La Revolución Mexicana en tres poetas mexicanos

La Revolución Mexicana en tres poetas mexicanos

 

En estos momentos de la vida nacional e internacional, podríamos arriesgar reflexiones alrededor de los acontecimientos, procesos y personajes de relevancia histórica que trasciendan, precisamente, los rigores y lugares comunes de la historiografía o de la política contemporánea. Podemos, por ejemplo, decir, desde la indagación literaria, que la Revolución Mexicana podría pensarse no solamente como un proceso histórico concreto y singular; no solamente como el antecedente de transformación política y social más importante en lo que respecta a la construcción del México actual; podemos, pues, pensar la Revolución como un fenómeno imaginario, por decirlo en un lenguaje de aliento bachelardiano. Con esto quiero decir que de la Revolución mexicana se han desprendido numerosas imágenes, caracteres, temperamentos, concepciones, alegorías, metáforas y composiciones artísticas afines a determinadas visiones imaginarias de la vida anímica, cultural, que contribuyeron a formar un espacio de representación para la sociedad mexicana contemporánea.

Los escritores revolucionarios y posrevolucionarios contribuyeron en la construcción de un imaginario cultural donde es posible distinguir miradas edificantes, pero también visiones dolientes, escépticas y críticas en torno al proceso revolucionario y sus consecuencias. Tres poetas mexicanos dan cuenta cabalmente de esta multiplicidad de lecturas. Encontramos en poemas de Carlos Pellicer, Ramón López Velarde y Efraín Huerta tres ejemplos de esta variedad de posiciones subjetivas ante la Revolución, que de una u otra forma permiten entrever la manera en que la cultura mexicana (al menos en su nicho literario, y más específicamente, en la poesía) ha reflexionado y ha aprehendido las imágenes de la gesta revolucionaria, así como sus huellas en el presente.

El poema “20 de noviembre”, de Carlos Pellicer, construye alrededor de la Revolución una imagen edificante, comprometida, que ve y escucha en los ecos del combate una interpelación constante de la realidad, así como la necesidad urgente de mantener vivo el ímpetu de lucha tomando como ejemplo la imagen de sus héroes, de sus personalidades emblemáticas. Hay en “20 de noviembre” una noción monumental de la Revolución que sigue latiendo en su presente (el poema data de 1973). En “20 de noviembre”, el proceso de transformación sigue (o debería seguir) su curso y nos atraviesa a todos. Es, pues, un camino a seguir, un halo iluminador de un destino social y nacional por construir:

 

La Revolución somos nosotros

porque nosotros somos México,

porque nosotros somos Nuestra América,

una inmensa nación a la que dio Bolívar

la orientación eterna, de unidad y de amor.

 

Las imágenes que predominan se asocian a la materialidad de la luz como aquello que permite ver el horizonte, como la manifestación de algo prometedor, allá, a lo lejos, a lo que se llega con el impulso de la fuerza vital revolucionaria:

Abrir la ventana para que entre la luz,

cerrar la puerta a la traición

que de todo lo malo será siempre lo peor.

Aunque parezca hermoso, el pantano es traición.

Este poema revela algunas aristas del imaginario cultural del momento. Nos permite entrever la necesidad surgida entre ciertos artistas de la época de sostener un nacionalismo combativo y militante en un tiempo convulso donde la hegemonía política gobernante saludaba con vítores a la historia monumental oficial, mientras que se olvidaba deliberadamente el estado de cosas real que se imponía a los grupos sociales marginados. Se trata de un poema, pues, enteramente cívico, que busca vivificar los valores revolucionarios y que destila un halo de esperanza depositado en la idea de que los cambios, en el México moderno, no se habían consolidado aún, y que dependía de nosotros, los miembros de esa sociedad, tomar el timón y marchar hacia un futuro más prometedor.

