Roberto Pérez Rubio el pintor sinaloense que se reafirma como artista plástico abstracto en la insumisa y rebelde Universidad de California en Berkeley, representa uno de los abordajes plásticos más radicales contra el figurativismo y la Escuela Mexicana de Pintura durante la segunda mitad del siglo XX en el noroeste de México.
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Este posicionamiento es el corolario de la intención plástica del artista que se adhiere a la estética de las vanguardias más influyentes del ambiente norteamericano de finales de los años sesenta: expresionismo abstracto, minimalismo, neo abstraccionismo e informalismo europeo, arte que respira en los museos de la Bahía de San Francisco.
Esta propuesta visual del maestro Pérez Rubio, también puede rastrearse en sus estudios realizados en la década de los sesenta en diferentes academias de Arizona y California como un artista-estudiante nómada. Ahí beberá de la contemporaneidad de la plástica norteamericana que en su mirar, será muy distante de las corrientes de la Escuela Mexicana de Pintura, la contracorriente y los discípulos del muralismo.
Por otra parte, Pérez Rubio no asume las pugnas antagónicas que tuvieron lugar en el centro del país entre estas corrientes, en primer lugar por la lejanía geográfica, en esa época se encuentra estudiando paisajismo en la Universidad de Berkeley y explorando el expresionismo abstracto, principalmente el campo de color propuesto por Mark Rothko. En segundo lugar, por su inclinación personal hacia los presupuestos formales y conceptuales de las vanguardias norteamericanas de la época y su desinterés por la obra del movimiento rupturista en México.
En la obra de Pérez Rubio, su afinidad plástica con Rothko es evidente desde su obra temprana hasta sus últimas propuestas y, siguiendo la huella de rothkiana, al igual que en Mark Rothko, no hay temas o motivos figurativos, se privilegia lo gestual en el proceso, se inclina por los grandes formatos y prefiere los colores intensos/primarios.
Otro elemento distintivo de su obra es la textura matérica, estratificación de colores poderosos: rojos, azules, naranjas, amarillos reventados por la volumetria de las arenas y tierras.
Así, en el proceso de trabajar los acrílicos con marmolina, tierras sobre tela o madera con una pincelada libre y enérgica/violenta, el accidente tiene su impronta, produce efectos rocosos con texturas táctiles que obvian la perspectiva. En este abordaje de la superficie táctil, Pérez Rubio se separa de Rothko y se acerca al informalismo europeo.
En su estancia en Culiacán, antes de partir al puerto de Mazatlán, Pérez Rubio encontrará en el maestro Álvaro Blancarte un compañero de exploración y búsqueda de colores y texturas “perrustres” como las llamó Blancarte.
Su estancia en la Universidad de Berkeley, lo marcará a través de sus vivencias en los virulentos movimientos estudiantiles, la sicodelia y la contracultura norteamericana. Asume el action painting (chorreado controlado) como forma expresiva, técnica que para el crítico Jorge Alberto Manrique, permite al artista dejar “que su mano recorra el papel libremente y sin impedimento racional, saben que están dejando caer arbitrariamente los colores sobre la tela…. sin embargo, el momento mismo en el acto de pintar queda fuera de todo control consciente…” (Manrique, 2000:106) (1).
La irrupción de Pérez Rubio con su abstraccionismo y geometrismo matérico en la escena del noroeste de México de los años setentas, la comparte con el abstraccionismo de Héctor Martínez Arteche (Ciudad Obregón), Mario Zazueta (Hermosillo) y Rubén García Benavides (Mexicali), que también llegaron a esa propuesta mirando la fuerza visual y luminosidad del sol en las infinitas perspectivas de arena y roca que da el desierto, un camino estilístico tan distinto y tan lejano de la contracorriente que hacía ebullición en la Ciudad de México.
La propuesta del maestro abrió un nuevo panorama a los artistas de Culiacán que asistían al Taller de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de Sinaloa dirigido por el maestro Arturo Moyers. Su influencia en el desarrollo de un nuevo estilo pictórico en Sinaloa fue impactante no sólo desde su obra sino como una posición consecuente contra lo figurativo.
La energía para promover y compartir sus saberes plásticos a través de talleres y abrir espacios de exposición, pioneros en Sinaloa, como la Galería Matisse (Culiacán) y Galería Arte Activo (Mazatlán).
Quizá una de las últimas oportunidades para apreciar su obra y el inalterable compromiso con su axioma creativo de que la abstracción es una forma honesta y personal de hacer arte, fue la Retrospectiva Terra Nostra (2) realizada en el año 2012 en la Galeria de Arte Antonio López Sáenz (GAAL).
La exposición abrió una ventana para observar retrospectivamente su fidelidad a la plástica no figurativa y a la búsqueda de la tridimensionalidad a través de las superficies matéricas. Pero también nos habla de su contemporaneidad al inscribirse en el movimiento de los artistas que reflexiona sobre la frágil relación orgánica entre el hombre y el medio ambiente/naturaleza a través de instalaciones que nos recuerdan la advertencia que hace el escritor Malcom Lowry en su célebre novela Bajo el Volcán: sí, este paraíso es tuyo ¡CUÍDALO!
Hoy, al mirar su obra y reflexionar sobre su largo viaje como artista abstracto en un instante en el que el figurativismo era la carta de naturalidad del arte mexicano, nos recuerda que lo héroes artísticos que construyeron la tradición nunca están cansados, simplemente son parte de la amnesia histórica: el olvido.
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(1) Manrique, Jorge Alberto. Una visión del arte y la historia. México: Instituto de investigaciones Estéticas. UNAM. 2000.
(2) CATÁLOGO Retrospectiva Terra Nostra.
https://robertoperezrubioterranostra.blogspot.com/
Artículo publicado el 15 de febrero de 2026 en la edición número 21 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



