‘Fito’ Arriaga, el teatro como destino

‘Fito’ Arriaga, el teatro como destino

Cuenta la leyenda que un templado mes de noviembre de 1973, Rodolfo Arriaga Robles, llegó a la tierra en donde se besan y abrazan el río Tamazula y el Humaya, concibiendo al río Culiacán. Llegó con una pequeña maleta en donde apenas cabían cuatro cambios y tres libros. Finalmente pudo también meter una yompa, por aquello del extremoso frío que según le dijo su amigo el Genesta hacía en esos lares. Llegó expulsado por activista de la escuela preparatoria UNISON, en donde también cuenta la leyenda que fue compañero de aula de su paisano Luis Donaldo Colosio.

A sus 17 años ya era un hombre barbado como Nuño Beltrán de Guzmán y Lázaro de Cebreros, que llegaron mucho antes que él en 1531 también a conquistar la tierra de los Tahues y los Sabaibos. Y como todo barbudo era tachado de comunista, así como le decían a Fidel Castro y al Che Guevara en Cuba cuando hacían la revolución; este sonorense aún adolescente, por andar emulando a los barbudos cubanos y de rojillo, como ya dijimos fue desterrado de la Universidad de Sonora. Nacido y avecindado en Nogales, para quienes no lo saben, “Heroica Nogales”.

Con asesorías y recomendaciones llegó a la Preparatoria Central de la Universidad Autónoma de Sinaloa, que, por cierto, dicen los que saben que en esa época también estaba colmada de rojillos: por un lado “los pescados” miembros del Partido Comunista Mexicano y por otro los Chemones y los Enfermos.

El morro sonorense, inquieto también, estaba dispuesto a terminar la preparatoria y después dar el gran salto al Distrito Federal, en donde tenía como objetivo estudiar letras en la UNAM. Cuando menos pensó ya estaba inmiscuido en la problemática estudiantil, y luego luego los peces gordos del movimiento lo reclutaron a las filas de las juventudes del partido; Y pues se hizo “pescado”, pero cuando vio una pinta en una de las bardas de la preparatoria que decía: “Ahorcaremos al último Chemón con las tripas del último pescado”, ipso facto le dieron ganas de regresarse a Nogales.

El paisano de Álvaro Obregón y del famoso actor Jesús “Choby” Ochoa pasaba su tiempo entre el activismo, leer y acudir a la escuela, hasta que por un designio divino entró por curiosidad al auditorio Che Guevara de la preparatoria, en donde un grupo de estudiantes ensayaba la obra de teatro La madre, de Máximo Gorki, dirigidos por un profesor de literatura de origen boliviano de nombre Rolandito Quispe.

Embelesado estaba viendo cómo daban vida a los personajes de la obra; se quedó buen rato hasta que llegaron a la escena de Vasiliev Ulasov, pero el estudiante que hacía ese personaje no había llegado. Entonces el director volteó a las butacas en donde estaba sentado el paisano de Jesús García, “el héroe de Nacozari”, y le gritó: “¡Ey, tú, súbete al escenario para que nos ayudes a leer el personaje de Vasiliev!”.

“¿Y ese quién es?”, respondió el joven barbado desde su butaca, tú súbete le dijo el profe boliviano; y pues que se trepa temblándole las canillas y la quijada, de tal manera que no pudo articular una sola palabra del personaje.

 

EL FITO. Los años mozos.

 

En el elenco estaba una chamaca que flechó a primera vista al paisano de Sergio Galindo y también lo flechó la obra que hablaba de la lucha de clases, destacando las injusticias sociales y económicas, y pues le dieron en la mera pata de palo al paisano de Isela Vega y María Félix; por amor propio y con las dos flechas clavadas en su corazón, se aprendió los textos del personaje sin decirle al profe Quispe.

El próximo ensayo sería dentro de una semana, tiempo suficiente para aprenderse los textos; en esos siete días el paisano también del dramaturgo Cutberto López, estaba ocho horas diarias viéndose en el espejo para ver como encarnaría al personaje.

Llegó el día del ensayo doblemente motivado: por ver a la chava y ensayar la obra. Una hora antes ya estaba en el auditorio; cuando le tocó actuar su parte al también paisano de Luis Aguilar y Roberto Corella, deslumbró a todo el elenco, al profesor, y el auditorio se empezó a llenar de estudiantes; algo mágico estaba sucediendo en el escenario, hizo llorar y reír al mismo tiempo a la multitud congregada, pero a quien más impresionó fue a la actriz principal quien lo felicitó, le dio un beso en la mejilla y un pellizcón en la nalga.

