Cuento: Un pueblo muerto

Cuento: Un pueblo muerto

En tiempos de zafra, todos los días llegaba al pueblo el troque procedente de la quema de la caña, allá por el rumbo de Navolato, con su caja de redilas repleta de hombres apretujados como cigarrillos, con sus ropas tiznadas por la caña quemada y rostros tatemados por el sol.

Neto Castaños, hijo del difunto Zurdo y doña Juana Zazueta, era uno de los líderes de la cuadrilla; joven carismático y muy querido por hombres y mujeres de todo Sataya y pueblos circunvecinos. Con el chiste sano a flor de labio y las más ingeniosas ocurrencias, mantenía a todos sus compañeros de buen talante y con ganas de trabajar. Miguel López, su fiel amigo, lo secundaba siempre en las travesuras que seguido se le ocurrían. Enamorado de la vida y amiguero por naturaleza, era el invitado obligado en las tertulias y festividades del pueblo.

Nunca nadie jamás imaginó lo breve que sería su existencia y mucho menos su trágico final. Junto a un grupo de amigos y compañeros de trabajo, aquel día Neto volvía feliz después de un paseo por las playas de Altata cuando, en una curva, la tragedia se asomó. Por más que el chofer intentó maniobrar para volver al camino, todo fue inútil. La curva era muy cerrada y el camión con su preciada carga salió volando y dando vueltas como trompo engüerado, dejando cuerpos regados por todos lados, antes de ir a ensartarse en los surcos cubiertos de soca de milpa recién pizcada al lado de la carretera. Hubo muchos heridos y sólo un muerto. Neto había ido a estrellarse contra el cerco de alambre de púas quedando inconsciente, y ya nada pudo hacer para evitar que las redilas del camión lo aplastaran, dejándolo sepultado entre los surcos de la tierra que tanto había trabajado.

El día de sus funerales, sería recordado como uno de los más tristes en la sindicatura de Sataya. La gente hablaba en voz baja. Todo el pueblo era un murmullo sordo que se escapaba por las claraboyas de las cocinas de las casas y el viento lo cargaba con pesar, llevándolo lejos del caserío para esparcirlo entre los milpales. Un llanto espeso brotaba desde lo más profundo de las almas atribuladas de las hermanas. Doña Juana no lloraba; se había quedado seca por el dolor y permaneció sentada en su poltrona con la mirada perdida entre el gentío que se arremolinaba para darle el sentido pésame. No hubo una sola mujer que no le guardara luto, todas forradas de negro hasta los tobillos. Los hermanos con ojos de lechuza tampoco lo lloraron; en esa época a los machos les estaba prohibido llorar. Miguel López sí lo lloró, pero de lejos para no ser visto y solo se acercó para echar el último puño de tierra sobre la tumba con el que dijo adiós a su amigo del alma. Los demás hombres del pueblo dejaron de silbar y de entonar canciones con hojas tiernas de árbol de limón. La radio en las casas de la Maruca, su hermana, y de Juan Duarte no se prendió ni siquiera para escuchar los recados que llegaban de Culiacán avisando a los familiares de algún otro difunto o enfermo grave. Los espejos de las casas se cubrieron con trapos negros. Cualquier forma de vanidad era tomada como falta de respeto a la memoria del difunto y a la familia.

Al pardear la tarde, después del sepelio, la gente se recluyó en sus casas y un silencio sepulcral abrazó a aquel pueblo muerto.

Artículo publicado el 22 de marzo de 2026 en la edición número 22 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.

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