mayo 10, 2021 10:01 PM

Arde El Tamarindo: Robo de gasolina, ejecuciones, levantones y rapiña policial

ROBO DE GASOLINA. Menores implicados.
ROBO DE GASOLINA. Menores implicados.

Por: Javier Valdéz /Fotografía: Enrique Serrato

 

 

—¿Se echó a perder El Tamarindo?

—Sí, pero más echado a perder está el gobierno. Son corruptos, son unos perros. Y si uno no tiene nada robado, se lo echan y ya. Y sí, la verdad está muy perdido El Tamarindo.

 

Olga tiene 41 años y tres hijos, uno de ellos recientemente asesinado a balazos y apenas contaba con 16 años. Es un caso más, entre muchos, de violencia, detenciones, levantones, asesinatos, decomiso de combustible robado, vehículos usados en actividades ilícitas y presencia de grupos armados.

 

Los que viven aquí saben que el robo de gasolina convulsionó más la región que la droga misma: en el robo de combustible hay menores de hasta 14 años involucrados y la obtención de dinero procedente de esta actividad ilegal les permite comprar alcohol y droga. Sentirse poderosos y morder con irreverencia la rutina de esa comunidad.

 

Según Jesús Carrazco Ruiz, subdirector de Operaciones de la Policía Ministerial del Estado, hay al menos cuatro grupos de bandas dedicadas a la “ordeña” ilegal de combustible de los ductos de Petróleos Mexicanos que cruzan esta zona de El Tamarindo.

 

Por eso, las operaciones de la corporación, el Ejército Mexicano, la Secretaría de Marina y de la Policía Estatal Preventiva contra esta incidencia delictiva incluye El Tamarindo —con unos 5 mil 500 habitantes y ubicado a cerca de 20 minutos de Culiacán—, pero también de Recoveco y Pericos, en el municipio de Mocorito.

 

Cada una de las bandas está conformada por 10 ó 15 personas, sobre todo jóvenes, pero fuentes extraoficiales señalaron que detrás de ellos, por encima y a los lados, está el Cártel de Sinaloa.

 

Apenas este 10 de febrero, un operativo de la Policía Ministerial, al mando del comandante Carrasco, logró asegurar alrededor de cuatro mil litros de gasolina que había sido robada. La mitad del combustible estaba en una vivienda a medio terminar, de buen tamaño, y aparentemente deshabitada, por la calle Zapata, a pocos metros de la avenida Rosales, en esa comunidad.

 

El resto, los otros 2 mil litros, fueron asegurados en el lugar de la “ordeña”, cerca de la comunidad Cacaraguas. Los agentes decomisaron cuatro camionetas, entre ellas una de redilas, sin placas de circulación y modelo 1973, una Ford 1999, y una Ram con placas TW-04110.

 

Un joven menor, identificado como Cruz Federico, fue aprehendido por los uniformados, quienes señalaron que otros dos lograron huir.

 

Datos de la Policía Ministerial indican que durante 2014 se aseguraron 146 mil 610 litros de combustible, detuvieron a 41 personas y decomisaron 70 vehículos. De enero a lo que va de febrero, el combustible recuperado es de 70 mil 600 litros, 14 detenidos, y 32 vehículos asegurados.

DECOMISO. Policía ministerial involucrada.
DECOMISO. Policía ministerial involucrada.

Ladrón contra ladrón

 

En El Tamarindo muchos viven del robo de gasolina. El nivel de extracción ilegal, su distribución y comercialización llegó a tal nivel que la gasolinera del pueblo, ubicada a pocos kilómetros del acceso, tiene alrededor de tres meses cerrada. En la calle, los patios de las casas, cocheras, negocios disfrazados de otros giros, entre los surcos y en el monte, la gasolina está a la mano y a un costo de 6 ó 7 pesos el litro.

 

Un señor se asoma a la calle. Atisba. A pocas cuadras hay un operativo de la policía y lo sabe. Avisan por teléfono, por radio o por la forma que sea. Corren las camionetas sin placas, aceleran los de las motos, asoman a la banqueta: la pequeña comunidad es un hervidero y cuando hay actos policiacos o militares, se revoluciona.

