La anatomía del trombón comienza por la boquilla. Dependiendo del tamaño, el sonido cambia: si es grande, el sonido se agranda a un grave oscuro; si es chiquita, el sonido se agudiza. En esencia, el instrumento amplifica el aire del intérprete: cachetes hinchados y cejas fruncidas hacen su esfuerzo por sacar una nota. El sonido sale disparado por el pabellón o campana, ese cuenco metálico que comparte forma con las trompetas, clarinetes, tubas y cornos.
Labios y boquilla se tocan, intiman, entre un revoltijo de saliva y lengüetazos. El músico saborea el metal cobrizo, se conecta con su instrumento. La mano derecha juega con la varilla —otra parte de su anatomía— que termina por romper la tensión, libera poco a poco el aire, le da forma y textura, estira y contrae.
Madrecita querida fue la primera canción que Eduardo aprendió a tocar en su trombón. En su versión instrumental expide una tristeza inmensa, y en su lírica se entiende el porqué: narra el abandono de un hijo a su madre por una traidora (un amorío). ¡Qué arrepentimiento! Con 19 años, decidió abrir su surco como músico. Desde su niñez disfrutaba ver a su papá tocar el instrumento, que placer le daba escuchar el sonido en medio de un festín de metales, cuerdas y cueros, y ni se hable de la forma tan característica de ejecutarlo.
Él lo tenía claro: quería tocar en una tambora. “Es muy peligroso ser músico”, le decía su papá, negándose rotundamente a su opinión, tomó el trombón e ingresó a la Escuela de Música de la Universidad Autónoma de Sinaloa (EMUAS). Apropiarse de un instrumento, tomarlo por la fuerza, induce a una especie de relación matrimonial.
Si se abandona por unos días, el músico se “oxida”, dejando de tocar de la misma forma. Hay que ser abusivos, “estar sobre él” exprimirlo, ser constante y disciplinado, hasta que los papeles se invierten y el instrumento está sobre el músico. Es insano hasta cierto punto, pero gusta.
Si algo disfruta Eduardo es tocar en las rancherías, entre el polvo y el humo de la leña quemada. Ahí la gente es más alebrestada, la tambora truena y ellos celebran; cantan, bailan y, claro, pistean. Al músico eso lo alimenta. Tocan con más ganas, se desbordan las emociones. Hay tres palabras clave que lo animan: Tóqueme La Vaquita. Eduardo sopla de gusto; entre todas, es la canción que más le gusta.
En su tesis La música de banda estilo sinaloense como fundamento de identidades juveniles, Eva María Molleda González escribió: “en los años cuarenta todos los pueblos de Sinaloa, especialmente los de la zona serrana tenían su banda de música. La particularidad geográfica de Sinaloa ubicado entre el mar y la sierra y con difícil acceso al resto de la República, permitió que diversos ritmos de origen europeo se mantuvieran entre la población rural”.
Su relación hombre-instrumento lleva 40 años y lo acercó a las grandes bandas: Los Nuevos Coyonquis y Los Coyonquis de Sergio Tapia. Después se enfadó de tantas giras; recorrer la República y andar de fiesta en fiesta, fatiga.
Hoy, con 60 años encima, su retiro está sobre el bulevar Francisco I. Madero, en Culiacán. Durante las tardes, Eduardo se sienta a esperar un cliente. El extenso bulevar es conocido por concentrar, en un espacio de dos cuadras, a grupos de tamboras y mariachis; exhiben, en el arte del rótulo, sus nombres y números telefónicos.
Los tiempos han desgastado los locales, y la extenuante ventilación de la guerra entre el Cártel de Sinaloa ha propiciado que muchos cierren sus servicios: el trabajo escasea y Emiliano lo reciente. Las fiestas bajaron, y él poco a poco se va oxidando.
Su oficio se está acabando, sentencia. Le invade la nostalgia y se lamenta de las nuevas generaciones de músicos; ya está muy cambiado todo. “Antes era más bonito, y ahora ya no. Antes exigía, te exigía para poder trabajar. Tenía que llevar un cierto requisito. Y ahora no (…) ahora cualquier plebe agarra un instrumento, aunque no lo sepa tocar, ahí va más la bola y ni se nota.”
Aunque consanguíneos, pero de relaciones alejadas, Uriel siguió —sin querer— los pasos de su tío Eduardo; al igual que su abuelo, también trombonista. Incursionó en la academia de la música clásica, despegándose de los ritmos alebrestados de la tambora, pero no negándolos. Actualmente, con 25 años de edad, es integrante de la Banda Sinfónica Juvenil del Estado (BSJE).
En ese ámbito, la construcción del músico es distinta y contraer nupcias es incluso más hostil. La intensa disciplina lleva al intérprete a generar un estilo de vida sobre el instrumento. El ambiente sinfónico busca mucho el perfeccionismo, concentrándose en la calidad del sonido para ejecutar las grandes obras.
Una mala postura corporal afea el sonido, siempre espalda recta y a la mitad de la silla. Por ello, es común ver, en los conciertos, una pulcritud en los músicos, expuestos e incapaces de cometer un error. Exige estudiar y practicar diariamente, al igual que un deportista que trabaja sus músculos. Además de tener que aprender un segundo idioma: las partituras.
Las crisis son constantes en todo músico, sea cual sea el género. A pesar de la crisis laboral de Eduardo, lo único que sabe hacer es tocar su trombón. Uriel se coloca en el limen: dedicarse o no a la música. Culiacán es una ciudad chica, explica; para progresar y encontrar más competencia, a menudo se aconseja moverse a ciudades grandes como la Ciudad de México para tener mejores estudios, lo cual implica grandes sacrificios económicos y personales.
Pese a la incertidumbre del camino, ambos continúan. Hay algo más que los sobrepasa, algo que los incita a seguir afinando.
Artículo publicado el 23 de noviembre de 2025 en el suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



