Jaime Sabines, 100 años de un poeta de a pie

Jaime Sabines, 100 años de un poeta de a pie

Jaime Sabines, poeta chiapaneco, nació un 25 de marzo de 1926. Ocupa, sin duda, un espacio en la sala de poetas mayores de nuestro país y de la lengua en español, junto a otra chiapaneca, Rosario Castellanos. Poetas potentes, grandiosos, inolvidables. La obra de Sabines ha sido, para muchas generaciones pasadas y presentes, la puerta a la poesía. Retomó en sus poemas los grandes temas de la experiencia humana, que son también los temas cruciales de la literatura: el amor, la muerte, la vida, la soledad, el tiempo. Los canta —porque su poesía es inmensamente musical— con la más alta complejidad literaria: la del rigor y conocimiento de la literatura en su lengua —el español—, pero presentada con absoluta sencillez, convirtiendo su universo poético en una casa, una calle, una ciudad, un campo, comunes a todos. La voz de Jaime Sabines, se aprende y no se olvida, logra el acto poético: que el lector habite el poema. Con facilidad habitamos sus poemas, y se convierte su poesía, en el país del nosotros, donde nos hallamos caminando, riendo o llorando la hermosa vida con él, a pie.

Sí, Sabines es un poeta de a pie, a ras de tierra, porque dialoga profundamente consigo mismo, mientras anda, mira, sufre, ama, pierde, gana, va al trabajo. No buscaba vivir a lo poeta, sino a lo hombre, como declaró cuando recibió el premio Chiapas en 1959.  La poesía, para él, debía ser testimonio de nuestra cotidianidad. Resuena y coincide aquí con la visión de otro gran poeta, de más allá del Atlántico y de la lengua en español, Paul Valéry, quien en 1939 declaró “considero más útil contar lo que uno ha sentido, que simular un conocimiento independiente de cualquier persona y una observación sin observador”[i]. Al final se trata de llegar a alguna verdad, a través de la poesía, y para Valéry “solo en las reacciones de nuestra vida, puede residir toda la fuerza y casi la necesidad, de nuestra verdad”. La poesía de Sabines es una residencia de la verdad que surge al reaccionar a la vida con plena conciencia de que se habla desde la piel viva rosando este mundo.

Desde su primera obra publicada, Horal (1950), Sabines se presenta como un ser hecho de carne, antes que nada, cuando dice “lento, amargo animal que soy, que he sido”.  Desde ahí encontramos el dialogo consigo, reconociendo la crudeza de los adjetivos inherentes a la condición humana. Lenta, amarga.

Es en su poemario Diario Semanario y poemas en prosa (1961) , donde yo encuentro con rotunda claridad, a ese poeta de a pie, del que hablo, quien para encontrarse y comprenderse, prefiere, con toda humildad, hablar con su alma, antes que con Dios, porque Dios es sordo desde hace tiempo. En adelante, me referiré a fragmentos de ese poemario

Dice el poeta:

El Diablo no hace caso de mis citas, y Dios es sordo desde hace tiempo: ven tú, alma mía, testigo mío, dame todo lo que no tienes en tus manos, lo que no te pertenece, tu sonrisa, tus lágrimas.

Es el alma propia, el mejor testimonio del amargo animal. En cambio, Dios es perfección, es silencio, y el poeta Sabines no es ningún silencioso, los silenciosos están siempre conversando con Dios, nos recuerda en otro verso. Sabines por su parte, se afirma —y nosotros con él—  a través de la poesía, en su humanidad imperfecta:  Dices que eres poeta porque no tienes el pudor necesario del silencio, escribe.

Sabines derrota al silencio, y quiebra en ese acto, la soledad a la que estamos condenados, hablándole al alma, escuchándole cuánto duele y cuánto vale la pena estar vivos; sobreponiendo las ganas de vivir a pesar de amores amputados. Estamos solos, incluso enamorados, solos, solos sin Dios y sin diablo, como nos dice en su célebre poema “Los amorosos”. Pero así solos, amputados, habrá que levantarnos con nuestros propios muñones.

De nuevo, en Diario semanario y poemas en prosa viene su fe en esta vida y no otra: Lo bueno es vivir del mejor modo posible. Peleando, lastimando, acariciando, soñando (¡pero siempre se vive del mejor modo posible!) Nos dice nuestro poeta mayor.

¿Cuál es ese mejor modo posible de vivir? Me pregunto al lado de Sabines. Y junto a él, leyéndolo, encuentro una posible respuesta: es aprendiendo el juego de la vida, que es dulce, es triste, es amargo como nuestra animalidad erguida en los dos pies que andan a ras de suelo, naturaleza a la que habremos de acostumbrarnos en tanto nos volvemos las hojas del calendario que caen sobre nuestra única porción de tiempo y paraíso aquí en la tierra.

Para el poeta, no hay opción sino ser hombres —¡y mujeres, seres humanos!— , y la única que tenemos, maravillosamente, tiene infinitas posibilidades. Así sentimos cuando escribe en un poema del citado poemario:

Mientras yo no pueda respirar bajo el agua, o volar (pero de verdad volar, yo solo, con mis brazos), tendrá que gustarme caminar sobre la tierra, y ser hombre, no pez ni ave.

Si, habremos de estar conformes e inconformes con lo que somos. Perdernos y encontrar nuestra belleza con humildad, andando con nuestros pies en la tierra.

 


*La autora es poeta y gestora cultural.

 Artículo publicado el 22 de marzo de 2026 en la edición número 22 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.

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