Transitar por la ciudad a eso de las ocho es tormentoso. El movimiento vehicular es lento. Los semáforos son ollas exprés: contienen, detienen, apresan los carros en los cruceros a punto de reventar.
Luis en su camioneta. Una Van, viejita, azul marino que por más que limpia siempre se ve como grisácea, opaca, con mapas de huellas de sol en algunas partes de la carrocería. Luis mira el reloj. Íngasu, es tarde. Trae prisa, la misma prisa que los otros automovilistas que esperan su turno en el crucero. Unos pitan, otros traen las luces altas. Los camioneros aceleran, activan los frenos de aire y se oye como si el camión estornudara.
Calcula que puede llegar en diez minutos, pero él necesita recorrer lo que le resta de camino en cinco. Cinco minutos. Qué chinga. Siempre la misma batalla. Pinche ciudad.
Monta sus manos en el volante. Le mueve al estéreo. Busca en el dial música de su agrado. Aplasta un botón y otro. Viaja de los boleros predecibles al reguetón, del jip-jop a la original banda Limón. Al fin da con una balada de Miguel Bosé.
Morir de amor, canta la voz de los ochenta. Nada qué ver con el sonar de Si tú no vuelves del nuevo elepé de Bosé, dice, musitando. Tararea bajito. Golpea el volante al ritmo mientras se oye Morir de amor/ despacio y en silencio sin saber/ si todo lo que he dado te llegó… a tiempo.
Saca el teléfono celular de la funda. Tal vez está mal la hora que da el tablero. La cola es larga. Chingado. Otros dos turnos frente al rojo. En un abrir y cerrar de dedos se le cae el aparato.
Hora de avanzar. Pero no lo hace. No se da cuenta que los vehículos formados delante de él se acercaron más al límite del crucero. Los de atrás le pitan. Él sigue agachado, tocando los tapetes, el suelo oscuro de la Van.
Se oye el rugir de un motor grande, como de camioneta. Dónde está el cel, chingada madre. Toquetea en lo oscuro. Tantea entre los pedales del acelerador y el freno. Bajo el asiento. Logra tocarlo pero con sus torpes movimientos lo empuja en lugar de asirlo.
Sigue la búsqueda. Siguen los automovilistas de la fila pitando y pitando. Ruge el motor del camión de transporte urbano. Alguien más atrás pone las luces altas. Ruge otro motor.
Una camioneta avanza quemando llanta. Está del otro lado, en sentido contrario. Se sube al camellón y se pone junto a una patrulla de la policía local. Se asoman cuatro, sacan sus fusiles y disparan.
Los agentes apenas tienen tiempo: las manos se mueven para desenfundar, para quitar el seguro a los aerrequince, para jalar gatillos. No alcanzan. Uno se baja y corre. Los proyectiles pasan zumbando. Lo alcanzan por la espalda y cae.
Los que van en la cabina no reaccionan. Escuchan el estruendoso rafagueo y es lo último que pasa por sus oídos. El despido. Expiran.
Dos de los pistoleros se bajan. Con los rifles empuñados se acercan. Unos pasos, unos metros. Los gritos alrededor. Unos corren, otros se tiran al suelo. Se agachan detrás de los aparadores. Disparan de nuevo, de cerca, a los cuerpos.
Luis escucha todo. Puta madre. No se asoma. Se quedó abajo, buscando en lo oscuro su teléfono celular. Agachado.
Oye los zumbidos de los proyectiles, cual moscos prehistóricos, insectos supersónicos, veloces, de plomo, raspantes.
Un silencio se instala entre automóviles y testigos. Víctimas y motores. Un silencio hirviente, de gritos y llantos. Luis se levanta por fin. Tembloroso. No encontró el cel. Pero sí dos orificios en el respaldo.
Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición 1221 del semanario Ríodoce.