Todo el elenco le rogaba con insistencia que se quedara en la obra después de cautivarlos con la actuación camaleónica, que ni la diva del cine mexicano y también su paisana Silvia Pinal lo hiciera, su respuesta era rotunda: ¡no! Finalmente, la guapa chavala que hacía el papel principal con una voz melodiosa, sonrisa picarona y que ya le había dado un beso se lo pidió; ante eso no se pudo resistir y aceptó embelesado de participar en el montaje. Hizo su debut el 3 de agosto de 1974 en el auditorio de los ferrocarrileros en Mazatlán, Sinaloa.

Meses después terminó la preparatoria; inmediatamente lo conminaron para que se integrara a la planta magisterial, lo cual rechazó porque tenía muy claro su objetivo: estudiar letras en la UNAM para luego convertirse en poeta famoso como su paisano Abigael Bohórquez, además también tenía la promesa hecha a sus padres de irse a la antigua Tenochtitlan y regresar con un cuero de cochi, ante ello no tuvo más remedio que una vez concluidas las funciones de la obra treparse en el tren “el burro” rumbo a la gran ciudad, ni cinco días permaneció en la metrópoli porque al sexto le empezó a dar “el síndrome del Jamaicón” y se regresó a Culiacán.

Finalmente, después de tanto bregar, entró a estudiar leyes y a trabajar al mismo tiempo como maestro en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Por muchos años se le vio en los pasillos universitarios, en los movimientos estudiantiles y en los teatros.

En los pasillos universitarios se empezó a hablar de Rodolfo el Fito Arriaga y a fraguarse una vertiginosa y fructífera carrera teatral; creó, junto con otros actores, el grupo José Revueltas, el grupo Salvador Allende; fundó junto con Óscar Liera y otros teatristas, en 1982, el emblemático Taller de Teatro de la UAS, Tatuas.

Gloriosos fueron estos momentos con Liera hasta 1990, año de su fallecimiento, participando como actor en obras como El jinete de la divina providencia, La verdad sospechosa, Los caminos solos, entre otras, dirigido por el dramaturgo sinaloense, ganador en tres ocasiones del Premio Nacional “Juan Ruiz de Alarcón”.

Como director teatral, memorables muchas de sus puestas en escena como El oro de la revolución mexicana, que durante muchos años se presentó en la ribera del río, considerada la mejor puesta de la Muestra Nacional de Teatro en Monterrey; lo mismo sucedió con Las juramentaciones, el espectacular montaje de El camino rojo a Sabaiba, El muerto todito, etcétera.

Como actor, en la actualidad es considerado por muchos como uno de los mejores del estado; ha creado memorables personajes. Quizá la más sublime y genial de todas sus actuaciones, la del Malvolio en la puesta Noche de reyes de William Shakespeare, dirigida por Alberto Lomnitz.

Pero no es flor de un día, porque actualmente a sus 70 años, con energía de un chaval de 20, da cátedra al darle vida al autor de El capital, de Carlos Marx, en la obra Marx en el Soho dirigida por Cutberto López.

Hace apenas unos meses recibió en la Ciudad de México un reconocimiento por sus 50 años de labor, por su larga y destacada carrera teatral; evento que se realizó en el Centro Cultural del Bosque del INBAL, con la presentación de Marx en el Soho, organizado por las autoridades de la Coordinación Nacional de Teatro.

Destacando también, la medalla Xavier Villaurrutia, que es considerada uno de los máximos galardones en el ámbito teatral en México, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).

También como funcionario público y universitario ha tenido buenos dividendos; ha escrito tres libros; forjador de muchas generaciones de actores; ha participado en más de 110 obras, ya sea como actor o director; fundador, junto con otros compañeros, de la licenciatura en teatro de la UAS; creador de festivales, muestras de teatro, el aún vigente Festival del Monólogo; fructífera labor al frente de la asociación civil “Un público se prepara”, como comodatarios del teatro del IMSS.

Su andar no ha sido fácil; no todo han sido triunfos y miel sobre hojuelas; también se han dado fracasos: puestas fallidas, momentos de angustia existencial cuando en los primeros encuentros con Óscar Liera le dio una sacudida por la forma de actuar y el compromiso con el arte, nos dijo, me incluyo; que nos iba a mandar al teatro Blanquita, que estábamos haciendo todo al revés, que lo que hacíamos no era teatro.

Fito, no solo ha creado en el escenario, sino en la vida, porque entre proyectos, esfuerzos y pasiones ha logrado lo más trascendente: formar una gran familia, un espacio de afecto y permanencia. Así, su legado no se limita a lo artístico, sino que se expande hacia lo humano, hacia aquello que permanece más allá del tiempo; eso es lo realmente maravilloso.

Al final, la vida no se agota en los años cumplidos; a veces apenas empieza, y en el Fito Arriaga esa verdad se manifiesta con claridad y dignidad… LA LEYENDA CONTINÚA.

Artículo publicado el 20 de julio de 2026 en la edición número 26 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.

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