 

La gasolina está muy cara. A este señor que vive por la calle Rosales no se le olvida que Enrique Peña Nieto, presidente de la República, prometió bajar el precio del litro de combustible, igual que las tarifas por consumo de energía eléctrica. Eso no ha pasado. Reniega contra los ministeriales porque a los del cíber le quitaron las computadoras y al electricista la escalera, el horno microondas y hasta algunos comestibles. Todo con el pretexto del decomiso de gasolina. Entran los agentes sin orden de cateo. Revisan, esculcan y regularmente algo se llevan. Pero también saben que los polis están aliados con algunas de estas bandas y hasta han sido vistas camionetas Tacoma con civiles armados entre las patrullas, dirigiendo los operativos.

 

“Es un abuso, oiga. Este amigo toda su vida ha trabajado bien y hasta el mandado se llevan, y la escalera ¿pa’ qué la quieren? Nosotros robamos porque el gobierno nos roba y si ellos hacen lo que quieren ¿nosotros por qué no?”, manifestó un vecino de esta comunidad que apenas suma cerca de 5 mil 100 habitantes, la mitad mujeres.

 

Aquí ya no se vive de la siembra de maíz, frijol, garbanzo, sorgo u hortalizas. La época de jauja por esos cultivos se acabó. La bonanza ahora está en ese olor que incendia, esa semilla para los motores, ese oro líquido y cobrizo y helado y ardiente.

 

¿Acaso va a bajar la gasolina?, pregunta. Y él solo se responde ¡Ahí está, pues!

EL TAMARINDO. Convulsionado por la “ordeña” de combustible.
EL TAMARINDO. Convulsionado por la “ordeña” de combustible.

Las ratas

 

“La gente compra gasolina a las ratas”, manifestó uno de los agentes que participa en los recorridos de vigilancia en El Tamarindo. Dice que el corredor de robo de combustible va desde el fraccionamiento Valle Alto, en la zona norponiente de la ciudad, hasta El Tamarindo, y luego Recoveco, Pericos, municipio de Mocorito, y La Calera y otras comunidades de Salvador Alvarado.

 

Los morros, agrega, ya no quieren trabajar más que robando. En el lugar sacan y sacan bidones de gasolina. Una parte va en la camioneta de redilas también asegurada y la otra en las patrullas. Los vecinos saben que parte del decomiso se queda entres los policías, para su venta.

 

“No fumes aquí, advierten”. Pero en realidad uno no debe fumar en todo El Tamarindo. Huele a tensión, a robo y violencia y a mucha, mucha gasolina.

 

Unos 15 hombres “encuernados” —portando fusiles AK-47, llamados cuernos de chivo— les hicieron frente a los ministeriales. Hubo intercambio de ráfagas y persecución. Cero heridos y detenidos. La refriega fue hace alrededor de 10 meses, pero desde hace un año de manera más descarada, este pequeño pueblo ya olía a Magna, a Premium, a una decadente y rancia podredumbre.

 

Fueron tiempos en que los agentes no podían entrar a este pueblo, porque los “atoraban”. Pero eso ya pasó, asegura el de las insignias.

 

Carrasco, al frente de este operativo al menos durante el martes, advierte que en meses recientes se tienen entre tres y cuatro muertos en la región por las pugnas entre los grupos que se dedican al robo de combustible y en siete meses han sido detenidos cerca de 15 personas por este delito y asegurados al menos 14 vehículos, entre ellos algunos robados.

 

El 9 de noviembre, dos jóvenes fueron asesinados con fusiles AK-47 cuando viajaban en un vehículo en Recoveco. Los hoy occisos traían dentro de la unidad motriz “esposas” similares a las que usa la policía.

 

Las víctimas fueron identificadas como Jesús Armando Iribe Uriarte, de 26 años, y Alberto Velásquez Iribe, de 24, quienes viajaban en una Cherokee gris, placas VNC-2066, de Sinaloa.

