Cristina Rivera Garza construye su autobiografía a partir de una planta, el algodón, el oro blanco del norte que en su momento estuvo presente en su natal Tamaulipas. El algodón, por otro lado, sigue presente en la ciudad fronteriza de Mexicali, Baja California, pero pienso, ¿cuántos sinaloenses podrían hacer una autobiografía del tomate, del mar, del río, de la playa? Autobiografía del algodón es un texto estremecedor, que incluso pudo ser escrito por mi madre, mi tía o mi abuela, una narrativa que abre la posibilidad de unir a las mujeres sinaloenses, a través de las características de la tierra, de la siembra, del clima sinaloense, del guamúchil, del mezquite, de los venados, del agua.
La autora construye historia, literatura y redención para hacerle justicia no solo a la tierra norteña que la vio nacer, sino también a la genealogía de su familia, que, como dice ella, se llama así en honor a su abuelo, Cristino Garza. Donde la autobiografía como metodología y reflexión, nos invita, incluso, a estudiar nuestros nombres, nuestros territorios para hacer justicia y que estas microhistorias no queden en el olvido, si así fuera, yo como primogénita hubiera sido Teodora Verduzco, nacida en el Mezquite, Sinaloa, en honor a mi linaje paterno, sin embargo, no tuve la fortuna de nombrarme como ninguno de mis familiares, a pesar de ello, los llevo en la sangre, en la piel y en los ojos.
El libro es una invitación a repensarnos, incluso replantear las representaciones del norte de México, donde Tamaulipas, a pesar de haber sido un territorio que vio nacer al grupo delictivo nombrado como Los Zetas, la presencia de fosas clandestinas y carreteras militarizadas —esa es una de las particularidades que definen al norte del país—, no se agota en esas narrativas. Por ello, pienso que, al tratarse de sociedades atravesadas por el desplazamiento forzado, la autora encuentra en la escritura una forma de narrar el exilio, reconstruir la memoria y dar sentido a la experiencia vivida; una manera de no olvidarse a ella misma y de no olvidarnos.
La gente sinaloense es de donde se rompen las olas. Gracias a Rivera Garza comprendí que, en este entramado narrativo de la trayectoria de vida, todo puede cobrar existencia, todo puede contar una historia. Para la autora el algodón, la lluvia, la casa, el agua, la frontera en si misma es un actante, adquiere una carga política.
La autora realiza descripciones prodigiosas que te llevan al rancho, te hace sentir la vastedad del cielo estrellado en el desierto, el olor a tortillas de harina, la descripción de los pueblos, el sudor que causa el intenso calor, no sin dejar de enmarcar esta autobiografía en un contexto más amplio, desde la revolución mexicana, el proceso de industrialización del país, el sincretismo cultural transfronterizo, el proceso de maquilización de la frontera norte hasta las dinámicas biopolíticas que caracterizan a la vida fronteriza en la actualidad, siendo vecinos del gigante del norte.
La lectura del libro me hizo plantearme las siguientes preguntas; ¿cómo podríamos escribir nuestra autobiografía en espacios históricos más amplios?, ¿cómo podríamos hacer justicia a la memoria de las mujeres con las que compartimos consanguineidad? Recuerdo que mi madre me platicaba que, según la tradición de las abuelas en los ranchos, el cordón umbilical de la creatura era enterrado en el patio de la casa, ¿qué pasaría si de forma simbólica reconstruyéramos esas historias?, la historia de ese ombligo umbilical, ¿dónde estarían enmarcadas las autobiografías de los sinaloenses repatriados, obligados al exilio?
Cristina Rivera Garza construye la historia desde la experiencia migrante, desde las mujeres. Toda mujer que escribe y piensa la frontera entre México y Estados Unidos termina, de alguna manera, dialogando y sosteniendo una cercanía espiritual con Gloria Anzaldúa, porque al final Autobiografía del algodón, desde la perspectiva de esta autora, tiene una importante carga de género; por lo tanto, Anzaldúa nos enseñó que a cualquier espacio a donde fuéramos tenemos que llevar nuestra casa en la espalda.
Así migraron los antepasados de la autora, Petra y Chema, quienes intentaron tantas veces establecerse y construir un hogar pese a las adversidades, construyeron su casa, con ilusiones y temor, porque las pequeñas historias también son importantes. Autobiografía del algodón es una invitación a reconocernos como sujetos históricos, pero también invita a cambiar las narrativas del norte bárbaro, violento y peligroso, así como nuestras propias historias, donde, en la mayoría de los casos de las abuelas, todo inició en un rancho en el marco donde un señor se “robó” a una muchacha, pero ¿qué hubiera pasado si ella no hubiera querido?
Cristina nos enseña que el norte bárbaro puede ser visto desde la naturaleza, las geografías, así como desde la flora y fauna local, además integra el amor, como la semilla que impulsó el viaje de sus abuelos hacia la frontera.
Artículo publicado el 20 de julio de 2026 en la edición número 26 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.



