocimientos del arte, sino más bien por su estupenda manera de actuar, es un consumado actor que sabe de mímica y uso de la voz. Algunos lo catalogan como un erudito del arte.

Sin duda, el teatro también es parte de su potencial. Cita de memoria parlamentos de obras de famosos como Williams Shakespeare, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Solana, y de nuestro admirado Óscar Liera. La última vez que tuve la oportunidad de verle fue precisamente en la presentación de una novela, y su intrépida intervención empezó dirigiéndose al escritor: “Cuando se sienta usted ante su máquina de escribir, maestro, ¿siente temor ante la página en blanco? El escritor intentó explicar, seguramente que él no escribía en máquina, tal vez iba a decir que lo hacía a mano, o en computadora, o simplemente que no sentía temor alguno, pero mi personaje no le dio oportunidad y siguió: “Honoré de Balzac, al terminar de escribir La Piel de zapa, en 1831, la presentó ante el público que abarrotó L´ Petit, Casino de París, dijo que desde que había terminado de escribir el libro, algo había ocurrido en su interior, porque había intentado escribir, pero al estar ante la página en blanco sentía tanto miedo, que le era imposible idear tan siquiera una corta frase”.

Al inicio de aquella historia, el sesudo invasor impactó al público; su experiencia  le confirmó lo que había logrado y con firmeza siguió con su cátedra. Nos contó cómo Balzac, a pesar de ser un hombre que gustaba del placer de las fiestas y reuniones, de ser un gourmet insaciable, un mujeriego y bebedor; logró tal cantidad de obras, pero además de significativa relevancia, como Eugenia Grandet, La comedia humana y tantas más.¿Pongo en duda sus logros?”, se preguntó, y obvio, él mismo se contestó: “no, pero me asombra tan vasta obra”.

—Sin embargo yo creo que… —se atrevió alguien, tal vez más con el afán de hacerlo callar para que al fin el autor pudiera tomar la palabra, pero no, aquél lo paró en seco.

Disculpa que te interrumpa —dijo clavando su mirada en el interpelado—, por cortesía permite que exponga mi epílogo; seré breve…

Pasaban ya más de 45 minutos de aquella avasalladora perorata, cuando el conductor, ¡por fin!, tuvo la genial idea: aplaudió expresando: “¡Bravo, bravísimo!” y al instante todos lo seguimos, aunque algunos más sinceros con silbidos y denuestos; pero mi héroe, sin inmutarse, agradeció con repetidas reverencias afirmando su hazaña que llenó de plácemes su ego, y yo, esta vez vencí el referenciado temor de tener ante mí la famosa página en blanco.

leonidasalfarobedolla.com

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