 

En diciembre, día 26, fue ejecutado a balazos Gerardo Parra Angulo, también en esa comunidad, cuando viajaba en una camioneta Dodge Ram placas TY-09856. También en diciembre fue muerto a tiros un joven identificado como Kevin, de 16 años, quien había sido levantado por un grupo armado.

 

La cloaca se abrió

 

Cuatro años suma El Tamarindo con este problema del robo de combustible, pero en un año el ilícito se ha agravado: no solo por la incidencia, que es alta, sino por la participación de niños de 14 y 16 años, que luego de obtener dinero por esta actividad se lo gastan en alcohol y drogas.

 

“Tiene como un año que se abrió esto. Ves pasar carros llenos de bidones, con bules grandes. Generalmente son camionetas viejas, chocadas o robadas, despintadas pero con buen motor para que tenga capacidad de carga”, dijo un habitante de este poblado.

 

Se generalizó tanto, aseguró, que son muchos los vehículos que van a surtir sus bidones al “hoyo”, como llaman a la toma clandestina, de las cuales, según los vecinos consultados, suman unas cuatro o cinco en los alrededores de El Tamarindo.

 

Quienes la compran pagan entre uno y dos pesos por litro, se surten de mil, dos mil y hasta tres mil litros, para venderla a siete pesos. También se da la reventa: adquieren la gasolina a distribuidores que se surten directamente del “hoyo”, a unos cinco pesos, y luego a otros para que la expendan a siete pesos.

 

“Van a chambear ahora. Van a chambear ahora”, se escucha por los rincones de El Tamarindo, cuando avisan que habrá ordeña y podrán surtirse. Esto puede ser en la tarde o mañana, y también durante la madrugada; las mismas tomas clausuradas, son reabiertas por los delincuentes, cuyos jefes forman parte de células del narcotráfico en la región.

 

Unos 30 carros llegan a juntarse en el “hoyo” y siempre hay quienes avisan que pueden extraer y, por supuesto, de si hay o no operativo de alguna corporación policiaca o de personal de PEMEX. Aunque los más temidos son los soldados y la marina.

 

Muchas veces vuelven a la toma clandestina una vez que pasa el convoy del Ejército.

 

“Ha traído mucha perdición esto del robo de gasolina. De punteros, ahora son cargadores de combustibles, y son puros menores de edad, de familias marginadas y desintegradas. Como que se airaron los morros, se creen parte de un movimiento que ya los hace más chingones. Más que el narco o la droga, la gasolina los echó a perder a los plebes”, comentó.

 

Señaló que ha habido niños quemados, otros baleados y detenidos, por tanto incidente y pugnas. De diez involucrados en este delito, cinco o seis son menores de edad.

OLGA LIDA.  Angustia por la familia.
OLGA LIDA. Angustia por la familia.

La cuchara

 

Olga Lidia Ramírez Núñez tiene 41 años. Y hasta el 14 de diciembre tenía tres hijos. Uno de ellos, Kevin, de 16 años, fue muerto a balazos luego de haber sido levantado por un comando en El Tamarindo, durante un supuesto operativo de la policía.

 

No tiene ojos, solo llanto. No tiene palabras más que las que dan con el nombre de su hijo Kevin. No tiene vida más que la muerte de ese joven de 16 que era buen alumno de la preparatoria 8 de Julio de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) y que recibía una beca del gobierno federal.

 

Su mamá cuenta que Kevin estaba trabajando en la siembra de parcelas de maíz, con un tío. Dijo que estaban atendiendo la parcela durante la tarde —porque ya es difícil, asegura, realizar labores del campo a ciertas horas, por el robo de gasolina— cuando salieron de la toma clandestina varios vehículos, a toda velocidad, al parecer huyendo de un operativo.

 

Y en esa supuesta persecución y confusión, hombres armados lo levantaron, alrededor de las 15 horas del 13 de diciembre. Durante la tarde y noche de ese día, los vecinos lo buscaron en la zona cercana a la toma, en cinco o seis carros. No lo encontraron. Al día siguiente reiniciaron la búsqueda y dieron con él, a las 14 horas del 14 de diciembre. Estaba muerto.

