lunes, enero 17, 2022
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  • Dias de Impunidad

El "Chapo" y los tiempos de "Malova"

Malova. Otra víctima de Joaquín Guzmán.
Malova. Otra víctima de Joaquín Guzmán.

Más allá de las lecturas que ha estado generando la detención de Joaquín Guzmán Loera en términos de estrategia gubernamental, de administración del negocio de las drogas por parte del gobierno de los Estados Unidos, de recomposición del espectro criminal… puede afirmarse que a partir de este hecho los escenarios cambiaron radicalmente para la clase política sinaloense, sobre todo para muchos de los que conforman el Gobierno estatal, empezando, claro, por Mario López Valdez. Sobre todo a ellos, la vida les cambió esa mañana del 22 de febrero.
La razón es muy sencilla: se llama información. A estas alturas (del partido), con los intereses creados por el Chapo Guzmán en Sinaloa, en México y en varias partes del mundo, tendrá que negociar con las fiscalías, primero con las de México y después con las cortes gringas. Como lo hacen todos los capos que caen. Y uno de los elementos de estas negociaciones es siempre la información: activos, empresas, quién te apoyó, cuánto les diste, a quiénes, a cambio de qué… Y el que tenga duda que le pregunte al exgobernador de Tamaulipas, Tomás Yarrington.
Una de las grandes debilidades de los capos son los hijos, no tanto sus mujeres. Y Guzmán Loera tiene muchos, algunos ya con cuentas pendientes en México y en los Estados Unidos y otros que apenas empiezan a caminar. Héroe no será. El narcotráfico no es una causa para ellos, sino un negocio. Y con esa visión enfrentará, sin duda, su nueva situación. Así, salvará todo lo que pueda y entregará lo que sea necesario. Todo.
Por ello el nerviosismo de muchos de los que integran el gabinete de Malova. Fue un nerviosismo que empezó con el triunfo de Enrique Peña Nieto en 2012, quien había apoyado la campaña de Guadalupe de Jesús Vizcarra Calderón en 2010, siendo todavía gobernador del Estado de México. Y agravios hubo contra Peña Nieto por parte de Malova, según se ha dicho. Podríamos suponer que un hombre de Estado no tendría porqué mirar atrás, pero Peña Nieto ha dado muestras de que su fortaleza no es él, sino el equipo que lo respalda, conformado por priístas emergentes, pero también por dinosaurios.
Hasta la detención del Chapo Guzmán, pudo presumirse que Mario López Valdez estaba jugando con el score. Alineado a la estrategia de Felipe Calderón de golpear a unos cárteles de la droga y ser condescendiente y hasta cómplice con otros, fue muy sencillo para él acoplarse. Así, para el gobernador todo el monte era de orégano. Llegó Peña Nieto al poder y durante el primer año las cosas parecían marchar igual, la misma línea. Y aún con la recaptura de Guzmán Loera podríamos estar solo ante un reacomodo necesario de los mismos acuerdos. Pero eso es allá, arriba, Los Pinos y Washington. Abajo es otra cosa, otra guerra, en la que sobrarán víctimas.
La sola recaptura del Chapo cambió los escenarios de la política en Sinaloa. Todavía hasta las elecciones estatales intermedias Malova supo —y lo hizo muy bien— alinearse a los nuevos vientos priístas, a pesar de que había salido renegando del partido y de haberlo humillado con su triunfo. Fue, sin duda, el gran ganador de esa elección, con posiciones estratégicas en el Congreso, con alcaldías tan importantes como Ahome y Mazatlán. Contaba con una fuerza indiscutible; estaba bien con el PAN, manipulaba al PRD y había seducido a priístas que habían apostado todo a Jesús Vizcarra, como a Aarón Rivas Loaiza, a Sergio Torres y a Jesús Valdez.
Y aunque el regreso del PRI a Los Pinos anunciaba el fin de la llamada balcanización del poder, y asomaba de nuevo el tiempo de los virreyes, Malova se veía fuerte, sobrado para negociar, escoger escenarios, acariciar el control de su propia sucesión. Ahora no. El error del Chapo Guzmán de llegar al Miramar a ver a su amada Emma y a sus gemelitas antes de internarse de nuevo en el monte, cambió la vida de muchos políticos en Sinaloa, entre ellos la de Malova. Qué le pregunten a Jesús Antonio Aguilar Íñiguez dónde se metió todos esos días, a Gildardo Amarillas qué está haciendo con sus propiedades, si las mantiene a su nombre o las está “vendiendo” —como su hija— a sus familiares.
El poder tiene sus momentos. Los gobernantes lo saben aunque hay quienes se dejan enloquecer por la soberbia. El tiempo de Malova terminó en febrero pasado. Y el de los suyos, empezado por el secretario general de Gobierno, Gerardo Vargas Landeros.
Bola y cadena
MAZATLÁN HA DESPERTADO a la realidad, después del delirio fantástico que provocó la recaptura de Joaquín Guzmán Loera en el Miramar y la desquiciada idea de explotar turísticamente algunos eventos relacionados con el narcotráfico. Si hay algún lugar donde sí habrá consecuencias por la detención del capo, es el puerto, una plaza muy frágil para los controles que pretenden las bandas del narcotráfico. Ahí están las balaceras de Cuaresma, las bajas del Gobierno, los heridos de la sociedad civil, las detenciones, como testimonios de la violencia que solo estaba en espera, agazapada.
Sentido contrario
Y EN ESTOS ESCENARIOS, llega como bálsamo el llamado del Papa Francisco a los narcos para que se conviertan al cristianismo: “Esta vida que ustedes viven ahora no les dará placer. No les dará alegría ni felicidad”. Ya la hicimos.
Humo negro
MALOVA SABE LO QUE HACE, se supone, y entonces solo él decidirá hasta cuándo caminará junto a sus secretarios de Salud y de Finanzas, que ya apestan a meados de calabozo.

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