Con las brasas del combate todavía encendidas, aparece en 1917 un poema deslumbrante en la pluma de Ramón López Velarde, bajo las últimas estelas del modernismo literario: “El retorno maléfico”. Poema muy anterior al de Pellicer, “El retorno maléfico” es una galería de imágenes vivas, complejas, que no dejan de remitirnos a una plástica propia de lo que será, pocos años después, el surrealismo. Hay en “El retorno maléfico” un anuncio lúgubre: es preferible no volver. Ya nada es lo mismo después de la revuelta. La Revolución ha devastado todo: las casas, los muros, las paredes, los campos. Lo vivo y lo muerto se imbrica para colorear un paisaje agujereado por las balas:

Hasta los fresnos mancos,

los dignatarios de cúpula oronda,

han de rodar las quejas de la torre

acribillada en los vientos de fronda.

Como en la narrativa de Juan Rulfo (en particular, Pedro Páramo, la novela clave del periodo posrevolucionario), en “El retorno maléfico” de López Velarde, quien regresa es ya un fantasma: la casa del hijo pródigo que vuelve deja de albergar el brío del pasado; el presente y el porvenir están deshechos por la marcha implacable de la violencia:

Y la fusilería grabó en la cal

de todas las paredes

de la aldea espectral,

negros y aciagos mapas,

porque en ellos leyese el hijo pródigo

al volver a su umbral

en un anochecer de maleficio,

a la luz de petróleo de una mecha

su esperanza deshecha.

Finalmente, la ironía, el humor crítico y la concreción enunciativa se hacen presentes en “Tortuga 1910”, poemínimo de Efraín Huerta. Coincidiendo con el ánimo contestatario y contracultural de la segunda mitad del siglo XX, y haciendo eco de una poética con aliento oriental, Huerta arriesga una visión crítica de la Revolución lanzando los dardos de la sátira hacia los gobiernos actuales, es decir: hacia los sexenios de los presidentes del entonces hegemónico partido revolucionario. Así lo dice el poemínimo completo:

La mexicana

es la única

Revolución

que ha girado

como loca

a 45

revoluciones

por sexenio.

El juego dual con la palabra “revolución” que se inscribe en el poemínimo ya antepone una aproximación satírica: el gran movimiento de transformación social y política dura lo que dura una canción popular en un viejo disco de vinilo: 45 revoluciones por minuto. La capacidad de congregar en un poema de extensión mínima un temperamento desencantado ante la política actual, revela en Huerta una postura escéptica y también lúdica, en torno a las consecuencias palpables de la Revolución mexicana: el Estado había fallado en su misión de edificar una sociedad progresista, igualitaria y justa, al privilegiar a las nuevas élites corporativas del siglo XX, dando un giro rotundo a sus principios, a sus bases ideológicas de corte transformador. Por lo tanto, es la poesía el medio expresivo predilecto para dar un giro también a las posibilidades enunciativas de la imaginación crítica: pasar de la esperanza combativa y del dolor espeso y profundo al humor inteligente, apostando por una fina ironía que se atreve a cuestionar el estado de cosas, trastocando, a su vez, los convencionalismos y los lugares comunes de la poética de corte social.

Estos tres poemas hacen presente, en términos literarios, el proceso histórico de la Revolución mexicana, pero posicionando la voz poética en tres registros imaginarios relevantes: uno, monumental, cívico, bañado en bronce y alentado por la esperanza de un resurgimiento combativo del espíritu revolucionario; un segundo poema de carácter lúgubre, fantasmal, pleno de imágenes y alegorías expresivas del dolor infligido por la violencia revolucionaria; y, por último, la concreción crítica, satírica, caricaturesca e ingeniosa del poemínimo. Con estas lecturas, podemos sugerir, a ojos de la escritura actual, novedosas formas de pensar e imaginar nuestra historia y nuestra realidad mexicana: con una mayor vitalidad, con renovados fundamentos materiales y estilísticos, y con un sentido crítico cada vez más sólido.

Artículo publicado el 23 de noviembre de 2025 en el suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.

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