julio 31, 2021 6:36 PM

Arriesgarse a soltar las “rueditas”

 

amor 2

 

A veces pienso en tomar al toro por los cuernos, en aventarme, sentirme que puedo decir que puedo. Esa osadía la experimento al tomar un manubrio fuertemente, aunque con delicadeza para extraer de él las sensaciones de paz, de adrenalina, de fortaleza. Pienso en mis semejantes, desde aquél que en su bicicleta de montaña pasaba con casi la totalidad de cada parte de su piel cubierta; o el señor rellenito que muy de mañana sube el puente de tres ríos, en su ropa de oficina y pedalea contra la inercia de la subida, concentrado en el “tengo que llegar”, “tengo que poder”.

Así desde su creación, el hombre ha buscado el equilibrio en su búsqueda de superación constante, y aprovecha este artefacto tan complejo y a la vez tan simple para darse paz y goce.

Hace un mes Manuelito me recibió de un viaje para decirme muy entusiasmado que ya sabía “andar sin rueditas”. Manuelito tiene cinco años y vive en la ciudad: esa ciudad que te invita a no jugar en la calle porque “ahí viene el carro”, pero a ese niño dulce nada lo detiene.

En una demostración, como si se tratara de un trofeo, me enseñaba cómo pedaleaba y entre risas y esquivando cada obstáculo, gritaba de vez en cuando “cuidado porque ahí voy”, “no se atraviesen porque me caigo”. Cuánta razón, cuanta cosa vi en él de mí.

¿Cuántas veces me aventuré a algo sabiendo el riesgo que implicaba? ¿Cuántas de esas veces se atravesó algo o alguien? ¿Cuántas veces las circunstancias no aparecieron, sino que fui dirigiéndome sobre las ruedas de mi inconsciencia hacia ellas? (¿Cuántas de esas veces caí?)

Como aquella niña que en la noche cantaba sola junto al río, acompañada nada más de su bicicleta. Nadie, solo yo me percataba de su presencia. Nadie, ni siquiera yo, se arriesgó a preguntarle ¿cuál sería el dolor que le impregnaba tanta marchitez a su canto?  ¿Era el desamor, desilusión, el desconsuelo, la ausencia, o la presencia de algo… de alguien? no sabía qué tenía. La curiosidad y la escena de sus luces traseras parpadeando sin seguir sus notas melancólicas, parecían contarme una historia sin palabras.

De algo estaba segura: yo me veía en ella. Tomó el riesgo y cayó. Mientras observaba detenidamente, una vez más a esa persona ensimismada y triste, levantar el vuelo, recoger sus miedos y echar a andar la bicicleta, sentí tanto la vibración de su cuerpo como si la tocara, era el vibrar de su valentía… (Y me levanté) y tan pronto la bicicleta echó su marcha al atravesar la calle, esa misma vibración se mezcló con un sollozo, un aullido de coraje que interrumpió la noche, pero que dejó intacta su mirada fija, su pedalear seguro… me vi andando casi pisándole los talones sin que me percibiera, pues aunque sus ruedas estaban en el asfalto, su mente estaba en otras alturas, posiblemente cayendo desde muy alto.

Sin notar que yo notaba cómo lloraba, cómo gritaba, cómo el viento le iba arrebatando las lágrimas y sus pies se seguían moviendo en esa búsqueda de equilibrio y paz, sentí mi espíritu adentrarse en otro cuerpo.

El encanto del niño carente de prejuicios, liberado de creencias y experiencias amargas. Es el mismo encanto que nos libera de ataduras que nos da centro y nos obliga, en ausencia del miedo, a exigir lo que queremos, a estar donde nos place, a sentir y expresar sin temor a la represión.

Esa osadía que tanta falta nos hace y que tanto quisiéramos acarrear cada vez que la bicicleta nos carga, y cada vez que la vida nos tumba. Ahí estaba esperando en el río, no llegaste. Necesitaba un hombro, un abrazo. Y aun así decidí amarte, decidí no dejar de hacerlo y amarte en la misma medida que siempre.

Avancé físicamente pero estuve siempre estática. Mi lugar no cambió. Y mientras subía la ladera, al son del canto y al estremecer del llanto, deseaba que detuvieras mi marcha y cruzaras nuevamente mi camino. Quizás en esa vorágine regué las calles con mis lágrimas y con tu recuerdo, con nuestros recuerdos… pero también abro un sendero con mis ruedas, y espero que quizás algún día lo sigas. Cambié de velocidades, cambié de instrumento… pero sigo rodando en la misma inmovilidad; espero algún día vuelva la osadía temprana. Algún día quizás, los dos regresemos a andar sin rueditas.

 

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