 

Dos balazos en la cara. Uno de ellos le entró por la nuca y le destrozó boca y quijada. El otro en la frente, justo en el centro. Uno más en un brazo. Hubo versiones de los vecinos que lo habían torturado salvajemente.

 

En el lugar había tres casquillos. Olga Lidia dice que son de “cuerno de chivo” porque además había un cargador, al que le tomó fotos con su celular. Un charco de sangre que pronto oscureció en la tierra la estaba esperando en la escena.

 

Vecinos del sector indican que dos camionetas Tacoma, una blanca y otra color vino, acompañaban a los policías ministeriales en los operativos. En las camionetas van civiles armados, que parecen dar órdenes a los agentes, pero éstos también recolectan, con la complicidad de delincuentes, gasolina para luego surtirse y vender por su cuenta.

 

Otro hijo de Olga, de nombre Fausto Javier, de 23 años, está detenido en el penal de Culiacán. A principios de febrero de 2015, los agentes de la Estatal Preventiva lo persiguieron cuando varios vehículos salían de una de éstas tomas clandestinas. Pero él pasaba por ahí. Su madre cuenta que llevaba una camioneta cargada con leña porque se dedica a las labores del campo.

 

Aseguró que desde un helicóptero le dispararon y lanzaron granadas, lo que provocó que el vehículo se incendiara. El joven logró salir ileso pero fue aprehendido y golpeado, alrededor de las tres de la tarde, y hasta las 12 de la noche de ese día fue llevado a la Policía Ministerial, en Culiacán, acusado de trasladar 2 mil litros de gasolina.

 

“Que lleven peritos, que investiguen, porque él no llevaba gasolina, sino leña. Si fuera cierto, pues que pague, que lo sometan a juicio, pero mi hijo no es delincuente, es un muchacho trabajador que maneja retroexcavadoras, tractores, góndolas”, manifestó.

 

Debido a las irregularidades y abusos, añadió, interpuso denuncia en la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), y ya un abogado lleva el caso. Ella y otros vecinos de la colonia Guadalupe de El Tamarindo, afirmaron que los agentes estatales y ministeriales tumban las puertas de las viviendas y si no hay nadie aprovechan para llevarse televisores, ropa, tenis de marca y otros objetos.

 

Señalaron que el 10, 11 y 12 de febrero los agentes detuvieron arbitrariamente a varios habitantes y se llevaron varios vehículos, entre ellos una motocicleta. En estas acciones, denunciaron, participaron las patrullas 2915, 2932, 2951, 3921 y 2732 de la Policía Ministerial.

 

Ahí, en la casa de Olga Lidia, viven varios jóvenes y al menos tres niños. Uno de ellos reposa plácidamente en el cuarto más grande, de material. Antes del patio trasero, dos hornillas anuncian que está cerca la hora de la comida: calabazas y frijoles. Una joven madre vive con la familia de Olga: salió huyendo de Palo Verde, Badiraguato, donde hombres armados se llevaron a varios de sus parientes. Ahora vive ahí, en esa sucursal del infierno.

 

“Caí en mal lugar… por todo lo que ha pasado. Ya no le tengo confianza a la policía”, dijo.

 

Olga Lidia trae las fotos en su celular. Un cargador, los cartuchos, los restos de toda esa humanidad que ya no está con ella. Se le pregunta qué tan descompuesto está todo en ese pueblo.

 

Cuenta que se meten a las casas… a robar. Ropa, celulares, tenis y aparatos electrodomésticos. Destrozan televisores y tumban puertas. Así pasó con una vecina y con otra y con otra. Historias de todos los días en El Tamarindo.

 

Y saca de entre sus recuerdos de aquella tarde macabra una cuchara. La muestra. Se le extravían los ojos, naufragan, entre tanta lágrima. Dice que esa cuchara estaba ensangrentada, que los de ahí cerca le contaron que los agentes la usan para meterla en la boca, profundamente, a los detenidos. Hasta ahogarlos. Y enseña la cuchara empañada y levanta la frente y parece no saberse otro nombre: Kevin.

 

 

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